La pausa del poeta (perfil de César de Bordons Ortiz)

Cabello rizado, estatura por encima de la media hispana, ojos oscuros y nariz algo semita. Mirada entre tierna y aguda, entre prosa y verso, entre ópera y marcha religiosa es un hombre joven a pesar de que se empeña en ser un personaje de Pushkin. El sur se destila en su andar, pausado, como lento y torpón pero a su vez seguro, caballeresco y altivo, para algunos andar de rebujito y cortijo, para otros andar comunista y caribeño.

Sevillano de pensamiento, palabra, obra y omisión a pesar de su gusto por lo hebraico, César de Bordons Ortiz destila la temporalidad del poeta y la mirada de esos hombres del XIX que nunca conocimos, pero que podemos llegarnos a imaginar dando un paseo de la mano por la calle Moratín mientras burlones faltan al respeto a la última comedia de Echegaray.

Es un ser en perpetuo conflicto. A pesar de que navegar entre dos aguas le provoca más comodidad de la que en público se atreverá a reconocer. En constante lucha en lo que se refiere al teatro, en un lado de la balanza lo dramático y en el otro lo literario. ¿Está el texto por encima de todo lo demás? ¿Es necesario representar el teatro? Parece preguntarse con los primeros rayos de sol cuando mira por la ventana, cigarro en mano a modo de estoque, café humeante como escudero.

Pero, sin duda, si algo es antes que nada, incluso por encima de su hispalidad, si se me permite, es poeta. De esa extraña raza de gentes a los que les gusta la bohemia, la experiencia, el paseo largo por los dominios de ese Madrid austríaco y castizo de Cervantes y Lope, de Quevedo y Calderón. Los poetas son gente a los que les gusta regar, no las plantas de un parterre, cosa más propia de Bécquer a quien nuestro personaje se da un aire, sino el gaznate. No es menos el señor de Bordons que le gusta la caña bien tirada, el vino de Rueda, el pacharán navarro, el whisky escocés, el ron cubano, la ginebra inglesa, el vodka ruso y alguna que otra cosa más de esas que está feo enumerar en un perfil público. Sin duda, se llevaría bien con José Bonaparte, si la guerra hubiera dependido de cuantas veces alza más el codo cada uno, creo que España se hubiera ahorrado muchas bajas.

Es un hombre, tal vez muchacho sería lo más correcto, sencillo en la forma pero exquisito en el gusto. Contemplativo como un monje de Cluny adora observar la belleza en todas sus manifestaciones, sobre todo si la acompaña un torso hercúleo de esos de casta torera. Federiquita, Cernuda, Ginsberg, Borges, Carrere, Parra, Nieva, Alberti, Baudelaire, Machado o Cavafis le acompañan allá donde va. Demasiados libros para el que no sabe que un poeta es aquel que alimenta de forma constante su alma.

Javier Sahuquillo

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