Sobre UN OFICIO SIN IMPORTANCIA de Francisco Nieva

Sintetizar lo abstracto es complicado, tanto como expresar con palabras las pasiones, las inquietudes, las contradicciones… en definitiva: la esencia de lo humano. Sería poco más que “dar a la caza alcance”. ¿El Arte? –¿morirte de frío?- . Las palabras, por sí solas, acotan, dicen lo que dicen; combinadas explotan, quieren decir, pero también dicen. La impresión será más pura cuanto mejor se alineen, resultando inasible para el torpe el sfumatto. Éste es resultado inevitable del “amoroso lance” del escritor, del artista; que no padece, ni goza, el escribiente, el artesano.

            Francisco Nieva lo es, un artista, porque conoce el oficio, un oficio sin importancia, pero, sobre todo, porque posee la mística de la habilidad de la combinación filológica. Y la reivindica, y la exige para todo aquél que se considere escritor.

            Pudiéramos decir que Nieva nos advierte sobre que el hombre que no tiene consciencia de sí como artista no es sino un artesano. Y parecería prepotente, incluso obsceno, pero nada más lejos de la realidad. Cuidado. La hondura artística se mide por la actitud de honestidad del genio para consigo y para con su obra. Un escritor no escribe para granjearse fortuna, o fama, o amistades (y enemistades, que suelen resultar más provechosas), ése no es su fin cuando escribe; pueden ser las anteriores glorias, a lo más, un resultado incontrolable de su creación. Un escritor escribe porque ha aceptado su sacrificio, un escribiente su oficio.

            Por eso que el manchego nos hable de “condenación” en una clave que roza el masoquismo: como si el escritor hubiese sido castigado por los dioses a enfrentarse constantemente al horror vacui del papel en blanco (o de la hoja de Word) y se regocijara en ello una y otra vez, una y otra vez, en un bucle verbal infinito.

            Sin embargo, algunos han dominado, y dominan, tan bien las “malas artes” del oficio que han llegado a confundir las miasmas de su ego con el olor de santidad del Arte. Un oficio utilísimo antes, durante y después del parto del microchip.

            No deja de advertirnos de una manera ladina, y con una evidente ironía trágica, sobre los peligros que entrañan las obras de estos apestados, que okupan nuestro tiempo y, lo que es peor, espacio nuestras estanterías. Se nos ha pedido tantas veces la atención sobre ésta o aquella exquisitez literaria sublimada que nos hemos visto abocados a devorar palabras “bífidas”, es decir, que aligeran el tránsito intestinal, pero nada más.

            El valor de lo artístico se manifiesta al descubrir, con violenta perplejidad, la utilidad humanitaria de la chef d’oeuvre.

La Mancha, tierra de vinos, es también tierra de Nieva. Un autor criado a la intemperie de la estrechez de miras de sus paisanos, pero fermentado en el seno de una familia de la burguesía culta, lo cual se evidencia en una epidermis moral más sensible que le consiente alcanzar una delicadeza de matices muy particular y excepcional.

Conserva una concepción bastante socrática del artista, y de su responsabilidad filantrópica, muy en la línea de la estética ruskiniana, y de todos los románticos de un tiempo a esta parte. Pero exagera, no sin cierta amargura, a la hora de despojar al artista de su neo-ontológica ansia de transcendencia. El escritor es consciente del peso de los “tipos móviles” en la memoria colectiva, en la formación de un imaginario, en la reformulación permanente del hecho humano.

El poeta no es tampoco una madre desnaturalizada que repudia el verso una vez parido, condenándolo a un limbo del que la casualidad, si por casualidad se manifestara, debiera devolvérnoslo para así participar de su lozanía artística.

No solo la nada asegura la supervivencia. Si los héroes son eternos porque mueren tantas veces como su historia es recordada, los escritores son eternos precisamente porque traspasaron la frontera de la nada con decidida fiereza y nos dejaron su rúbrica al pie de un “nenikekamen” al oficio.

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