Las muelas del juicio (Perfil de Guillem Bellido-versión I-)

Llevábamos varias horas en su casa, nunca le había visto así. Todo aquello me producía un estupor fuera de lo común, y eso que estaba en el Louvre de los estupores. El calor fue quitándome la camiseta y los pantalones. Y le miraba. Esperando que pasara algo, que algún decibelio cargado de vacío infestara el aire de disparate. La lógica y la información que tenía me hacían entender de una manera superficial todo lo que pasaba, pero algún raro instinto me decía que por debajo se cocía algo raro. Joder: no hablaba.

Aquello empezaba a ser extraño para cuando sus dedos recuperaron cierto encanto. Antes le había rogado insistentemente: -Líame uno para mí…. Entonces, y sólo entonces, me olvidé de todo sonido que no saliera de aquella loca pantalla a la que me enfrentó. Muriendo todas las veces que era posible: hablando de todo y de nada: fumando de todo y de nada.

Pero aquel agujero oculto de los rayos más duros del sol (astro garante de la realidad) no podía ser guarida individual. Allá dentro respirabas las cenizas de la hoguera de la tribu que sale a cazar, y yo, un cazador sin un frío pedazo que arrojarme a la boca, envidiaba todo y envidiaba nada.

Mientras le hablaba de los muchos que nos sentimos solos, y de los muchos que no podemos parar de hablar, asentía cordialmente, sin perder de vista los disparos de la tele. Giró la cabeza de repente como reconociendo algún ruido exterior.

Habían abierto la puerta: eran ellos, sus compañeros de piso. Intenté vestirme rápidamente mientras les oía hablar, pero costó levantar mi cuerpo de aquel extraño y magnético sillón. Cuando entró la doctora en el cuarto, yo buscaba mis pantalones entre discos de rap y carátulas verdes de videojuegos muy raros.

Guillem vive con dos hermanos: el señor High, que es el dueño de todo el material audiovisual y psicotrópico; y la doctora Yequil, que osa liderar la manada cuidando de aquellas mentes enfermas con mimo y amor. Para cuando salí del piso, la doctora mesaba los cabellos de mi joven amigo, aquel enfermo que contaba los años para atrás empezaba a acusar el sopor de los tres calmantes que le dieron en el hospital. Mientras, el señor High incendiaba su cerebro con tiros y disparos, todos verdes. Así funcionaba aquella cueva, y por alguna razón debía ser: la estabilidad y el equilibrio entre fuerzas se respiraba como el vapor de agua en los balnearios. Aunque aquel día, Guillem no pudo abrir la puta boca.

Varios días después, con las heridas ardiendo todavía, volví a verle, y entre las mil millones de palabras por minuto, acertó a referirse a sus preciadas muelas, regalándome una de ellas. Aún hoy, tanto tiempo después, la conservo como un Coronel Tapioca guardaría los colmillos del elefante o el pelo del astracán. Instalado en los bonometros y los ascensores. Tan lejos del Congo y de aquella paz defendida.

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