Sobre UN OFICIO SIN IMPORTANCIA de Francisco Nieva

Francisco Nieva, en Un oficio sin importancia, presenta la creación poética como una condenación. La misma visión del trabajo del creador literario ofrecen Baudelaire o Truman Capote. Si leemos al primero, concibe el don de la poesía como una especie de castigo de las potencias supremas, que condenan al poeta –y a su desgraciada madre- al hambre y la mendicidad. Para el segundo, es igualmente la literatura garantía de marginalidad y desgracia, quizás por el compromiso que adquiere el artista con la verdad que lo enfrenta a la mayoría circundante. Nieva, en su continuo juego entre la frivolidad y el éxtasis, adopta superficialmente una actitud práctica, que deja ver, si escudriñamos pacientemente, el verdadero rostro terrible de la escritura. La función social del escritor –el “servicio público”- que alguna vez cumplió, actualmente se encuentra anulado, como resultado de la vigencia de los grandes medios de comunicación. Podemos entender que la mera función estética o poética del lenguaje, para el autor del artículo, está igualmente sometida a la función social o práctica. De este modo, el oficio del escritor pierde importancia social y, por tanto, incidencia, y pasa a ser un mero capricho: se escribe, pues, “por gusto”. He aquí la condenación, pues nos encontramos que nuestro “gusto” o nuestra necesidad choca con la realidad práctica, ajena totalmente a un oficio que considera obsoleto. Así, la escritura no complace más que a su escritor y su ceremonia de entrada al mundo –la publicación- es “pura autogratificación”.

Solo el poeta, que escribe para el silencio, es “quien mejor se salva al final”. Su obra está condenada al cajón o, en el mejor de los casos, al escondite en una biblioteca, y “no aspira inmediatamente a nada más”. Alguien podrá toparse con un poema de aquellos que el autor compuso por la felicidad de su propia alma, y será una iluminación; pero no podemos pretender vivir rodeados de hermosos poemas, pues perderíamos, según Francisco Nieva, la capacidad de apreciar, por comparación su belleza. Sería también para Rilke, este, un mundo insoportable, pues seríamos incapaces de soportar el roce constante de la belleza, que nos debe ser transmitida en dosis controladas.

Al final, el autor nos muestra un mundo atiborrado de obras maestras, con lo cual nos enfrenta a una pregunta de moda desde finales del siglo XX: ¿asistimos al fin del arte? Que el arte haya alcanzado su fin no responde a que los artistas no sepan ya qué camino elegir, sino a que, como creo que afirma el artículo, el artista ha perdido la comunicación con el mundo al que debiera servir.

Que la belleza deba ser repartida en sabias dosis o que las obras de arte agobian al mundo son conclusiones que comparto y me parecen enseñanzas que deberíamos tener en cuenta. Pero ante todo, este artículo, cuyo tono pesimista no comparto, me enfrenta a la cuestión del fin del arte. ¿Qué hace hoy un artista? Esta pregunta me parece más importante que estar de acuerdo o no con algunas opiniones o conclusiones. Que el escritor se deba a su oficio con “el descompromiso del poeta”, conforme con que su obra se pierda en las oscuridades del tiempo, no es, desde mi punto de vista, una respuesta válida, pues implica el abandono. Adoptar esta actitud significa renunciar a encontrar de nuevo la función social, el servicio público que corresponde al escritor en el tiempo en que vive y en el que sobrevendrá a su muerte.

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