Sobre BEBIENDO EN CALAVERAS de Fernando Arrabal

Cuando la belleza o el horror son las últimas expresiones de lo verdadero las aventuras iconoclastas me seducen. Incluso si delante de mí pasa la vida, como un arroyo en un anubarrado atardecer sombrío.

Fernando Arrabal
Bebiendo en calaveras

Solo podemos beber en calaveras. Así recibimos el flujo eterno o, dicho de un modo menos religioso, la tradición, el trabajo de los viejos y la suerte de los hombres que nos han precedido. Este culto a los muertos es el fundamento del trabajo del artista; esta es la fuente de la inspiración, cuyo estado perfecto es, en Arrabal, la imaginación o el arte de combinar recuerdos. Porque, al fin y al cabo, la obra es el reflejo de las peripecias del minúsculo grupo que rodea al creador y que se conjura en la memoria, y que camina en paralelo a la historia de la Humanidad, formándola y negándola.

Este minúsculo grupo -¿acaso es esto “la realidad”?- se mueve entre la belleza y el horror y el dramaturgo obedece como un siervo a sus fluctuaciones y es dios del Olimpo y prisionero aterrado en su calabozo de tinieblas. El escándalo y la persecución son las consecuencias políticas de la obra y obedecen a la impresión que guarden del artista aquellos que nos hacen felices gobernando; por lo que no debe extrañarnos que Arrabal los despache con cierto desdén. La iconoclasia llega sola, es la manera de sentarse ante el arroyo que, en el atardecer sombrío, no refleja un cielo azul. En verdad, Arrabal, como él mismo dice, si siquiera es perseguido: obra que escribe, obra que es publicada y estrenada. No pueden decir lo mismo aquellos que nos hacen felices escribiendo.

Hay en Arrabal el abandono de los monjes. Cuando un poeta cree de verdad lo que dice, el efecto es parecido al de la vía ascética en los religiosos. El mundo exterior, por contraste, y la propia conciencia acaban separando al poeta –al dramaturgo- del desarrollo cotidiano de los placeres y los acontecimientos, aunque se dedique a celebrarlos. Lo verdadero, para Fernando Arrabal, se expresa en la belleza y el horror, que se convierten en el territorio inevitablemente favorito del poeta. Todo lo demás, que es donde se mueve el mundo ordinario, son medias tintas y espacios poco fértiles, perfecto para los dramaturgos acomodados y complacientes. La búsqueda del ideal se convierte en una declaración de guerra porque va más allá de lo convenido. Belleza y horror no son palabras decorativas en el teatro arrabaliano, sino que son un compromiso estético del autor: se las cree, como se las creía Rilke, otro exiliado.

Yo no sé combinar recuerdos. Me he formado en la ocultación y no en el desvelo de lo propio. Hay que superar una poética excesivamente frívola, con la que nos hemos educado anteriormente, y que se nos sigue proponiendo como la más pura, auténtica y limpia –pues nos lleva a no decir nada, pero a repetir mucho-, y trabajar con la inocencia del niño una memoria abandonada. Es decir, tenemos que encontrar nuestro compromiso, el valle que atraviesa nuestro arroyo.

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