REFLEXIÓN PERSONAL SOBRE “BEBIENDO EN CALAVERAS”, DE FERNANDO ARRABAL

En su “Bebiendo en calaveras” , el artista Fernando Arrabal nos habla, desde un punto de vista muy personal, de su forma de entender el acto creativo. No en vano, el texto supone la introducción a la edición de sus obras completas. De este modo, a lo largo del mismo, el escritor y cineasta plantea varias dualidades íntimamente relacionadas con su actividad:

En primer lugar, la doble dimensión del artista: Como creador absoluto, es decir, un dios capaz de generar una obra de la nada, pero al mismo tiempo preso de esa necesidad expresiva, de la que para bien o para mal, no puede escapar. Por eso el verdadero artista se ve obligado a escribir, pintar o filmar desde el alma, desnudando los aspectos más ocultos de la misma. De lo contrario, sólo será un mero artesano de su oficio.

Dios y preso al mismo tiempo, y generador de belleza y horror simultáneas. Belleza y horror que en ocasiones llegan a fundirse de manera indivisible e incluso pueden llegar a no diferenciarse la una del otro. Lo bello puede ser horroroso y viceversa. El amor edípico que se desprende en la relación de niño con su madre, o el castigo sufrido por su padre al oponerse a un régimen dictatorial, son buenos ejemplos de ello y obsesión del autor durante toda su obra.

En relación con lo anterior, el compromiso artístico de transmitir la verdad, de igual modo, provoca una nueva dualidad. La verdad como reproducción de la realidad que pueden captar nuestros sentidos, o bien, la que subyace de la esencia de las cosas, de lo que no se ve, de lo más soterrado, y quizá por eso mismo, de lo más verdadero. Pero resulta complicado llegar a tal punto de sinceridad. Personalmente, pienso que es indiscutible que Arrabal lo ha alcanzado en diversas ocasiones. Pero el autor va más allá y de sus palabras se desprende la idea de que no basta con transmitir esa verdad esencial. Hay que transformarla bajo el filtro de la imaginación, de ese “arte de combinar recuerdos”.

Y también cabe añadirle, o mejor, también cabe combinarla con los conocimientos intelectuales o científicos y la experiencia del creador. La expresión artística nace de dicha combinación. Cuando la verdad esencial, la inspiración y el conocimiento se fusionan de manera equilibrada, aparece el Arte.

Por último, “Bebiendo en calaveras” añade una reflexión acerca de la diferencia entre el escritor que adquiere un fiel compromiso con los poderes culturales establecidos, y el que opta por una actitud más rebelde. Arrabal es un caso extraño, puesto que a pesar de que se obra apunta claramente en la segunda dirección, su rendimiento comercial – como él mismo dice en el texto que nos ocupa – ha sido satisfactorio. Pero en resumidas cuentas, lo más importante es que siguiendo esa segunda dirección, la creación artística suele resultar más gozosa, aunque en ocasiones a uno le puedan tildar de provocador. Pero, ¿dónde están los límites entre la trasgresión y el escándalo tramposo? Quizá haya que llamarse Fernando Arrabal para saberlo.

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