Monólogo ceremonial

Siempre se han contado historias en mi casa. Siempre me gustó escucharlas. Mi tía abuela me sentaba en aquella salita y señalaba uno de los cuadros que colgaban de las paredes empapeladas. Una cabaña, un lago, un bosque. Colores azulverdosos y su voz rasgada por el tiempo transformaban el tosco óleo en una invocación de Cthulhu. Después llegaron las historias de las abuelas, todas eran de un mismo color, que teñía sus palabras en la dirección de Una grande y libre. Santificación de un régimen, demonización de otro: las dos Españas, una sobre la otra. Hasta que te da por leer y leer, y coges esa fea manía enemiga de cualquier totalitarismo. Los libros, mal de España, por ellos es como se destruyen las familias tradicionales, que no son otra cosa si no la primera representación del autoritarismo fernandino. Y comienzan las preguntas y no encuentras respuesta. Páginas, páginas, páginas… nadie se pone de acuerdo, rojos y azules campean por tus cuadernos de notas. Comienza el viaje por esa gruta oscura e incómoda a la que llaman conocimiento y tú único equipaje es una memoria sesgada. Una maleta que no es tuya si no que has heredado y cuando ves que esa ropa ya te queda pequeña y tienes ganas de mirar a los ojos a la Venerable y preguntarle, entre dientes, claro, ¿quién eres?Imagen

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