La Venerable

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Siempre se han contado historias en mi casa. Siempre me gustó escucharlas. Mi tía abuela me sentaba en aquella salita y señalaba uno de los cuadros que colgaban de las paredes empapeladas. Una cabaña, un lago, un bosque. Colores azulverdosos y su voz rasgada por el tiempo transformaban el tosco óleo en una invocación de Cthulhu. Después llegaron las historias de las abuelas, todas eran de un mismo color, que teñía sus palabras en la dirección de Una grande y libre. Santificación de un régimen, demonización de otro: las dos Españas, una sobre la otra. Hasta que te da por leer y leer, y coges esa fea manía enemiga de cualquier totalitarismo. Los libros, mal de España, por ellos es como se destruyen las familias tradicionales, que no son otra cosa si no la primera representación del autoritarismo fernandino. Y comienzan las preguntas y no encuentras respuesta. Páginas, páginas, páginas… nadie se pone de acuerdo, rojos y azules campean por tus cuadernos de notas. Comienza el viaje por esa gruta oscura e incómoda a la que llaman conocimiento y tú único equipaje es una memoria sesgada. Una maleta que no es tuya si no que has heredado y cuando ves que esa ropa ya te queda pequeña y tienes ganas de mirar a los ojos a la Venerable y preguntarle, entre dientes, claro, ¿quién eres?

Frío.

El exceso encarnado en la arquitectura,  la pretendida suntuosidad de lo enorme y lo vacío. Parece que el único habitante del espacio leviatánico es el blanco que puebla todos los rincones del lugar. El color quiso dotarlo de alma y, sin embargo, las voces resuenan con un eco deformado en la inmensidad de la nada blanquecina. Una columna, dos columnas, tres columnas, decenas, cientos, miles nacen de la tierra elevándose hasta perderse en la bóveda indistinguible. Recuerdan a secuoyas centenarias pero la evocación de la vida deviene en muerte cuando acaricias el frío tronco pétreo que transmite el hálito de la parca.

Frío.

Buscas una salida pero la construcción se repite una y otra vez hasta que pierdes los puntos cardinales y entonces sólo eres capaz de distinguir una secuencia de pilares una detrás de otra, a derecha, a izquierda y miras hacia arriba y no encuentras consuelo y miras abajo y todo reluce tanto que te devuelve el reflejo de la angustia vertical.

Frío.

Gritas y tu voz viaja hasta convertirse en una deformidad irreconocible, ¿ese eres tú? ¿En eso te ha convertido tu viaje? ¿Cuándo empezó? No recuerdas cual fue la primera hilera de guerreros blancos que cruzaste, olvidaste tu primera impresión reverencial hacia aquel santuario que parece impartir una justicia nórdica.

Frío.

Las piernas flaquean y necesitas sentarte, el viaje es largo, necesitas reposar para encontrar una puerta, para recuperar el norte, para volver a una nueva entrada o una salida, ya da igual una cosa que otra, sólo quieres ver el final, una de las paredes, sentir algo que indique un se acabó. Entonces percibes que no hay sillas, ni bancos, sólo hostiles columnas y suelo mortuorio.

Frío.

¿Dónde está la señora de ojos vendados qué sostiene la balanza? La lex romana ha sido extirpada de ese laberinto sin recovecos, sin vericuetos, solo está compuesto de horizontales y verticales, horizontales y verticales… horizontales y verticales… es un laberinto sin secretos y a su vez el más efectivo de todos ellos porque eres incapaz de encontrar la salida y sientes la mirada de los cuervos desde las alturas pero todo es tan blanco que te impide verlos, a pesar de que tú crees que es fácil distinguir un punto negro sobre fondo blanco lo único que eres capaz de vislumbrar es el brillo mate del marfil de tus huesos.

Frío.

Yo soy la VENERABLE, la que tú has invocado, no me busques entre las columnas, puesto que me hallo a la altura del firmamento. ¿Por qué ahora indagas en mi nombre? Tú que me olvidaste en el pasado y que nunca me pensaste en el futuro llegas ahora reclamando escuchar mi voz, ver mi rostro…

Yo soy la VENERABLE, la tricolor.

Yo soy la VENERABLE, por la que no pasa el tiempo.

Yo soy la VENERABLE, señora y puta, puta y señora.

Yo soy la VENERABLE, visto toga y me cubro con gorro frigio.

Yo soy la VENERABLE, la que fue adorada por unos y odiada por otros.

Yo soy la VENERABLE, la que tiene su origen en los griegos y fue herida de muerte por los españoles.

Yo soy la VENERABLE, la sin bandera, sin patria, para algunos idea, para otros realidad.

Yo soy la VENERABLE, en mi nombre se han teñido países enteros de rojo.

Yo soy la VENERABLE, me han retratado en cuadros, sellos, monedas.

Yo soy la VENERABLE, la que duerme en un trono de marfil.

Yo soy la VENERABLE, amante, madre y suegra.

Yo soy la VENERABLE, la que tú rechazaste.

Yo soy la VENERABLE, a mí me buscas.

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