Canción de cuna y sexo

Si no quieres dormir,

El vendrá a por ti.

Cierra los ojitos si lo oyes acercase,

Cierra los ojitos para no verlo reír.

 

Le faltan cinco dientes,

Una mano y mucha carne,

Si no quieres que te lleve

Cierra los ojitos así.

 

Mis padres dicen que era mi canción preferida aunque yo no me acordaba de ella. Me la cantaba mi abuela cuando tenia dos años. La niñez es bonita porque no nos acordamos de ella.  Al principio todo son canciones, luego cuentos e historias y por último la vida.

Los cuentos están repletos de héroes fornidos

que matan por honor y con nobleza,

y  de esplendidas doncellas que aman ciegamente

a los que tanta sangre derramaron con su espada,

esperando a que éstos envainen su temible acero en sus húmedas carnes.

Toda historia tiene una abuela que la cuente. Yo crecí sin abuelas. A mí me cuidaba la vecina cuando mis padres no estaban en casa. La Tía María tenía noventa y tres años cuando yo tenía cinco. Su casa eran un pajar con tres plantas y en todas ellas olía a mierda de gallina. Su aliento desprendía un olor a eucalipto, que, en combinación con las efes aviares, las estancias se tornaban inhabitables.

–       Mama me ha contado que en la calle del duende pasaban cosas raras y por eso se llama la calle del duende.

–       ¿Qué cosas raras, hijo mío, te ha contado que pasaba?

–       Que cuando el tío Eusebio desmontaba  a la burra y colocaba el arado en su sitio, la burra desaparecía y volvía a aparecer montada.

–       ¿Montada?

–       Si

–       Ya lo entenderás cuando seas mayor.

Ahora lo entiendo.

Me gustaba más la nieta de la Tía María que sus historias.

Ella tenía diez años, cinco más que yo.

Le gustaba jugar a peleas y siempre terminaba ganando.

A mi me gustaba que fueran sus manos las que me golpearan.

Al principio me defendía, pero sus golpes hacían que mi piel se erizase y

el olor de su sudor,

su  pelo enmarañado,

sus rodillas enrojecidas,

su camisa desbocada,

despertaban hambre en mi.

Un hambre que no conocía.

Si no quieres dormir,

El vendrá a por ti.

Había veces que el dolor me hacía llorar y entonces ella paraba.

¿Estás bien?

Nunca podría estar mejor.

Ven, dame un abrazo y no llores.

Notaba sus dos senos contra mi cabeza.

¿Quieres que juguemos a otra cosa?

Cierra los ojitos si lo oyes acercase,

Cierra los ojitos para no verlo reír.

 

¿A que quieres jugar?

Cierra los ojos

 Entonces el hambre sació mi boca. No sabia que era pero me gustaba. Mi cuerpo volvió a erizarse repentinamente. Sentía mucho calor por debajo de la cintura. No era un buen momento para orinarse.

 ¿Qué tienes bajo el pantalón?

La pichurrilla

¿Puedo verla?

Le faltan cinco dientes,

Una mano y mucha carne,

Noté su fría piel apretando mi fuente de calor.

¿Qué haces?

Jugar

Yo no quiero jugar

Los más mayores juegan a esto, me lo han dicho en clase.

Yo no soy mayor

Pero sirves igual 

Ya no había marcha atrás.

Ella volvió a besarme; su boca sabía a caramelos Drácula y notaba como sus dientes apretaban mis labios cada vez más fuerte. Cada vez sentía más y más calor.

¿Quieres ver lo que tengo yo debajo?

La doseta

¿Quieres verla?

Ella se bajo el pantalón sin esperar respuesta alguna. Llevaba puestas unas braguitas color crema con un bordeado a mano acabado en un lazo crudo que acabó en el suelo del pajar.

Me cogió de los pelos con crueldad y me arrastro hasta su sexo.

Notaba el corazón en los oídos, o tal vez fuera sangre.

Sus labios desprendían calor y un olor que me volvía agresivo pero sentía miedo. Estaba paralizado.

Toca. No muerde. 

Yo lo acaricie como si pudiera romperse. Era suave y pegajoso y quemaba. Cada vez tenía más calor y el cacareo dispar de las gallinas se perdió en la inmensidad del silencio y sólo estábamos ella y yo. Mis dedos y su sexo.

Si no quieres que te lleve

Cierra los ojitos así.

 Ella se arrodillo y me dio un beso en la frente. Me empujó con fuerza y  noté como sus labios acariciaban mi miembro.

¿Te gusta?

No lo sé.

Más que placer me provocaba dolor. Sus dientes apretaban cada vez mas fuerte y las succiones eran cada vez más salvajes.

Me haces daño.

Házmelo tú a mí 

Si sus gemidos eran de placer o daño, sólo ella lo sabe.

Ella gimió y gimió hasta que la tía María nos molió a palos, diciéndonos que si volvíamos a hacerlo se nos caerían a trozos.

Si no quieres dormir,

El vendrá a por ti.

Cierra los ojitos si lo oyes acercase,

Cierra los ojitos para no verlo reír.

 Lo hicimos en incontables ocasiones hasta que ella cumplió catorce años. Yo acaba de tomar la comunión.

En la actualidad, cuando cruzamos nuestras miradas por el sórdido asfalto, me pregunto si ella estará pensando lo mismo que yo.

Le faltan cinco dientes,

Una mano y mucha carne,

Si no quieres que te lleve

Cierra los ojitos así.

 

 

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