LA VERDAD SOBRE LAS MÁSCARAS Sobre Oscar Wilde por Paz Buelta Serrano

Una vez más las bellas palabras de Wilde vuelven a asaltarnos con sus contundentes argumentos haciendo uso de ese estilo arquitectónico tan bien hiriente. En La verdad sobre las máscaras defenderá -a lo largo de unas 30 páginas- su teoría; contraria a la de muchos críticos del momento y a la expuesta por lord Lytton en un artículo, el cual parece ser el motivo real y provocador de este ensayo. El conflicto reside en la importancia que le otorgaba, o no, Shakespeare al vestuario en sus puestas en escena.

Wilde afirma “cualquiera que se moleste en estudiar a Shakespeare se dará cuenta de la confianza que deposita en sus vestuarios para sus efectos ilusionistas”. Para justificarlo desarrollará una serie de argumentos tales como la importancia que Shakespeare da a sus vestuarios para las caracterizaciones de sus personajes -que aportan una grandísima e importantísima información de los mismos-, el gusto que demuestra por este introduciendo constantemente mascaradas, los efectos teatrales que provoca, la cantidad de tramas basadas en los disfraces que usarán los personajes, la intensificación de las situaciones dramáticas a partir de ellos, los pequeños detalles de indumentaria que cobrarán un tremendo valor en la acción, la presentación de un personaje simplemente por su modo de vestir, las metáforas usadas en los diálogos referidas a la vestimenta o pruebas más físicas como la gran variedad que se demuestra en el inventario del vestuario de un teatro londinense en tiempos de Shakespeare (el inventario del Globe Theatre no puede usarse ya que se perdió en un incendio). Incluso aprovechará sus textos para criticar los trajes de su época.

Defiende, por tanto, la arqueología en el teatro como norma de buen uso y en particular en el teatro de Shakespeare como hecho evidente y característico, definiendo al autor como el primer dramaturgo en darse cuenta de que la arqueología teatral es “uno de los factores esenciales de los medios a disposición de un ilusionista auténtico”. Con este término se refiere al uso de vestuarios, atrezos y elementos escenográficos que imitan con exactitud la realidad histórica.

Esta visión está basada en características de las obras de Shakespeare, que Wilde analizará nuevamente muy a fondo para reivindicar su teoría, apoyándose en puntos como sus dramatis personae, en los que abundan personajes históricos tanto del pasado como de la contemporaneidad del autor; las tramas extraídas en su gran mayoría de la historia o de canciones antiguas, de la tradición; la dotación de los hechos con el carácter general de la época correspondiente; la fidelidad a las “características de la raza”, es decir, los personajes reproducen las características típicas de las gentes de la región de donde proceden; la exactitud con que recoge los hechos acaecidos en Inglaterra desde el siglo XIV al XVI, tal que sus obras podrían ser usadas como libro de la nobleza, y finalmente  la afirmación de que uno de los objetivos de Shakespeare era crear para Inglaterra un drama histórico nacional. Por todo ello deduce que un dramaturgo tan interesado en la exactitud histórica no debía abandonarla posteriormente, cuando de vestir a sus personajes se tratase.

Además de esto se apoya en el hecho de que Shakespeare estaba rodeado de armaduras, atavíos y elementos de otras épocas, pudiendo así empaparse de estas. Esto es porque las iglesias y catedrales eran los lugares donde se guardaban y exponían las antigüedades, incluso la Torre de Londres era famosa por su colección de objetos antiguos, que existía la posibilidad de visitar.

Añade, en contraposición, un argumento a favor de la indiferencia de Shakespeare hacia la exactitud histórica reconociendo los anacronismos existentes en sus obras, pero los desestima rápidamente alegando que son poco numerosos y no muy importantes.

Trata, así, de la importancia de determinar la fecha en que situaremos el drama para poder diseñar vestuario y escenografía, hecho que un dramaturgo realista apreciará enormemente debiendo alabar a la arqueología. Nos recuerda, sin embargo, que este uso es simplemente un efecto, no la circunstancia principal.   

A continuación expondrá sus propias normas sobre cómo debe ser usado el vestuario, indicándonos  que los trajes de distintas épocas no deben ser mezclados en una misma obra ya que no armonizan artísticamente, considerando una de las cualidades más importantes su expresividad y remarcando su adecuación a la “estatura, presunta condición y aspecto del actor” además de a su acción en la obra. Sitúa el color como uno de las características principales, tanto por la necesidad de trajes con colores adecuados y hermosos como por el contraste no discordante entre ellos y el resto de la escenografía, logrando así que la escena funcione como un cuadro. Reflexiona sobre los colores principalmente usados en el teatro -rojo, azul y negro- y de cómo estos tiñen la ropa fuertemente, pareciendo trajes demasiado nuevos. También aboga por un mayor número de ensayos con los trajes reales para que los actores puedan acostumbrarse a ellos y comportarse como si realmente fuesen suyos, practicando el estilo y las exigencias requeridas por cada tipo de traje. Si los vestuarios no cumplen estas características parecerán irreales, no naturales y demasiado teatrales.

Finalmente concluye con un resumen del intento de demostración que realiza a lo largo de todo este ensayo; la arqueología  como método para lograr una mayor ilusión artística y el vestuario como modo de describir al personaje. No desaprovecha este final para criticar a los críticos dando a entender la necesidad de que “cultiven un sentido de la belleza” propio, pero le honra un final en el que reconoce la importancia de la crítica del arte y la definición del presente artículo como una (su) opinión artística.

Todo el texto se presenta acompañado de ejemplos que apoyan sus argumentos, además de darnos una gran información del teatro de la época y de su gran cultura teatral y literaria.

También aparecen a lo largo del texto las replicas a la teoría expuesta por lord Lytton, que Wilde resume en una única; “ni en el traje ni en el diálogo el objetivo esencial del dramaturgo es la belleza, sino lo que le es característico”.

Además todo él está salpicado de sus ideas sobre la teoría del arte, exponiéndonos las características de su obra y/o de su época. Nos habla de la importancia de encontrar la belleza artística de la fealdad, de cómo el arte  no tiene más objetivo que su propia perfección, de su visión sobre la mímesis; “el verdadero dramaturgo, en realidad, nos muestra la vida en las condiciones del arte, no el arte bajo la forma de la vida”, de la importancia de un director con una única manera de ver y representar la obra que todos deben seguir; “un déspota culto” y casi como conclusión final la inexistencia de una “verdad universal” en el arte; “algo cuya antítesis también es cierta”.

Es decir, nos encontramos ante una estructura coherente y ordenada en la que primero expone su tesis y el porqué de este ensayo, posteriormente argumenta a favor de la importancia del vestuario en la obra de Shakespeare, después a favor de la arqueología teatral y seguidamente por qué se deduce que Shakespeare la usaba, por último expone sus ideas del uso del traje. Concluye con un resumen explicativo y una demostración de la claridad de su subjetividad.

De este ensayo podemos desgranar el profundo análisis que Wilde hace a la obra de Shakespeare, demostrando ser un gran conocedor de esta, y a la vez como su conocimiento no se queda en pura teoría sino que habla a través de la experiencia tanto de ver teatro como de hacerlo, evidente hecho que se entrevé en sus palabras. Reseñable es también la importancia de la información que dan los” elementos de apoyo”, a menudo olvidada con facilidad por las gentes de teatro que no solo podemos de este modo equivocar al público, sino que también estamos desaprovechando oportunidades de oro con que ayudarnos o con las que jugar –y ganar-. Gracias a una estructura tan clara y coherente y a un modo de hilvanar los argumentos tan suave y delicado, se nos guía por un camino que recorremos con tanta facilidad como si estuviésemos siendo arrastrados por una gran barcaza, que es Wilde, y de la que nuestra barquita quiere aprender, y sueña que algún día será como ella. Con un escritor (orador) como este, ¿quién puede estar en desacuerdo?

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