Pluma, lápiz y veneno

Oscar Wilde, Pluma, lápiz y veneno y Rem Koolhaas

Manhattan_1931

Subversión

Pero por aquel tiempo sólo los filisteos juzgaban a un escritor por su producción. Aquel joven dandi prefería ser alguien a hacer algo. A menudo decía que vivir es un arte y que tiene sus diferentes estilos, como las artes que intentan expresar la vida.

Oscar Wilde
Pluma, lápiz y veneno.

Se podría pensar que la contemplación es un oficio inútil, aunque de este modo ignorásemos que el arte es la mejor forma de conocimiento; así, punir al ocioso se justifica y alimenta. La cadena que arrastra el moralista o el político y que violentamente impone a los demás, se satisface especialmente en el admirador de la belleza.
El enamorado del gusto es aquel que está muy lejos de las consideraciones morales: el sentido artístico -no la emoción, que es débil y maleducada- nos induce al pecado. Las delicias del crimen atraen al hombre exquisito, y la moral y la política –la norma-, se constituyen en herramienta policial de lo vulgar.
Hoy, afirmaciones como estas no son del todo revolucionarias. La norma parece haberlas aceptado, en un ejercicio de tolerancia, y asumido a su código de quistes socialdemócratas, o sea, todas aquellas cosas hermosas que podrían hacer temblar los pilares de nuestro mundo, pero que entre todos hemos, prudentemente, domesticado. Del mismo modo que la homosexualidad no es peligro para el machismo a principios del siglo XXI -como sí lo fue justo un siglo antes-, la adoración de la belleza -que es otro medio de subversión- ya no asusta al poder. Puesto que hemos sacrificado nuestros más altos impulsos en aras de una sociedad frustrada, es justo que los inventemos de nuevo y les insuflemos vida.
Oscar Wilde será un dios indiscutible del nuevo panteón. El arte es subversivo porque es el modo de “conocer las cosas tal como son”.

El protagonista de Pluma, lápiz y veneno, Thomas Griffiths Wainewrigth, es un subversivo. Wilde retrata a un caballero que no puede ignorar el crimen, la más oculta de las artes. Es un enamorado del gusto que, además de practicar la pintura y la crítica de forma excelsa, fue el más sutil envenenador de su tiempo. Estamos ante lo delicioso del crimen y el asesinato, sugerido por lo misterioso y también erótico que hay en la muerte si la vemos como esa frontera vigilida que deseamos violar. Hay que resaltar que Thomas Griffiths Wainewrigth no es un personaje de ficción y que perteneció a la élite artística de su tiempo, que fue la alborada del Romanticismo inglés. Fue amigo de Charles Lamb (recordado crítico), William Hazlitt (pensador proto-socialista), Samuel Coleridge, Thomas de Quincey y William Wordsworth entre otras luminarias del momento. Wilde, en Pluma, lápiz y veneno, recoge testimonios escritos de estas celebridades sobre el envenenador Wainewrigth, aunque no podemos confirmar que sean auténticos.

Programa

Más allá de lo interesante que nos pueda parecer la vida de Thomas Griffiths Wainewrigth (1794-1847), Pluma, lápiz y veneno puede ser leído como un programa estético. Wilde expone, en forma de ensayo -es decir, bajo la ficción de objetividad- una serie de ideas que se aplican a la vida y al arte. Este texto responde a un manifiesto estético que no existe. Nosotros vamos a intentar acercarnos a sus claves.
Si este manifiesto existiera, sería el padre de las vanguardias que aparecerán poco después. Esto es porque resucita la idea de subversión y agudiza el enfrentamiento entre arte y poder.

Manhattan

Antes de las vanguardias europeas, el gran acontecimiento artístico -contemporáneo, además, de Oscar Wilde- es el nacimiento de Manhattan y su ideología, el manhattanismo: el urbanismo de la congestión y la masa. La gran manzana, que es una creación absolutamente moderna, comparte su fundamentos artísticos con Oscar Wilde; ambos los exponen a su manera, una a través de su retícula totalizadora y otro a través de su obra y su vida.
El arte no debe imitar a la vida. La creación no depende de los acontecimientos diarios, vulgares. El objeto del arte es el propio arte; por tanto, la Belleza -¿la ficción?- no se necesita más que a sí misma. La utilidad del arte -que sea un modo infalible de conocimiento- depende, entonces, de su propia inutilidad. Este proceso se da de igual manera en Oscar Wilde y en Manhattan.
El Ayuntamiento de Nueva York decidió parcelar en manzanas idénticas toda la superficie de la isla de Manhattan cuando ésta contaba tan solo con algunos miles de habitantes. La retícula -útero del manhattanismo- divide un terreno desocupado, describe una población hipotética, coloca edificios fantasmales y enmarca actividades inexistentes. La gran ciudad nacerá de sí misma. La inutilidad de más de dos mil manzanas en las que, durante muchos años, solo crecerá la hierba, es la semilla de la ciudad de las transacciones y el movimiento perpetuo. La ficción, que aquí es la predicción sobre la nada, es la semilla. Mímesis imposible y novedad absoluta. El artista -el arquitecto, el urbanista, el financiero- intuye un sendero entre la maleza y se propone seguirlo. No se debe olvidar que este división del terreno edificable es la madre del rascacielos. Un arquitecto -sublime o vulgar- de Nueva York tendrá a su disposición exactamente los mismos metros cuadrados que cualquiera de sus colegas. La originalidad y la extravagancia de los nuevos edificios dependerá, a partir de ahora, de su altura: la única dimensión en que el arquitecto es libre. La inutilidad del arte se convierte en su única utilidad. Se justifica a sí mismo en sus metros. Inventa su propia realidad, y la hace más hermosa.

Belleza sintética

Mahattan es -según Rem Koolhaas en su libro Delirio de Nueva York, biblia nuestra- la apoteósis de la belleza sintética. Nada se justifica. Nada existe fuera. Nada es imitado. No hay, por tanto, Naturaleza que someter a la mímesis. Toda la naturaleza es creada por el artista. No hay vida que imitar; el arte surge del arte. He aquí un nuevo rasgo común, y un nuevo punto del manifiesto imaginado.
La revolución -la Belleza para Wilde, lo “sintético irresistible” para Koolhaas- nace de la violación de la norma clásica y es una huida de la vida cotidiana. Es una alternativa. Abre la puerta al misterio; cómo imaginarnos todo lo que, si pronunciamos las palabras correctas, la Nueva Naturaleza es capaz de ofrecer. Este misterio, como una primera delicia, debió sentirlo Thomas Griffiths Wainewrigth cuando decidió abandonar su carrera militar y conocer las cosas, a través del arte, tal como son. Igual temblor sintieron los neoyorkinos cuando visitaron por primera vez Luna Park, un bosque de altas columnas recubiertas de bombillas -el primer parque de atracciones, preludio de las avenidas de rascacielos- que, no pudiendo asirse a referentes reales, tuvo que justificar su nombre en la luna.
La Belleza nos enseña que no hay nada más peligroso que la realidad.

Lobotomía

Rem Koolhaas ofrece un nuevo término propio del manhattanismo que igualmente se destila de los postulados de Oscar Wilde y el arte del siglo XX: la lobotomía.
La lobotomía es un corte quirúrgico entre los lóbulos frontales y el resto del cerebro, que se practica con el fin de aliviar transtornos mentales. Desconecta las emociones y los procesos del pensamiento. A nosotros nos interesa como proceso propio de la modernidad que separa bruscamente dos planos normativamente unidos sin remedio.
En occidente, es tradición que el exterior del edificio muestre el interior del mismo. El exterior habla del interior o, si sumanos las implicaciones morales que arrastra este principio arquitectónico: una fachada honrada habla de actividades honradas. ¿No se convierte acaso, de este modo, el edificio en metáfora del hombre? El exterior del hombre -qué dice, cómo se mueve, qué comportamientos sigue, cómo viste- debe hablarnos de su interior -qué es-; el desfase entre los dos planos es la hipocresía. Hay pues una relación determinante entre el mundo íntimo y el expuesto, y hay también una pesada carga religiosa. Cada civilización habla de su interior a través del exterior de un modo distinto, como queda patente con solo recordar, por ejemplo, una casa árabe.
El misterio se halla en la ruptura de esta norma. Para el amante del gusto, como deja claro Oscar Wilde, el desfase de los dos planos no es hipocresía, sino movimiento, gracia. Lo delicioso está en la confusión, lo fluctuante. El pecado es siempre secreto -dentro del edificio-. El rascacielos es un monolito que oculta un mundo incesante de cambios, una riqueza exuberante que mantiene siempre una apariencia exterior quieta y tranquilizadora. Wainewrigth no se vale de su apariencia exterior solo para proteger al resto de los hombres de la exuberancia que oculta, sino que gracias a ella se defiende a sí mismo de la cotidianidad y la vida, y explora en los rincones oscuros. Así debe vivir el caballero exquisito, sometido a la lobotomía, que ha pasado de intervención médica a una especie de sistema anti-moral. Desaparece además la hipocresía, que solo puede ser imputada a los moralistas.

Problema

Pluma, lápiz y veneno plantea las relaciones entre lo público y lo íntimo, particularmente difíciles en el caso del artista, que debe conciliar el misterio con la vocación pública. Igual que hace un asesino: tiene que esconderse, pero desea que sus crímenes sean reconocidos.

 

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