Decálogo

equilibrio dali

1. Nuestra ocupación es la Belleza. Juntamos palabras porque confiamos que pueden llegar a convertirse en una especie de conjuro. Por eso, necesitamos que alguien -acaso nosotros mismos, solos, de noche- las pronuncie con la confianza de mejorar la vida, de alejarnos de los actos cotidianos que nos condenan al aburrimiento. Apreciemos el cuerpo, el ritmo, el sudor y la repetición. ¡Que se nos abrasen las yemas de los dedos! Así podremos encontrar el tímpano -secreto y misterioso- que vibra en las regiones sórdidas.
2. El escritor conoce el peso y el color de las palabras. Sabe que la eficacia de la ceremonia depende del orden, el rigor y la singularidad de cada una de sus partes.
3. El escritor conoce, investiga y desprecia los mecanismos del poder y los ardides de los poderosos. Sabe que la Belleza es inútil e improductiva. No debe olvidar que su público será siempre la inmensa minoría. Un hombre extraño, delicado y firme, siempre querrá acercarse a nosotros. La Revolución es extremadamente seria, así que es mejor soltarle la correa y dejarle que olisquee las braguetas históricas de los otros.
4. El dramaturgo aprendiz debe trabajar incansablemente. Su oficio, mientras crece, es el silencio; si no, no será capaz de percibir la gracia sutil de las formas y se embrutecerá. Tendrá que contrastar su piel con otras y saber que no hay más filtro que el tacto, la risa y la ironía. En su madurez, si ha sabido procurarse los narcóticos oportunos, ofrecerá algo bueno. El dramaturgo viejo -esto no es una cuestión necesariamente de edad-, en vez de construir cátedras en las colinas, sabrá retirarse.
5. El escritor debe esperar ansiosamente una aparición, aunque sea en sueños. Toda la sangre de su infancia le volverá a las venas cuando se le presente, en cualquier forma y bajo cualquier abvocación, la Diosa Madre. Una cacerola, una columna, un erial y un cuerpo masculino son lugares de gran actividad mariana.
6. El escritor no debe renunciar nunca a la soledad.
7. Es importante educar el gusto. El escritor mediocre es incapaz de concebir su oficio integrado en el resto de la artes; como consecuencia, nos asedia una nube de normas flácidas y criterios enfermos. El buen dramaturgo -este es el artista- adiestra su sensibilidad, reconoce lo mágico en los otros. Sabe cuidar las excentricidades de su aristocracia (No se ganan, se heredan elegancia y blasón…).
8. Besemos los pies de Prometeo, que trajo el fuego a los hombres y ahora se ve condenado a que su Madre le muerda el hígado todas las mañanas.
9. Hay que olvidar las arqueologías. No tiene sentido buscar a los griegos, a los españoles del siglo XVII o a los elegidos de la Transición, porque no tienen nada que decir a las minorías de hoy. Debemos hacer un teatro nuestro, que arañe las arterias de nuestro tiempo y que solo pueda existir entre nosotros. Fantasía, imitación, ficción… son palabras que inventaron los fariseos para castrar al gamberro de las plazas.
10. La realidad es el mecanismo del stablishment para reprimir la sensibilidad y la subversión. Esto lo dicen los ojos de los zorros y las palmas de los niños. Nuestra voluntad es destruirla.

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