El humorismo

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El humorismo

No caeré ahora –ni espero caer nunca- en la simpleza de definir el humorismo, costumbre muy de hoy, porque definir el humorismo es como pretender clavar por el ala una mariposa, utilizando de aguijón un poste del telégrafo.

Tampoco intentaré roturar el camino de lo humorístico porque todos los campos espirituales son infinitos e inconmensurables y no se sabe de ellos sino que limitan: al Norte, con la muerte; al Sur, con el nacimiento: al Este, con el razonamiento, y al Oeste, con la pasión.

El admirable Wenceslao Fernández Flórez, a quien tanto debe la exquisitez literaria española, y que con los proyectiles de sus obras hubo un momento en que abrió un boquete en la ñoñería, en la pedantería y en la ridiculez antes dominantes, dijo en una interviú que sólo los que nacen en Galicia pueden ser humoristas. En un principio esto me aterró, pues ya he dicho que soy madrileño. “¡Dios mío! –Gemía angustiado-, ¿por qué no me hiciste nacer en Galicia? ¿No comprendías con tu suprema sapiencia que haciéndome nacer en Castilla me chafabas para siempre el porvenir artístico?” Pensé que en realidad todos los humoristas españoles, desde Cervantes a Larra, pasando por Quevedo y por doscientos más, todos han nacido en Castilla, y la gran mayoría, como yo, en Madrid. No obstante fueron aquellos unos días dolorosos. Pero felizmente, me tranquilicé en seguida al recordar que mi ama de cría era gallega y entra, por tanto, en lo probable que al transmitirme el jugo de sus pechos, me transmitiera también la cantidad de galleguismo necesaria para ser humorista. Y desde entonces, vivo tranquilo.

No definiré el humorismo, no. Pero si diré que no todo el mundo entiende la literatura humorística. Lo cual es naturalísimo.

Particularmente la literatura humorística, además de servirme para una porción de cosas que no hace falta denunciar, me sirve para medir la inteligencia de las personas de un golpe y sin equivocarme en un solo caso.

Si oigo que me dicen:

“-¡Bueno, se les ocurren a ustedes unas gansadas tremendas”.

Pienso: éste es un cretino.

Si me dicen:

“-Está bien esa clase de literatura, porque quita las penas.”

Pienso: éste es un hombre vulgar.

Cuando me advierten:

“-Es un género admirable y lo encuentro de una dificultad extrema.”

Entonces pienso: éste es un hombre discreto.

Y por fin, si alguien me declara:

“-Para mí el humorismo es el padre de todo, puesto que es la esencia concentrada de todo y porque el que hace humorismo piensa, sabe, observa y siente.”

Entonces digo: éste es un hombre inteligente.

En el prólogo de Amor se escribe sin hache de Enrique Jardiel Poncela.

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