Decálogo de un poeta de la vida

1. Lo más importante es saber que el poeta nunca abandona su delirio, su poesía es una apuesta por la vida, por forjar una leyenda propia creyendo sin descanso en lo que ama. Se escribe como se vive y la composición de nuestra  realidad-ficción no pasa por otras manos que no sean las nuestras. Somos nuestro propio escultor y nadie puede impedirlo.

2. La poesía se encuentra en los bosques, en la musicalidad del silencio y en las  águilas libres de Vicente Aleixandre. La poesía aniquila la crueldad para que volvamos a la madre de todo ser y nos sumerge en el subsuelo para que sintamos la humedad de la tierra y nos agarremos al Mundo como las raíces. La fuerza milenaria que hace que los árboles permanezcan en pie, es la misma fuerza que nos empuja a escribir. No lo olvides.

3. Hasta los versos más negros tienen la pretensión de salvarse y seguir sobreviviendo, por ello cruzaremos todo tipo de oscuridad y recorreremos todos los rincones: las barras de los bares en los que bebió Bukowski, los fumaderos donde artistas son mecidos por la muerte y las casas de putas donde la palabra amor está detrás del verbo fornicar. Siempre con el norte de la salvación, sabiéndonos ángeles celestes aunque en el espejo asome una calavera o estemos en el sótano más mugriento. Hay una luz de cambio al fondo del pasillo…

4. A la misión cósmica y sanadora del poema hay que sumarle una interpretación social, es decir, una entrega por la sociedad en la que existimos. Hay que llegar a ser el otro, habitar y sentir dentro de los demás y que sus adversidades sean también las nuestras. La ética llega después de un continuo interrogatorio interior que acepta los propios errores y lucha por el libre pensamiento. El poema no es un panfleto político, es la savia, aquello que fluye por debajo sin necesidad de testigos. La forma de la verdadera belleza son como las arrugas de un viejo que no ha parado de sonreír en toda su vida. Los surcos en la piel son el reflejo del alma que tanto buscamos los poetas de la vida.

5. Elevemos la palabra como si cada vez que pusiéramos una detrás de otra nos fuera en ello la vida.

6. Cada vez que nos asalte el odio recordaremos que solo el amor lo tumba. Solo el amor puede a la violencia y quienes lo comprobaron lo saben. Una extraña magia nos envuelve y protege en todas las ocasiones que decidimos poner fin a los ríos de sangre que nos salpican. Las fieras no tienen poder ante la fe si abrimos bien los ojos y contemplamos la inmensidad del paisaje. Volviendo al punto dos, repetiré que de la ligazón con el cosmos, brotará una pasión indestructible que siempre salvará a quien  lo sueñe.

7. La palabra no se vende como si fuese una baratija. La palabra tiene sus tiempos y solo cuando se sepa adulta y madura puede exponerse a la gente. Quien no entienda este proceso es mejor que se dedique, con todos mis respetos, a otra labor. En mi caso, no tendré problema, si llega el momento, en intentar ser astronauta o futbolista.

8. Por último hay que dar las gracias, gracias por vivir, por los sabios y maestros, por los bondadosos, por todas aquellas almas que te dijeron escribe, cabrón, escribe. En cualquier lugar puede aparecer tu hermano gemelo que, aunque no sea escritor, sabe que hay en tus ojos un manantial de agua virgen.

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