“MIHURERÍAS”

Nunca publicó un libro de máximas, como hiciera Jardiel Poncela en 1937 con sus llamadas Máximas mínimas, ni tampoco utilizó jamás el concepto de greguería, ni se atrevió a llamar aforismos a sus “pensamientos” breves. Ni siquiera inventó ningún otro nombre más o menos divertido, como hiciera su amigo Tono, con las 100 Tonerías, que en 1938 recogió en forma de libro. Así pues, mientras que el concepto de aforismo o greguería debió parecerle a Mihura excesivamente serio, un género de “literatos”, a él – que no se considera escritor, sino comediógrafo – la tonería le resultaba algo demasiado personal y contextualizado, de un humor algo mecánico.

Pero eso no quiere decir que el autor de la genial “Tres sombreros de copa”, en opinión de muchos, obra precursora del teatro del absurdo que cultivarán figuras como Beckett o Ionesco, no cultivara con acierto esta suerte de “sentencias breves” cargadas de humor ácido e ironía, y basadas en su pensamiento y su forma de ver el mundo. Y es que en el teatro de Mihura también se percibe esta tendencia al pensamiento sorprendente, la definición insólita, la sentencia ingeniosa, o el cinismo mordaz, al estilo de Oscar Wilde. Parece que tanto a Mihura como al resto de los comediógrafos de su generación (Jardiel Poncela, Edgar Neville, Tono, López Rubio) les atrajo de éste último su cinismo, su sentido crítico frente a los convencionalismos sociales, su ingenio en el diálogo y sus peculiares ideas sobre las relaciones de pareja.

Algunas de estas “sentencias breves” o “Mihurerías” son las siguientes:

La vida y las escaleras de caracol son dos cosas incongruentes y ligeramente estúpidas.

Coquetas son esas mujeres gordas que le están diciendo a uno en Madrid que lo aman con ceguera, y al mismo tiempo se están entendiendo con un médico militar que habita en Toledo, y con un pelotari en Éibar.

Un niño que acaba de nacer es un rollo de manteca amasado con leche de rosas.

Nueva York es ese campo con muchas casas encima, en donde todos los señores son tan riquísimos que saben hablar­ hasta en inglés.

La sensibilidad es el traje de etiqueta del espíritu.

En las comedias escritas en colaboración, como los paseos en tándem, uno de los ciclistas suda por el otro, el cual, sin que nadie se entere, lo único que hace es dejarse llevar amablemente.

Un misántropo es un hombre que se retira de la ciudad, a vivir solo, porque los demás hombres no pueden aguantarle.

Un rápido automóvil pasa veloz por la carretera. De repente, de no se sabe dónde, sale un perro que trata de alcanzarle, corriendo tras él y dando feroces ladridos. Pero el automóvil sigue su camino a toda velocidad y deja al perro atrás. Entonces el perro, vencido, fatigado, con el rabo entre las patas, se vuelve, fracasado, a su sitio. El automóvil es el arte; el perro que ladra es la crítica.

El rencor es la caja de caudales de la maldad.

No se debe nunca confesar a una mujer que se la ha dejado de querer: sobrevendría un drama. Tampoco se le debe­ confesar que se ama a otra: sobrevendría una tragedia. Lo mejor es estar calladito y esperar que una de estas cosas le suceda a ella.

La diferencia que hay entre un hombre y un cocodrilo es que después de haber cometido una mala acción, el cocodrilo llora.

El pavo real es ese bicho que se pasa todo el tiempo mirando de un lado para otro, como preguntándose: “¿Pero cómo no vendrá ya el fotógrafo?”

La Vía Láctea es el anuncio luminoso del Universo.

El maravilloso café con leche es la honrada cocaína de los artistas.

Todas las mujeres están histéricas, porque de niñas sueñan con encontrar un príncipe rubio que las lleve al altar, y después, de encontrar algo, encuentran un señor moreno, con reuma.

El amor es como la sal de frutas… Si se deja pasar la efervescencia del primer momento después sabe a demonios.

El humor es un género literario al que se suelen dedicar los poetas cuando la poesía no da lo suficiente para vivir bien.

El humor es una sonrisa bien educada. Una risa que ha ido a colegio de pago.

El humor no es un disfraz, sino una cobardía. El humorista no se enfrenta con la gente ni con las situaciones; le suele sacar la lengua a los hombres, pero cuando los hombres han pasado ya…

Un prólogo me ha parecido siempre que es como una impertinencia que se le hace al autor del libro.

El hombre bien educado es aquel que puede escuchar con enorme interés cosas que no le importan nada.

Me gusta tan poco escribir que cuando termino una obra me quedo tan sorprendido como cuando una soltera da a luz un niño.

El humorista es el gracioso que se las da de fino.

Los solteros somos hombres que nos hemos casado con nosotros mismos. Y en la mayor parte de los casos, somos un matrimonio que nos llevamos fatal.

El humor es la gracia envuelta en papel de celofán.

Lo único molesto del matrimonio son esos primeros cincuenta años que siguen a la luna de miel.

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