LA VISITACIÓN ASOMBROSA

LA VISITACIÓN ASOMBROSA

parador-ronda

PERSONAJES
(Por orden de aparición)

DUQUESA VIUDA
su hijo el DUQUE HEREDERO
DOCTOR
MARQUESA
OBISPO
ÁNGEL
y su CUADRILLA
FANTASMA DEL DUQUE

La acción se desarrollará en el balcón de un viejo puente muy alto.
Principio de la primavera.

Aparece la DUQUESA VIUDA, con un pesado vestido de luto, mantilla y abanico.
Va seguida de su hijo, el DUQUE HEREDERO, que lleva un coqueto traje negro y corbata muy a la moda.

DUQUESA VIUDA. (Tarareando.) “Por ti, yo sería capaz de matar,
                     por ti, contaría la arena del mar.
                     Y que si te miento, me castigue Dios…”

DUQUE HEREDERO. Madre, guarde un respeto, que no digan… Todos los años igual.

DUQUESA VIUDA. Hijo mío, no me reprimas. Era la canción favorita de tu padre.

(Se dispone a seguir tarareando cuando aparece el DOCTOR, vestido de verde.)

¡Señor Doctor! Llega usted tarde.

DOCTOR. Ustedes se me han adelantado… Hace mucho calor, señora Duquesa. Discúlpeme. Señora. (Se inclina y besa respetuosamente la mano de la DUQUESA VIUDA.) ¡Otro añito!

DUQUE HEREDERO. ¿Dónde están los demás? (Aprieta la mano al DOCTOR.)

DUQUESA VIUDA. (Tarareando de nuevo.) “Están clavadas dos cruces
                             en el monte del olvido,
                                     por dos amores que han muerto…”

DOCTOR. ¿Qué canta usted?

DUQUE HEREDERO. Hace mucho calor, es cierto. (Se quita la chaqueta y deja completamente a la vista una camisa rosa.)

DUQUESA VIUDA. Hijo mío, por Dios, cúbrete.

DOCTOR. Está usted excesivamente elegante.

DUQUESA VIUDA. Como su padre. ¡Tres años ya! A ver si este año…

(El joven vuelve a taparse.)

Nosotros respetamos rigurosamente el luto.

DOCTOR. Al señor duque, que Dios lo tenga en la gloria bendita, le hubiera gustado…

DUQUESA VIUDA. Le hubiera gustado sobrevivir a la caída.

DOCTOR. Señora duquesa, el señor duque, que Dios lo tenga en su gloria bendita, amaba el color.

DUQUE HEREDERO. ¡Por ahí viene la marquesa!

(Hace su aparición la MARQUESA. Lleva un exuberante vestido primaveral, de muchos colores, con un voluptuoso polisón.)

MARQUESA. (Reprimiendo un llanto patético.) ¡Víctor, Víctor! ¡Oh qué desdicha! ¿Por qué quisiste pasear esa tarde por el puente? ¿Qué te llevó, copón bendito, qué te llevó (Mirando de reojo a la DUQUESA.) a atentar contra las leyes de Dios?

DUQUESA VIUDA. Se cayó. Buenos días. ¿Cómo está su padre?

MARQUESA. (Completamente repuesta.) Sí. Hola. (Hace una lustrosa reverencia a los presentes.) Claro. Mi padre lleva cuatro años sin poder hablar ni masticar, ya lo sabe usted, duquesa.

DUQUESA VIUDA. ¡Oh, es cierto! Cuánto lo lamento. Una vida desaforada, sin duda, le ha llevado…

DOCTOR. Señora marquesa, está usted excesivamente elegante. (Besa la mano de la MARQUESA.) El señor duque, que Dios lo tenga en su gloria bendita, me dijo un día antes de tirarse por este puente que sus polisones de usted eran un verdadero delirio. Hace ya tres años…

MARQUESA. (De nuevo al borde del llanto.) ¡Víctor, Víctor! ¡¿Por qué?!

DUQUESA VIUDA. No se tiró.

DOCTOR. Yo solo me remito al análisis concreto de los hechos que precedieron a la desgraciada muerte del duque…, que Dios lo tenga en su gloria bendita.

DUQUE HEREDERO. Hola, marquesa. Hermoso polisón. ¿Ha traído usted el libro de salmos?

MARQUESA. ¡Claro que sí! Precisamente este que traigo me lo firmó tu padre… (Se tambalea.) ¡Oh Víctor! ¿Es que no pudiste aguantar unos años más?

DUQUESA VIUDA. Hijo, ¿quién falta?

DUQUE HEREDERO. Algunos miembros más del Club Aristocrático, el obispo, un torero, cuatro banderilleros…

DOCTOR. ¡Cómo le gustaba al duque juguetear con la muerte! (Bajito, a la DUQUESA VIUDA.) Está usted tan guapa, señora duquesa.

DUQUE HEREDERO. Cuando llegue todo el mundo, empezaremos la invocación. Un año más, nos reunimos en este lugar casi religioso, en que perdió la vida mi padre… (Con precaución, se asoma un poco y se retira.)

DUQUESA VIUDA. Esto es una verdadera estupidez, hijo mío.

MARQUESA. Esta vieja teme que el duque vuelva efectivamente de la muerte y, en espectro, le propine la bofetada que se tiene tan merecida.

DUQUESA VIUDA. ¿Qué dice usted, súcubo?

MARQUESA. ¿Qué me ha dicho esta?

DUQUE HEREDERO. Bueno, a ver, los salmos, dámelos.

MARQUESA. Toma, niño. (Saca el librito de salmos de su bolso y se lo entrega al DUQUE HEREDERO, que lo ojea con deleite. La madre, nerviosa, intenta quitárselo al hijo, que no se deja.)

DOCTOR. (Asomándose al balcón del puente.) ¡Coño!

DUQUESA VIUDA. ¿Qué ha dicho usted?

DOCTOR. Señora duquesa, disculpe mi lengua. Fui educado entre prostitutas, en el barrio del puerto; allí aprendí mi oficio de la medicina. No crea usted, mi trabajo me costó. Pero ya sabe la duquesa lo bien que lo ejerzo… Tanto, que su marido el duque, que Dios lo tenga en su gloria bendita, me nombró su médico personal, y ese puesto ocupé por más de cinco años hasta que… nuestro… querido duque… un día de feria… ¡qué horror!… pasó por aquí y…

DUQUESA VIUDA. Se cayó. Fue horrible, sí. Se cayó. (Tarareando otra vez.)
Y los niños cantan a la rueda, rueda,
esta triste copla que el viento le lleva…
¡A la lima y al limón, tú no tienes quien te quiera!
¡A la lima y al limón, te vas a quedar soltera!

DUQUE HEREDERO. (A la MARQUESA.) Un autobús nos llevará más tarde a una sala de convenciones en la autovía para que tomemos algo, ¿le parece bien?

MARQUESA. ¡Claro!

DUQUE HEREDERO. Aunque si prefiere, usted y yo podemos ir en mi landó brillante. Mi madre… irá en el autobús con los demás…

DUQUESA VIUDA. (Más alto.) “¡A la lima y al limón, tú no tienes quien te quiera!
                                                      ¡A la lima y al limón, te vas a quedar soltera!
                                                      ¡Qué penita y qué dolor! ¡Qué penita y qué dolor!”
                                                      (Con mucho rintintín.)
                                                       “La vecinita de enfrente soltera se quedó.
                                                       ¡Solterita se quedó!”

¡Pero mira quién viene por ahí! ¡Señor Obispo! ¡A sus pies! ¡Deme su mano que la bese!

(Entra, vestido con ropas muy pobres, el OBISPO. La DUQUESA VIUDA se precipita a besar, de hinojos, la mano del OBISPO.)

OBISPO. ¡Oh, no, no hace falta que usted…! Bueno, ¡venga!

DUQUESA VIUDA. ¿Y el anillo?

OBISPO. En estos tiempos que corren me da un poco de vergüenza…

DUQUESA VIUDA. Da igual. (Besa la mano.)

DOCTOR. (Dando la mano al obispo.) ¡Qué humildes ropajes, señor obispo…!

OBISPO. (Rehusando saludar al DOCTOR.) ¡Mi dinero me ha costado! ¿Qué se cree usted? Hola, marquesa (Se deja besar la mano.) Hola, mi joven amigo. (Lo mismo.) ¿Empezamos?

DUQUE HEREDERO. Siento refrenar su impulso, señor obispo… Pero falta gente.

DOCTOR. El duque, que Dios lo tenga en su gloria bendita, siempre llegaba tarde. Esperemos a toda la buena gente que queda por venir, y hagamos de ello una especie de homenaje a nuestro difunto amigo. Para amenizar la espera, el señor obispo podría entretenernos haciendo algún milagrillo.

OBISPO. ¡Oh, no, no! No creo que pueda. No sé si es el mejor momento…

DUQUE HEREDERO. ¡Sí, un milagro!

MARQUESA. ¡Vamos, señor obispo, claro que puede!

DUQUESA VIUDA. ¡Hasta yo se lo pido!

OBISPO. A ver, no sé… Es que un milagro no es algo que se haga así… Tiene que ser cuando me salga. Ahora me da un poco de cosilla.

DUQUE HEREDERO. (Solo a la MARQUESA, con discreción.) ¿Se montará luego en mi landó?

MARQUESA. ¡No se haga usted de rogar! (Al DUQUE HEREDERO.) Claro que sí. Tiene usted una juventud que me subleva.

DUQUESA VIUDA. ¡Venga! Si sabemos todos que le encanta hacer milagros en público. Alegre usted a una pobre viuda.

DUQUE HEREDERO. (Insinuante. A la MARQUESA.) Diecisiete añitos…

OBISPO. Bueno…, ¡pero porque usted me lo pide! ¿Qué quiere que haga? ¡Ya lo tengo! ¡A ver!

MARQUESA. ¡Bien! (Al DUQUE HEREDERO.) ¿Llevará usted los caballos?

DUQUE HEREDERO. (A la MARQUESA.) ¡Lo que usted quiera…!

DOCTOR. ¡Atento todo el mundo! Vamos a asistir a un milagro. ¡Qué nervios!

MARQUESA. ¡Oh, sí! Qué fuego tan inspirador trae el mediodía… para hacer milagros.

OBISPO. Venga. ¡Voy!

(El OBISPO, excitado por la atención del público, hace su milagro: saca un cigarrillo y finge metérselo por la nariz, cuando, en realidad, lo esconde entre los dedos.)

¡Tachán!

(Todos aplauden y vitorean.)

DUQUESA VIUDA. ¡Milagro! Monseñor, si no fuera por su santidad, yo ya habría perdido la fe. ¡Qué difícil es sobrevivir a tanta desgracia! ¡Qué valle lacrimarum tan infinito! Sin la asistencia de la Iglesia… ¡oh… (Afectadísima.), no soy capaz de imaginar qué hubiera sido de mí!

DUQUE HEREDERO. Tranquila, mamá, tranquila.

OBISPO. Gracias, amigos. Es mi pequeño homenaje personal al duque. Gracias, gracias de todo corazón.

DOCTOR. (A la DUQUESA VIUDA.) ¡Está usted tan guapa!

DUQUESA VIUDA. (Al DOCTOR.) Que me deje ya en paz, idiota. (A todos.) ¿Empezamos ya la sesión de espiritismo?

DUQUE HEREDERO. ¡Mamá, falta gente todavía!

DUQUESA VIUDA. ¿Pero tienen que estar todos?

OBISPO. Claro que sí, señora duquesa. La liturgia es una pesadez.

DOCTOR. Yo tengo preparado un discurso. La sangre del duque, de un rojo igualito a las franjas de la bandera que desplegamos sobre su féretro, riega la tierra de España. ¡Tierra española! ¡Hectáreas, hectáreas y hectáreas que habéis conocido la fecundidad de aquel que os cultivó con mano generosa! Padre de la agricultura, nuestro amigo fue también benefactor de la Iglesia, como demuestra la presencia del Excelentísimo y Reverendísimo Señor Obispo…,

OBISPO. Ya estamos…

DOCTOR. …, y salvó de la miseria a los simpáticos jornaleros andaluces. ¡Amigo! ¡Que Dios te tenga en su gloria bendita! Cómo llora mi corazón, tanto… tanto… pero nunca podrá regar como tú regaste -con esa fuerza y esa gracia- la tierra…

DUQUESA VIUDA. ¡Ya está bien, Doctor! Hijo mío, prepara el landó, me voy.

MARQUESA. ¡No! Quédese, señora duquesa…, sin usted no se puede celebrar la sesión de espiritismo…

DUQUE HEREDERO. Es cierto, mamá.

OBISPO. Por mí pueden irse a la mierda. Todos los años lo mismo.

DUQUESA VIUDA. Me voy. Invocaré a mi marido delante del espejo.

(La MARQUESA no puede reprimir la risa.)

DUQUE HEREDERO. Mami…, no te enfades con estos señores. Son un poco vulgares…, pero tenemos que hacerle su homenaje a papi.

DUQUESA VIUDA. (Canturrea, para no oír a su hijo.) “Suspira bajo su velo
                      la Virgen de la Esperanza,
                              y arría en señal de duelo
                              banderas la Maestranza.
                              Y Sevilla enloquecida
                              repetía a voz en grito…”

¿Pero quién es ese muchacho? (Hace un grácil movimiento con el abanico y se cubre, sensualmente, los ojos con la mantilla.)

(Entra el torero ÁNGEL con su CUADRILLA. Todos con negros trajes de luces.)

ÁNGEL. A sus pies, señora duquesa.

CUADRILLA. Ole.

ÁNGEL. Es la primera vez que vengo a un homenaje a su difunto marido.

CUADRILLA. Ole.

ÁNGEL. Sepa que yo era amigo del duque.

CUADRILLA. ¡Viva la madre que parió al duque!

TODOS. ¡Viva!

ÁNGEL. Me llamo Ángel.

SEÑORA DUQUESA. ¡Ángel…! Llega usted a tiempo.

OBISPO. ¡Usted es un héroe! Ha triunfado en las Ventas, en la Maestranza, en Bilbao, en Barcelona, en Olivenza y, por supuesto, ¡aquí!

DOCTOR. Tampoco es para tanto.

ÁNGEL. Yo nací aquí.

CUADRILLA. ¡Y qué bien nacido!

OBISPO. Efectivamente, nació aquí hace veintitrés años. Lo sigo… ¡ay qué nervios…!, lo sigo a usted desde hace… (Desatado.) ¡Maestro! ¡Figura!

CUADRILLA. ¡Por derecho!

ÁNGEL. Gracias, gracias. (A la CUADRILLA.) ¿Quién es este señor tan simpático?

CUADRILLA. Oh maestro, no sabemos.

DUQUESA VIUDA. ¿No me besa usted la mano? (Nuevo jugueteo con el abanico.)

ÁNGEL. Claro, señora duquesa. (Lo hace.)

CUADRILLA. Ole ahí.

DUQUESA VIUDA. (Cogiendo del brazo a ÁNGEL. La MARQUESA, durante las presentaciones, hará todo lo posible por agarrarse al otro brazo, pero se encontrará con la oposición de la DUQUESA VIUDA .) Le presento. El señor Obispo.

ÁNGEL. ¡Monseñor!

OBISPO. ¡Sí, sí, yo!

ÁNGEL. Le beso la mano. (Lo hace.)

CUADRILLA. ¡Oh que buen vasallo si oviesse buen señor!

OBISPO. ¡Gracias!

DUQUESA VIUDA. Mi hijo el duque heredero.

DUQUE HEREDERO. ¡Qué nervios! ¡Hola!

ÁNGEL. Encantado.

(Se dan la mano.)

CUADRILLA. ¡El que en buen hora çinxo espada!

DUQUESA VIUDA. El doctor.

ÁNGEL. Señor doctor.

(Se saludan con la cabeza.)

CUADRILLA. ¡Malfario!

DOCTOR. Buenas.

DUQUESA VIUDA. Ah…, se me olvidaba. La Marquesa… eso, la Marquesa.

ÁNGEL. Señora Marquesa. Un placer conocerla.

(Le besa gentilmente la mano a la MARQUESA, cayendo con elegancia de rodillas.)

CUADRILLA. (Como en éxtasis.) ¡Ole tu vergüenza torera!

MARQUESA. (También como en éxtasis.) ¡Oh!

DUQUESA VIUDA. ¡Ángel, va a tener que cuidar de mí durante la sesión! ¡Estoy muy débil! ¡Angelillo! (Finge desvanecerse.)

ÁNGEL. ¡Señora duquesa…!

DUQUESA VIUDA. (Satisfecha.) No es nada. ¡Ya no espero a nadie más! Hacemos la sesión y nos vamos a casa. Menos mal que ha aparecido un hombre cabal. Usted me salvará de este calor horrible que baja de la montaña.

ÁNGEL. Yo…

DUQUESA VIUDA. “En los carteles han puesto nombre
                                     que no lo quiero mirar.
                                     Francisco Alegre y olé,
                                     Francisco Alegre y olá…”

DOCTOR. Empezaré la invocación. Silencio, por favor.

DUQUE HEREDERO. Toma los salmos.

OBISPO. Creo que yo sé más de esto.

DUQUE HEREDERO. Para usted.

DOCTOR. Usted ya ha hecho hoy su milagro.

OBISPO. Yo jamás me entrometería en su profesión, Doctor.

DOCTOR. ¡Yo sé espiritismo!

OBISPO. ¡Venga, hombre! ¿Qué va a saber usted?

DOCTOR. ¡Oiga! ¡No me hable así!

OBISPO. No se pique.

DOCTOR. Yo invocaré al duque, que Dios lo tenga… ¡Yo era su médico!

OBISPO. ¡Fíjese usted, si andaba todo el día resfriado! Súbase a un árbol y mire hacer a los prefesionales.

DOCTOR. Invoco yo.

OBISPO. Invoco yo. ¡Ego, Episcopus Santae Ecclesiae…!

ÁNGEL. ¿Ha bebido?

CUADRILLA. Ole.

DOCTOR. ¡Primun non nocere!

(El DOCTOR se abalanza sobre el OBISPO. Aprovechando el tumulto, el DUQUE HEREDERO corteja infructuosamente a la MARQUESA, que corteja tórridamente a ÁNGEL.)

DUQUESA VIUDA. ¡Ángel, haga usted algo!

ÁNGEL. ¡Quietos los dos! (Los separa con mucha elegancia.)

CUADRILLA. ¡Viva la leche que mamaste!

DUQUESA VIUDA. Invocará mi hijo, que para eso era su hijo.

DUQUE HEREDERO. ¿Yo?

MARQUESA. ¡Buah!

DUQUESA VIUDA. A ver. Separaditos todos. Un poco de respeto. (A ÁNGEL.) Usted tendrá, no obstante y sin ánimo de contravenir la liturgia, que ayudarme a mantenerme en pie…, puede atacarme una emoción atroz. (Al DOCTOR y al OBISPO, que parece que van a hablar.) ¡Chist! Y ustedes no me repliquen. ¡Me tienen ya hasta el mismísimo!

(Respira azorada. Nadie se atreve a moverse. Se agarra de nuevo del brazo de ÁNGEL. Relajada.)

Dale, hijo. Te escuchamos.

DUQUE HEREDERO. Pues a ver, yo es que no sé bien… (Pasa las hojas del libro de salmos.)

DUQUESA VIUDA. ¡Joder! Este niño es tonto.

DUQUE HEREDERO. ¡Mamá!

DUQUESA VIUDA. ¡Venga! Lo hago yo y acabamos ya.

DUQUE HEREDERO. ¡Mamá! Qué sí que puedo… Toma el libro.

DUQUESA VIUDA. (Sin separarse de ÁNGEL.) Déjate de libro. ¡Oh duque! ¡Víctor, Víctor, Víctor! Esposo mío, esta dolorosa viuda te llama. Escucha mi voz estés donde estés y ven a saludar a tu familia y amigos, que no te olvidan. ¡Víctor, Víctor, Víctor!

(Silencio sepulcral.)

OBISPO. Tenía que haberlo hecho yo.

(Silencio sepulcral.)

DUQUESA VIUDA. Bueno, pues ya está. Otro año más que no pasa nada. Vamos, Ángel, lléveme a casa en su motocicleta.

DUQUE HEREDERO. Mamá, tenemos alquilado un salón a la salida de la ciudad…

DUQUESA VIUDA. ¡Este niño! Es cierto. Vamos al dichoso salón. No tengo hambre. ¡Tengo un calor horrible! ¡Siento un incendio dentro de mi corazón!

ÁNGEL. Señora duquesa…

CUADRILLA. Ole.

(En virtud de una formidable tramoya, del abismo que salva el puente aparece, tras una rugido que petrifica a todos, el FANTASMA DEL DUQUE.)

DUQUESA VIUDA. ¡Me cago en Dios!

OBISPO. ¡Alabado sea Allah!

FANTASMA DEL DUQUE. (Con voz tenebrosa.) ¿Quién me llama?

(La DUQUESA VIUDA corre a arrodillarse ante el FANTASMA flotante DEL DUQUE, y la MARQUESA se aferra sensualmente a ÁNGEL.)

DUQUESA VIUDA. ¡Víctor!

FANTASMA DEL DUQUE. ¡Tú! ¡Mujer! ¿Te crees que no te veo?

DUQUESA VIUDA. ¡Perdona mis ofensas!

(La MARQUESA, aprovechando el despiste general, soba a ÁNGEL.)

ÁNGEL. Señora marquesa…

MARQUESA. Calla…

FANTASMA DEL DUQUE. ¡Has osado despertarme!

DUQUESA VIUDA. ¡Llevamos años intentándolo! ¡Cuánto te echo de menos, cariño! ¿No quieres besar a tu mujer?

FANTASMA DEL DUQUE. ¡No!

MARQUESA. (A ÁNGEL.) No te resistas más, dentro de un rato…, te voy a dar lo tuyo…

ÁNGEL. (A la MARQUESA.) Señora marquesa, conténgase… Hay mucha gente delante…, está mi cuadrilla.

MARQUESA. (A ÁNGEL.) No te resistas, niño… No sabes lo que puedo llegar a ser…

FANTASMA DEL DUQUE. ¿Qué quieres?

DUQUESA VIUDA. Saber cómo estás.

FANTASMA DEL DUQUE. No tienes derecho a perturbar mi descanso.

DUQUESA VIUDA. (Afectadísima.) ¡Oh!

DUQUE HEREDERO. (Corriendo igualmente a postrarse ante el espectro) ¡Papá!

FANTASMA DEL DUQUE. ¡Hijo mío! ¿Por qué le haces caso a tu madre? ¿No podéis dejarme en paz?

DUQUE HEREDERO. ¡No pude despedirme de ti!

FANTASMA DEL DUQUE. Te quiero, hijo mío. Adiós.

DUQUE HEREDERO. ¡Espera! ¡No te vayas!

(La DUQUESA VIUDA llora.)

FANTASMA DEL DUQUE. ¿Qué pasa?

(ÁNGEL no puede resistir los encantos de la MARQUESA y se excita visiblemente.)

CUADRILLA. ¡Ole, ole y ole! ¡Y el que no diga ole…!

FANTASMA DEL DUQUE. (A la MARQUESA.) ¿Qué haces?

MARQUESA. (Se separa de ÁNGEL y se arrodilla ante el FANTASMA DEL DUQUE.) ¡Víctor! ¡Qué alegría volver a verte!

DOCTOR. (Corre a postrarse.) ¡Señor! ¿Ha alcanzado usted la gloria bendita de Dios?

OBISPO. (De pie y sin demostrar emoción.) ¡Nadie te esperaba!

FANTASMA DEL DUQUE. (A la MARQUESA.) ¿Por qué habéis montado este circo?

MARQUESA. ¡Mi querido Víctor! ¡No puedo vivir sin ti!

FANTASMA DEL DUQUE. ¡No falta nadie! (Con extrema amabilidad.) ¡Ha venido mi querido Ángel! Enhorabuena maestro, sigo viendo todas tus corridas. ¡Hay que ver que traje más bonito te has puesto!

ÁNGEL. Gracias, señor. Me lo hice exclusivamente para la ocasión.

FANTASMA DEL DUQUE. ¡Qué bien! Sé que te está yendo muy bien en la Feria.

ÁNGEL. Sí, señor.

FANTASMA DEL DUQUE. ¡Tú eras mi única alegría en mis últimas semanas!

ÁNGEL. Gracias, señor. Quisiera decirle… eh… Me gustaría que usted me protegiese.

FANTASMA DEL DUQUE. ¡Claro que sí! Tenderé mi manto sobre ti.

DUQUESA VIUDA. ¿Qué hay en la ultratumba?

FANTASMA DEL DUQUE. Maestro, no te preocupes que tú y yo vamos a llegar muy lejos. ¡Que tiemblen todos! ¡Ole!

CUADRILLA. ¡Ole!

DUQUESA VIUDA. ¿Tus pecados han sido perdonados? ¡Dinos algo, Víctor!

FANTASMA DEL DUQUE. Mujer, cuida de tu hijo y deja de juntarte con jovencitos. Ángel, tú vete tranquilo que me llevas muy cerca. Lanzaré sobre ti bendiciones a cualquier hora. Estoy muy orgulloso de ti.

ÁNGEL. ¡Señor duque! ¡Gracias! ¡Gracias! ¿Puede usted velar también por mi madre y mis hermanas? Me ven poco, yo aquí ya casi no vengo… y, claro, las pobres lo pasan muy mal. Están atendidas en lo material, pero no quisiera que les faltara la esperanza. ¿Sería posible?

FANTASMA DEL DUQUE. ¡Claro! Yo lo que quiero es que…

DUQUESA VIUDA. ¡Víctor!

FANTASMA DEL DUQUE. Yo lo que quiero es que tú y tu familia seáis felices. ¡Qué forma de pisar la arena!

CUADRILLA. Ole.

DUQUESA VIUDA. ¡Esta mujer dice que te suicidaste!

FANTASMA DEL DUQUE. (Canta.) “Ganadera con divisa
                                                                verde y oro, ten cuidado.
                                                                Que el amor no te sorprenda
                                                                como un toro desmandado.”

DOCTOR. En el informe que redactó la Guardia…

DUQUESA VIUDA. ¡Calla! Dice que te suicidaste.

CUADRILLA. ¡Ole ese duque!

CUADRILLA, ÁNGEL y EL FANTASMA DEL DUQUE. ¡Ole!

DUQUESA VIUDA. ¿Te suicidaste?

FANTASMA DEL DUQUE. ¡Sí! ¡Me suicidé! ¿No podéis dejarme en paz ni siquiera en la tumba? Ángel, me voy. ¡Adiós, figura!

ÁNGEL. ¡Adiós, protector!

CUADRILLA. ¡Con Dios!

OBISPO. Yo pensaba que esto iba a ser otra cosa.

DUQUESA VIUDA. ¡Pero.., Víctor…! ¿Crees que yo puedo quedarme así? Tú fuiste el amor de mi vida. ¡El primero y el último!

FANTASMA DEL DUQUE. ¡Dios Santo! Sois una pandilla de aburridos. ¿No tenéis a nadie a quien molestar, panda de mequetrefes, más que a mí? ¿No podéis dar paseos, ver la televisión, ir a los toros, meteros en política…, como todos los demás? ¿No hay tierras que cuidar? (A ellos.) ¿No hay burdeles? (A ellas.) ¿No hay visillos? ¿No podéis dejar en paz a un muerto? ¡Pedazo de cabrones! ¿Vosotros creéis que esto es de recibo? ¡Estoy hasta los cojones! ¡Tres años lleváis viniendo a dar por culo! ¡He tenido que salir de una puta vez para deciros basta! ¡Basta! ¡No quiero saber más de vosotros! ¡No recéis por mí! ¡Me tiré del puente porque no os aguanto a ninguno! ¡A ninguno! El único que hace algo con su vida es Ángel. ¡Figura! Todos los demás sois un puñado de ociosos cuya vida no tiene sentido. ¡Adiós! (Desparece.)

(Todos están estupefactos, menos ÁNGEL y su CUADRILLA.)

OBISPO. Me voy a casa. Aquí no hay nada más que hacer.

DUQUESA VIUDA. Víctor… Víctor…

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