Carmen La Mandolina o La Larga

 

 

En escena se encuentra Carmen frente a un televisor. Es una anciana de 80 años con la tez muy arrugada. Está en silla de ruedas. Una mantita de cuadros le cubre las piernas.

 

CARMEN-.  ¿Qué hora será…? Seguro que es tarde… ¿Cuándo vendrán a por mí….? ¡Antonia! ¡Dolores! ¡Encarna! ¿Dónde estarán estas crías? ¡Chacha…! ¿Dónde estáis…? Que tenemos que irnos… Que esta gente querrá cenar… ¡Antonia! Siempre le pasa lo mismo… A estas cría se les va el santo al cielo… ¡Dolores…! ¡Chacha…! Ésta estará en la habitación con ese… Con el que viene ahora… El amante… Vamos que hacerle eso a Paco… Cuando venga del trabajo, ¿cómo voy a poder mírale a la cara…? ¡Qué vergüenza! ¡Dolores…! A saber… lo que estará haciendo con ese hombre ahí en la habitación… Yo ni le miro cuando entra por la puerta, prefiero agachar la cabeza…  ¡Ay Señor! ¡Dónde hemos ido a pará!  Con lo que yo he trabajao… Y esta manos… Ahora no tengo fuerzas pa na… Pa na me sirven… Me duelen tol rato… Figúrate Dio mío… A mí que me decían Carmen La Mandolina, porque no paraba ni quieta un minuto… Ay Señor… Sirviendo que estao toda mi vida de aquí pa llá… Y viuda… Y con tres criatura… Madre mía con lo que yo he pasao…  Me iba por la mañana con un pedazo de pan duro en el bolsillo pa comé… Y así hasta la tarde… Cogiendo algodón,  aceituna, sembrando patatas, con er ganao… Ay Señor que vida eta… Tuve un novio, Señor, trece años… Se fue a la vendimia seis meses y cuando volvió ya me había casao yo con otro… ¡Me tenía aburría, coño! Me enamoré de otro y me lié la manta a la cabeza… Un día me lo encontré en un camino, yo pensaba que me tiraba a un algarrobo, que había por allí cerca, pero sólo me dijo: Hola. Hola contesté yo… Y seguí palante mi camino… Creo que no se casó nunca… Mira Manolo Escoba en la tele… Ese sí que es un hombre guapo… Me recuerda a mi marido que en gloria esté… Me lo quitaste muy pronto, Señor… Qué bien canta ese Manolo Escoba… ¡Ole…! ¿Dónde estarán eta cría…? Y me dejan aquí, más sola que la una… ¡Chacha…! ¿Dónde estáis…? ¡Antonia…! ¡Ay Señor, que cruz! ¡Qué cruz me ha caído en eta vida…! ¿Y quién é esa…? La que se besa con Manolo Escobar… Si es la Encarna…  ¡Y yo llamándote! ¡Chacha…! ¡Encarna! ¡Deja de darte beso! ¡Y ven aquí, que os llevo esperando mucho rato! ¡Ay Señor! ¡A la vejez me salen las tres putas! ¡Chacha…! ¡Qué o estoy esperando…! ¡Chacha…! ¡Encarna! Como venga tu marido y te vea con Manolo Escobar no se qué va a pasar aquí. Se caga en Dios, en la Virgen y en todos los Santos cada vez que vuelve del trabajo. Cuando oigo llegar el camión le digo a mi hija: ¡Encarna ponte a barrer el patio! Ese hombre es tan bruto que para callarse tiene que ver siempre a su mujer trabajando. ¡Yo vuelvo a tender la ropa! ¡Les quito las pinzas y se las vuelvo a poner! Al menos con eso parece que se caga de otra manera en la Iglesia. ¡Encarna! ¡Deja a Manolo Escobar! ¡Que como venga tu marido, hasta el puro ese que fuma, con la peste que echa, te lo mete por el culo! ¡Encarna…! ¿Qué hora será…? Seguro que es tarde… ¿Cuándo vendrán a por mí….? ¡Antonia! ¡Dolores! ¿Dónde estarán estas crías? ¡Chacha…! ¿Dónde estáis…? Que tenemos que irnos… Que esta gente querrá cenar… ¡Antonia! Siempre le pasa lo mismo… A estas cría se les va el santo al cielo… ¡Dolores…! ¡Chacha…!

 

                Una enfermera aparece por un lateral. Le pide silencio con un gesto. Carmen deja de gritar.

 

CARMEN-. ¿Y tu quién eres? Yo estoy esperando a mis hijas… ¡Y no me callo, leche! ¡Mierda ya! ¡Coño que llevo más de media hora esperando a mis hijas…! Hasta una prefiere besarse con Manolo Escobar que venir conmigo… ¡Ay Señor…!

 

                Carmen se levanta de la silla de ruedas. Ahora puede caminar con normalidad. El peso de los años es diferente. Aún lado, la enfermera sigue calmando a la otra Carmen, la que quedó en la silla de ruedas, que llora como una niña pequeña. Carmen (2) observa la escena, y tras una breve pausa, se dirige hacia el público.

 

CARMEN (2) -. Que malo esto de llegar a vieja y perder la cabeza… No me miréis así que a veces aunque no lo parezca me doy cuenta. No recuerdo lo que hice hace media hora, pero sin embargo mi vida la tengo aquí metida… Nunca he sido una mujer feliz… Aunque eso de la felicidad parece que viene a ratos. Ahora que estaba tranquila con mis tres hijas, y mis siete nietos, todos hombres menos una, aparece esto. Tampoco fue de golpe. Primero fueron las manos, comenzaron a temblarme hasta que ya no pude ni sostener una cuchara entre mis dedos. No sé si la cabeza fue al mismo tiempo. Sólo sé que no recordaba como guisar unas lentejas, ni cómo prepararle a mi nieto unas migas… Que malo es llegar a la vejez. Qué pena da todo esto. Siento el daño que les estoy haciendo a mis hijas. Porque sé que ellas sufren al tener que dejarme aquí.  Pero también sé que no han tenido más remedio que hacerlo así. Siempre hemos estado juntas. Las cuatro dormíamos en la misma habitación. En una cama la Dolores con la Encarna, y en otra yo y mi Antonia. Con diez años ya me las llevaba conmigo al campo a recoger algodón. Y cuando yo caía enferma, siempre con los nervios, la Dolores se quedaba conmigo, y las otras dos tenían que ir corriendo a buscar al médico a media noche… Nunca he sido una mujer feliz… Quizá todo empezó con la muerte de mi marido… Desde ese día nunca fui la misma. Trabajábamos en la finca de los Celdranes. En esa época cada trabajador tenía una pequeña casa donde vivir con su familia. Recuerdo que teníamos un perro al que llamábamos Canela. Donde iba mi marido allí andaba el perro. Ese día el perro se fue con él al campo como siempre. A media tarde el perro volvió solo. Se quedó en la puerta esperando. Mi marido no llegaba, y ya era noche cerrada. Había mucho murmullo, los vecinos llevaban rato comportándose de forma extraña. Yo entré en mi casa, y les dije a mis hijas: A vuestro padre le ha pasado algo. Toda la noche me quedé en vela esperando su regreso. Canela se rozaba conmigo, como si quisiera advertirme de algo. Al amanecer pasó por mi casa el señorito Celdrán en su coche. Me pidió que lo acompañase que tenía que hablar conmigo. Mis hijas todavía dormían. Yo no podía creerlo cuando me lo dijeron… Dije que ese no podía se mi marido… Qué muerte tan mala tuvo el pobre, Dios mío… Y qué muerte más inútil. Salvo a uno que luego se pegó un tiro… A mi marido un tractor lo partió por la mitad cuando trabajaba en la casa de campo de los señores… Esa imagen… Ver a mi marido así, en dos partes, no lo he podido olvidar nunca… Grité, grité de dolor hasta que me desmayé…

            La enfermera que iba a marcharse le vuelve a pedir silencio. Carmen (2) vuelve a la silla de ruedas y a recuperar su vejez. Carmen empieza a llorar como una niña. La enfermera se acerca a ella, le da un beso con mucho cariño, y cogiendo la silla de ruedas desparece con ella de escena. Carmen continúa llorando mientras nombra a sus hijas.

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