HORROR VACUI

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(La luna caliente contempla con estupor el eco cuarteado de su infinito lamento en las aguas de un trémulo e insondable lago. Un sendero con atajos desemboca en las traviesas de un maltrecho muelle que se diluye y se enreda en las sombras sibilantes de una rayana alameda. Asomada a la marea una marchita figura de mirada ansiosa traslucida por entre la espesura de una cenicienta melena; de manos circunspectas y venosas; de cerúleos labios; de palabras encendidas de postrer instante.)

VIEJO: Y si esta sed inmensa se saciara de pronto,

  si finísima arena de desiertos terribles

  me inundase, silente y despaciosa,

  colmando grano a grano mi garganta y mi lengua

  en balbuceos azarosos,

  si todos y cada uno de mis trescientos ojos

  comenzasen un día a llorar en seco

  y me arañasen el alma

  con heridas supurantes de tierra,

  sólo de tierra,

  si yo me ahogase tanto y tan profundamente,… (Un lejano sollozo de lozano párvulo detiene el impulso errático de la arrugada y barbuda silueta. Los maderos gritan horrorizados. Una piedrecita hiere en su naufragio la fina piel del lago. Un paso reaviva el astillado quejido. Anillos concéntricos cauterizan. La luna descubre a la oronda masa que avanza por el sendero meciendo a su cría sobre sus dehiscentes caderas. Otro paso.)

MADRE (canta): A la ru ru, nene

                               a la ru ru, ya.

       Duérmete clavel,

       duérmete rosal.

       Duérmete, mi negro,

       cara de lagarto.

       Que si no te duermes

       te doy un trancazo…

       A la ru ru, nene

                               a la ru ru, ya.

       Duérmete clavel,

       duérmete rosal.

VIEJO: ¿qué sentido entonces seguir silabeando,

  azuzando el espíritu al encuentro precioso

  de una sílaba mágica?

 

MADRE: Buenas noches nos dé Dios. (Cruce de miradas. Mustia mueca en los labios. Vaivén soñoliento de sudor amargo. Tras el escrutinio se retira el VIEJO.)

VIEJO: ¿Por qué no sumergirse ya completamente

  a sortear en las dunas el viento caprichoso de los días?

  ¿Por qué no morir?

  ¿Por qué? Si todo se ha consumado…

MADRE: A la ru ru, nene

     a la ru ru, ya.

     Tranquilo mi niño,

     duérmete mi paz.

     Mi negrito lindo

     ya se está durmiendo,

     pon cara de sapo

     que yo te estoy viendo.

      A la ru ru, nene

      a la ru ru, ya.

      Tranquilo mi niño,

      duérmete rosal.

VIEJO: El diligente lobo de montaraz prosapia,

  dócil vigilante y pronto al rumor del instinto,

  ¿No merece ya el descanso en el vientre templado

  de la tierra? ¿Acaso no partió ya la camada?

MADRE: ¿Quién es usted? No creo yo que sean horas de estar puestos en medio. Nosotros porque vamos de viaje pero usted, con lo mayor que está,… y el frío que hace. No me diga a mí que es para estar ¿No tiene usted frío? (Pausa.) Pero, ¿adónde va? ¿No ve usted que eso está para caerse? ¡Que se puede hundir! (Pausa.) ¡Espere! Espere, espere un momento. ¡Ay, madre mía! Se mata. A la ru ru, nene; a la ru ru ya… Shhh. ¿Qué está haciendo aquí?

VIEJO: Si el mineral abrigo calado de intemperie

  desveló sus secretos en la primera helada

              poco queda más que alimentar ansias de muerte.

MADRE: ¡De eso nada! Hasta ahí podíamos llegar. ¿Dónde está el barquero? ¿Se ha ido ya? ¿O me he equivocado de sitio? ¡Ay, Dios mío! ¡Espere! Shhh… shhh… A la ru ru nene; a la ru ru, ya… shhhh… vamos a ver cómo lo hago… shhh… tranquilo mi niño… shhh… (Sujeta el bulto con doble nudo en el regazo.) …duérmete mi paz. (De un decidido saltito sortean las untuosas carnes un listón raído. El peso de la hembra con su cría inicia una ondulación en la estructura que se detiene en la extenuada verdura del VIEJO sobre el horizonte.) ¿Es usted? ¿Está sordo o qué? ¡Que si es usted el barquero! ¡El que lleva a la otra orilla! (Se abre paso con habilidad juguetona al compás de los quiebros de los palos.) Sepa usted que no sé nadar. Como se hunda esto no sé qué vamos a hacer. ¿No va a decir nada?

VIEJO: Los ojos de los ahogados son los únicos que miran sin pavor desde la muerte porque reflejan más olvido que pesar.

MADRE: Lo que usted diga. Pero yo no me voy a quedar aquí mucho tiempo por si acaso. Vamos a cruzar. Mi hijo y yo. Su padre nos está esperando con una bandeja llena de fruta. Porque… es aquí, ¿verdad? Es aquí donde se coge la barca, ¿no? Que no quisiera yo equivocarme. (Pausa.) ¿A usted le espera alguien? (Silencio.) Dicen que del otro lado todo está lleno de colores: hay árboles con hojas rojas, incluso, con frutos que no se ven por aquí; y arroyos que corren como bordados de flores de tila. Dicen también que hay una rosaleda grandísima,… ¡Cómo debe de oler por allí! Por eso que hablen de una dulcísima miel que quien la prueba no quiere otra cosa. (Pausa.) Y pajaritos que no paran de cantar. ¡Y siempre es de día! ¿Qué le parece? (Silencio.) ¡Qué sieso! (Pausa.) En cambio esto… lo recordaba más… no sé… más alegre. Los álamos estaban desnudando y parecía como si nevara… Estaba todo más luminoso.

VIEJO: Las estrellas se van apagando; esas estrellas que tanto tiempo hace que han muerto pero cuyo destello aún se puede ver… (El niño llora.)

MADRE: Shhh… Shhh… Sh… (Canta la sirena.) A la ru ru, nene; a la ru ru, ya… (El vacío devuelve un eco gutural que eriza la espina del VIEJO.) Shhh… Sh… ya está, ya está… duérmete negrito… shhh… Tiene que tener frío, o hambre. ¿Le importa? (Silencio. Con preciosa desenvoltura acerca un seno a la boca del primal.)  ¿Qué le parece? (Pausa.) El chiquillo, digo. Que ¿qué le parece? ¡Con más de un año y sigue mamando! Me tiene consumida. Tendría que haberlo destetado cuando su padre… pero después me dio mucha lástima de la criatura. Y también es verdad que así yo me seguía sintiendo útil. Cierto que al principio no quería la teta, no sé por qué. Tenía hambre y lloraba, pero era acercarle la… eso, usted ya me entiende, en cuanto me lo acercaba era peor. Hasta que un día probé la leche, me estuvo amarguísima, y cogí un sofoco que pa’ qué; ya se puede usted imaginar. Ni para eso valía ya. Pero, fíjese qué cosas tiene la vida, que parece que al crío al verme, le di pena o algo así, y se enganchó y no se ha vuelto a quejar. Shhh… shhh….

VIEJO: Cansada y suplicante está la lengua errante

   que no pudo gustar el salino frío argento.

   Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis,… y así

   más de trescientos mil, hasta hoy, los días

   que han de redimir al mísero peregrino.

   ¡Acércate, Carón!

   Conduce con premura tu lúgubre batel

   hacia esta fértil margen de cenizas.

   Que ya la muerte es más inverosímil que la vida. (Silencio. La MADRE arrea a su hijo animándolo al ágape.)

MADRE: Shhh… shhhh… ¿Has oído lo que ha dicho el señor? ¿Eh? ¿Lo has oído tú? (Insaciables succiones se mecen sobre el siniestro brazo.) Bueno… ¿y qué? ¿Qué significa todo esa sarta de cosas que ha dicho? (Pausa.) ¿No será qué está muerto, o algo así? ¡Ja! Porque entonces, para poder estar hablando con usted, tendría que estar yo muerta también. Y mire. Mire, mire. Tóqueme. ¡Que no muerdo! ¡Tóqueme, ande! (El VIEJO rastrea con inquisición el polen con el que comercia el viento desde la enfrentada orilla.) Bueno, como quiera. Caliente como un pan recién hecho. Así que ya ve. (Silencio.) Como quiera. No va usted a hablar conmigo de ninguna de las maneras. Pues algo habrá que hacer mientras esperamos. Qué menos que hablar, ¿no? Aunque sea por educación. (Silencio. Silencio. Silencio.) Le encanta la teta a este crío. ¡Te como! (Silencio.) Y ahora que lo pienso: ¡no cabemos en la barca! No, no, no, no, no. Ni mucho menos. Usted estaba antes, cierto es, pero como comprenderá… una mujer indefensa, con una criatura,… no es para quedarse aquí al raso, y sin protección. ¡Menuda barbaridad! No lo permitiría, ¿Verdad? ¡Qué poco corazón tendría que tener para hacer una cosa así! Marcharse usted así, dejándonos abandonados. (Un tierno gruñido se despereza al borde de una aréola sangrante. La MADRE descubre por completo su busto e inclina a su hijo del otro lado.) Podemos hacer un trato. (Reverbera por entre las hojas de los álamos un desconsolado trino que corta sagitalmente una lágrima en la arruga.) Puedo pagarle. (De nuevo el alimento se trasfunde. Luceros desorbitados en la fruncida figura del VIEJO.) Tengo una moneda… Bueno, a lo mejor no debería de decírselo, teniendo en cuenta que podría usted darme con un palo en la cabeza y robarme. O robarme y después empujarme al agua para que me ahogase. O darme un palo en la cabeza, robarme y después echarme al agua. Y mi hijo ¿qué? ¿Qué iba a hacer el pobre? O… ¡Dios mío! ¿Sería capaz de matarnos a los dos por una moneda de plata? ¡Uy! ¿He dicho de plata? No sé ni lo que digo. No lo haría, ¿verdad? ¿Verdad que no? No haría eso. (Silencio.) ¡Diga algo, por Dios! ¡Diga algo! (Pausa.) ¡Está bien! Le doy la moneda, pero no nos mate. (Rueda de su liga el malhadado óbolo que ofrece desesperada en la palma de su mano.) Tome. Quédesela. Para usted. (El VIEJO extiende su macilenta zarpa y queda traspasada por el peso de la metálica estampa. El triste tintineo interrumpe la libación.)

VIEJO: No podrán ya detener mis dedos los blancos pétalos destilados de la rosa.

   Ni mis ojos evitar la bienvenida de la noche oscura.

   El ánimo condujo nuestros pasos de vuelta al desenlace

   a silenciar profundo la palabra…

   Mas el sollozo y la lágrima calarán tan hondo en el llano

   que abrirán mis párpados,

   y mi boca polinizada servirá como vientre

   a la tierra

   sosegada

   del invierno.

MADRE: Desagradecido. (Recogiendo el bruñido disco.) ¡Pues no hay trato! (Lo esconde bajo el pliegue de su teta.) Pero los tres no cabemos. Y usted no tiene con qué pagar el viaje.

VIEJO: Después de todo una rosa sólo es una rosa.

MADRE: Gracias. (Pausa.) ¡Un momento! ¿Lo ha dicho por mí o por qué? (El rorro se agita bajo una fuliginosa gota de leche.) Conmigo no se ande con lisonjas, que no voy a caer. A la ru ru, nene,

a la ru ru, ya…

Mi negrito lindo

ya se está durmiendo,

sació su apetito

de negro veneno.

A la ru ru, nene

a la ru ru, ya.

Pues, lo dicho. Ya está todo hablado. En cuanto llegue el barquero mi hijo y yo nos vamos. Usted puede hacer lo que quiera. Pero nosotros nos vamos. Eso sí, le aconsejo que se abrigue un poco, no vaya a caer malo. (Silencio. La MADRE achucha al lechal contra su pecho.) Ande, váyase. Coma y entre en calor. En su casa va a estar mucho mejor. (Pausa.) Bueno, usted sabrá. (Silencio. Un ardiente centelleo se confunde a través de la espesa neblina. Avanza pesadamente, remo a remo, sin necesidad de faro, entregado a su cardinal destino.) ¡Ya viene! ¿Lo ve? ¡Por allí! (Atusa sus cetrinas cerdas. Inicia su marcha hacia el extremo del embarcadero barriendo las huellas que deja con el fruto de su vientre. El cráneo del arrapiezo sobre la carcoma marca el paso. Los ojos del VIEJO se vuelven sobre sus cuencas claudicando ante su horror vacui.)  Lo mejor que puede usted hacer es volverse a su casa. (Silencio.) Si por lo menos hubiese querido los cuartos, habría tenido con qué comprar lo que fuera. Pero nada, ni eso. Ni siquiera hablar. Pues peor para usted. Así que no tengo más que decirle. Encantada de habernos conocido. Muy buenas noches.

VIEJO: ¡Señora! Lleva el niño a rastras. (Silencio.)

MADRE: No importa. Está muerto. (Silencio.)

VIEJO: ¡Usted no podrá viajar! Está caliente como un pan recién hecho. ¿Con qué piensa comprar la voluntad del barquero? (La belladona se acomoda en el filo de las tablas hundiendo sus raíces en la tibieza del limo.)

MADRE: Ya no. Estoy fría como una llave. Me he ido enfriando a cada bocanada. Y supongo que no lo querrá comprobar. Así que no se moleste ahora en hablar conmigo.

      A la ru ru, nene,

      a la ru ru, ró.

      Este negro lindo

      ya se me durmió. (El resplandor de la tea tiñe la inmediata bruma. Un chapoteo constante se anuncia próximo.)

     A la ru ru, nene

     a la ru ru, ya… (El sordo resquebrajarse el agua paraliza las figuras. La claridad difusa acecha a corta distancia. El VIEJO se repliega sobre su letanía.)

VIEJO: Habrá que voltear el maleficio de los relojes,

   escupir pequeños y certeros perdigones de barro

   que mantengan el ansia vigilante,

   sacudirse del polvo atenazador

   de los días iguales,

   y vivir, vivir bebiéndose cada instante

   con la íntima premura de saber que nunca,

   nunca será suficiente.

MADRE: Tarde. Demasiado tarde. Aquí ya estamos todos muertos. (Comienza a distinguirse la líquida mancha del transporte y la naturaleza se espanta. Después silencio. El barquero amarra. La MADRE salta con su hijo dentro de la barca. Balanceo inquieto hasta recobrar el equilibrio. Silencio. Satisfacción. Inicio de partida. El VIEJO despide a los viajeros mascullando ininteligibles versos entre sus morados labros. Un chapoteo constante se destierra. Y el resplandor de la tea desaparece. Oscuro. Silencio. Fin).

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