NACIMIENTO DEL NIÑO DIOS

elenigmadeldeseoApariciones y desapariciones:

 

Siete sombras que hablan

Un espectador antropomorfo

Cuatro cuadrados stalinianos

Aeroplano atravesador

Voz de psiquiatra reciennacido

Máquina segadora y tractor ciego

Un cochecito de juguete

Un estridente rosa octogonal

 

Escena

 

Un juego de siete sombras:

 

todas se revuelcan en el centro de la escena

representan la noche y la tiniebla

 

las sombras llevan un sonido nuevo

no son voces susurradas

ni lloradas ni salpicadas de escuelas

sino

voz arrancada a la montaña

una voz que tiene

las uñas llenas de tierra

de savia de los árboles del suelo

 

y todas a la vez:

-Akra tañ y sorpresa de la noche viva viva viva viva viva viva la sombra látigo-camello

-Yama rixa yama rixa yama yaaaaaa Ondulante ondulante y sube la montaña sube sube

-Ma krinc tarrán patán tarrán chan chan ¡¡Y llena la sombra llena un látigo de arena un tren que muerde los troncos del camino!! -Fffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffff

-Hundelacasa hundelacalle hundelarisa hundelanoche hundelallama

-Primer dolor segundo dolor tercer dolor cuarto dolor quinto dolor sexto dolor séptimo dolor de tu puta madre

-Qué tengo en la planta del pie qué tengo en la planta del qué qué qué qué qué que me muerde la oscuridad

 

No se siente nada por ninguna esquina

un espectador se derramará sobre la moqueta de la sala

el espectador simboliza el pipí de un bebé

 

Poco a poco se va iluminando la escena

con la velocidad de un amanecer

las sombras desparecen detrás de un último

querraña u u u uuuuu… tortólame tortólate tortólanos tortólame tortólate tortólanos tortólame tortólate tortólanos

 

Hay un fusilamiento en escena

en primerísimo término:

cuatro formas cuadradas

coloreadas que parezcan caramelos

han entrado en marcial disposición mascando un

Ay ay ay ay ay ay ay ay ay ay ay ay ay ay ay ay ay

 

se sientan sobre culos imposibles

cuadrados

y dejan que llueva una riada de disparos

 

qué cosa tan amarillenta el aeroplano

que atraviesa el despacho del director del teatro

y anuncia con la boca llena de rizos de niño

(va diciendo elpájaroblancoechóavolar elpájaroblancoechóavolar elpájaroblancoechóavolar)

que ha nacido el niño dios en la escena

 

Los cuadrados fusilados desaparecen pisando una marcha

 

Voz de psiquiatra:

¿Hay alguna madre en la sala?

¿Hay alguna madre en el aeroplano?

¿Hay alguna serpiente lamiéndome el brazo?

¿Hay alguna madre en la tumbona?

¿Hay alguna madre en la sala?

¿Hay alguna madre para mi hermano?

¿Hay alguna madre vestida de aeroplano?

¿Hay alguna madre con pezuñas de burro?

¿Hay alguna madre carajo carajo carajo?

¿Hay alguna madre que me estoy meando?

¿Hay alguna madre para sentarse encima?

¿Hay alguna madre que quiera besarme?

¿Hay alguna madre en la sala?

¿Hay alguna madre que me huela las manos?

¿Hay alguna madre que sepa de algo?

¿Hay alguna madre madre de funcionario?

¿Hay alguna madre con cara de nabo?

¿Hay alguna madre por dios por dios por dios una madre una madre una madre que me deshago?

¿Mamá? ¿Mamá?

 

Se deshace.

 

Aparece en escena una hermosa máquina segadora

pintada de rojo

un tractor sin piloto la arrastra

la segadora levanta las sencillas cejas de corcho

 

La segadora:

¿Hijo míooooo? ¿Qué te pasaaaaa? ¿Qué horas tantaratán tan tan que son para tantaratán tan tan al mundo?Ya me has pum pum pum pum!!! tan prontito grrrr!!! estás hecho una putita. ¿Qué cara carajo qué cara te pondré mañana?

Casita

Mañanita

Chochito de la niñíta

Pililita del mariquititita

Lucecita

Caquita

Banderita

Pausa en que una sombra le sirve un té

Rinocerontito

Pancito

Pancititito

Marquesito

Duquesito

Mojoncito

Chiquitito

Diosecito

Cojoncito

 

No obstante me parece que no

que sí

que me caja de manos

y pincel de radio

que ojalá pero que ya no pasa

qué fue de aquello

de lo otro

del vientre y del coño de la bernarda

qué se hizo

oh sabia yupi! yupi! yupi!

y que

total

al final no es nada

pero vaya sombra de sable

y vaya riego de página

y qué lluvia cartoncito más ¡mi puerta! y más desodorante coño coño coño que lo peor es fui será mejor

y un roble gordo

muy gordo

para ver qué pasa

 

La segadora llora alegremente

y se retira

 

Aparecen

otra vez

los cuadrados de colores y

otra vez

los fusilan desde arriba y

otra vez

desaparecen marciales para siempre

 

y luego no hay nada

solo un cochecito que recorre caprichosamente la escena

 

En la calle se ha estrellado el aeroplano

a un señor le duele el carajo

y un viejo se ha partido el brazo

y precisamente por todo esto

un estridente rosa octogonal

canta en mitad de la escena

la siguiente canción:

 

auricular viniendo sola rosa

pedazo de semilla entre las muelas

hojitas blancas blancas blancas

naturaleza canta la canción

que quisiera comerte una mañana

como tú te has tragado el sol

 

Repite tres veces

y desaparece

 

Se apagan todas las luces

dentro y fuera de la sala.

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MADRE CON NIÑO

Nunca he visto una dama tan fiel
que, si no se llega a un pacto con ella,
no recurra a las malas artes, si se la aparta de las buenas.

Guillermo de Aquitania
.

Personajes

MADRE
Va vestida de riguroso luto. Es una mujer de cuarenta años que deberá ser interpretada por una actriz que los aparente.
NIÑO
Es rubio y tiene once, doce o trece años. Lo hará un actor veinteañero que tenga el aire aniñado.
DEPENDIENTA
Pelirroja.
SOLDADOS MARICAS
Con bonitos uniformes de gala.
ROMEROS
Confusión de camisas, sombreros de paja, boinas, mosto y muchísima cocaína.

La escena representa un amplio descampado.
Hay una tienda al aire libre de todo tipo de objetos, con DEPENDIENTA pelirroja.
Al fondo, una iglesia. A sus puertas esperan los ROMEROS y el grupo de SOLDADOS MARICAS, en notable revuelo de pantalones, volantes y chamarras.

La acción es en España, últimos golpes de la primavera, recién empezado el siglo XXI.

El NIÑO y su MADRE recorren la tienda. Están ojeando material de oficina:

MADRE. Y esa fue la última vez que tu padre y yo dejamos que te revolcaras en las hojas secas. Saliste lleno de mierda. Papá lo grabó todo con su cámara de vídeo: así que puedo demostrártelo. Dos meses después se fue.

NIÑO. ¿Adónde se fue?

MADRE. No lo sé. Te tengo dicho que no me preguntes eso. No lo sabremos nunca. Tú tenías ocho añitos, ahora tienes doce o trece; pero parece que fue ayer.

NIÑO. Esta es la calle de mi colegio.

MADRE. Sí. Está un poquito más adelante.

NIÑO. Me duele la barriga.

MADRE. Espérate a casa. Ya vamos.

NIÑO. De mi clase al cuarto de baño hay un pasillo larguísimo. Me da mucha vergüenza pedírselo a la profesora, pero hay días que ya no me aguanto y tengo que salir corriendo. La puerta está medio rota y me cuesta mucho trabajo abrirla. Los otros se ríen de mí. Soy incapaz de hacerme el pasillo corriendo; tengo que ir muy despacito. Ese pasillo me da mucho miedo. Tiene unas ventanas muy grandes. Casi todas las veces, cuando llego, ya me he cagado encima. No es que se me escape, no os creáis: la mayoría de las veces, exceptuando un par de ellas que me encontraba muy mal, es por placer.

.

UN ROMERO. ¡Viva la Virgen de la Oliva!

ROMEROS y SOLDADOS MARICAS. ¡Viva!

OTRO ROMERO. ¡Viva la Madre de Dios!

ROMEROS y SOLDADOS MARICAS. ¡Viva!

OTRO ROMERO. ¡Viva la aceitunera divina!

ROMEROS Y SOLDADOS MARICAS. ¡Viva!

.

DEPENDIENTA. (Que se acerca a la MADRE y al NIÑO.) Hola. ¿Puedo ayudarles?

MADRE. No, gracias, solo estamos mirando.

DEPENDIENTA. Hola, chiquitín. ¿Cuántos años tienes?

NIÑO. Doce o trece.

DEPENDIENTA. Voy a estar en la caja, si quieres venir a jugar conmigo…, mientras mamá hace alguna compra.

NIÑO. No. Me quiero quedar con mi madre. ¿Sabe usted que se pasa todo el día viendo la tele sin hablarme?

MADRE. Niño, cállate, que pareces tonto.

DEPENDIENTA. Bueno, estaré allí para lo que usted quiera.

MADRE. Muy bien, gracias.

NIÑO. Gracias, señorita. Voy a coger de la mano a mi madre.

La MADRE retuerce el brazo del NIÑO, que no grita ni se queja.

DEPENDIENTA. ¡Guapo! (Le hace un cariño en el cabello rubio.)

La DEPENDIENTA se refugia en la caja y no deja de lanzar miradas al NIÑO.

.

UN SOLDADO MARICA. ¡Qué brazo más fuerte!

UN ROMERO. ¡Quita!

EL SOLDADO MARICA. ¿No tiene usted alguna cosilla para amenizar la espera?

EL ROMERO. No tengo nada.

EL SOLDADO MARICA. ¡Qué pena! Te pagaría bien.

EL ROMERO. ¡Felicidades por la victoria!

EL SOLDADO MARICA. ¡Oh qué grandioso día! ¡Gloria del César contemporáneo! Hemos hecho retroceder al enemigo. Si supieras cuánto nos ha costado devolverlos a su orilla del río… ¡cabrones! Nunca deberían haberse movido de ahí. No fueron ellos los que empezaron la guerra, en verdad…, pero llevaban tantos años diciendo tonterías y molestando al país…, que tuvimos que ponernos serios. Y ya ha terminado la guerra. En su orillita están lamiéndose las heridas. Ya sabes que ha sido todo muy épico. Al amanecer de un día de diciembre, me puse las botas y me cosí (Mostrándolos orgulloso.) los volantes de la guerrera…

EL ROMERO. Sois los salvadores de la patria.

EL SOLDADO MARICA. ¡Somos héroes! ¡Viva la Virgen de la Oliva!

EL ROMERO. ¡Que viva, coño! Pregúntale al del tambor. Le dices que te mando yo.

El ROMERO enciende un cohete que describe silbando una sinuosa línea por toda la escena, hasta que aterriza y explota muy cerca de la tienda. Vuelve a intentarlo con otros dos cohetes, y mismo resultado.

EL ROMERO. ¡Viva la Madre de Dios!

ROMEROS, SOLDADOS MARICAS, MADRE, NIÑO y DEPENDIENTA. ¡Viva!

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La MADRE y el NIÑO van por la sección de frutas:

NIÑO. ¿Cuándo sale el simpecado?

MADRE. En un ratito. ¿Quieres un plátano?

NIÑO. No.

MADRE. Luego te cagarás.

NIÑO. Me he comido una manzana.

MADRE. Eso no sirve. Cómete un plátano. Estás siempre cagándote encima. Tu padre siempre se comía una latita de atún y un plátano antes de irse a dormir, a las once de la noche. Seguro que lo sigue haciendo, esté donde esté. Tu padre no se cagaba encima. A ver si aprendes.

NIÑO. Déjame en paz. Dame la mano. Me está mirando la señorita. Ahora no me apetece un plátano.

MADRE. (Que le aprieta violentamente la mano a su hijo.) Llevas todo el día quejándote y diciéndome que no a todo. No le hagas caso a la dependienta. Quédate aquí conmigo. Qué ojinos más pequeños tienes. Mírame a mí. ¡Si yo solo quiero que tú te comas un platanito! ¿Ves a los soldados? Están fuertes y son fieros.

.

OTRO ROMERO. No vamos a hacer el camino tranquilos. La vera está sembrada de muertos.

OTRO SOLDADO MARICA. Los muertos ya están podridos. Les echamos tierra encima, y no hay problema. Lo mismo, un olorcillo…

EL ROMERO. Un olorcillo muy molesto, ¿no?

EL SOLDADO MARICA. Yo tengo sinusitis y no lo voy a notar.

EL ROMERO. A mí no me parece bien que los muertos estén ahí.

EL SOLDADO MARICA. ¡No sea usted aguafiestas, por Dios, que va a salir el simpecado!

EL ROMERO. Me va a dar asco el olor del camino. Cuando hacíamos el camino incluso durante la guerra, olía a lo que tiene que a oler. Ahora hay una distancia horrible entre mis ojos y los ojos de los muertos. No es normal. Los muertos van a estar muy cerca…, pero tan muertos… Me va a dar asco el olor del camino.

EL SOLDADO MARICA. ¡Que no! ¡Ya verá! Tiene narices que me diga esto. Me he pasado tres años pegando tiros como un tonto por vosotros. Soy épico hasta la muerte. Nací épico en un barrio épico. Los muertos los hemos matado nosotros y bien muertos que están. Me alegro que ya no puedan moverse de ahí, porque no vea usted la guerrita que nos han dado. Ya se los comerán los linces, no se preocupe.

.

La MADRE y su hijo recorren la sección de electrónica:

NIÑO. ¿Puedo ir con la dependienta?

MADRE. No. Quédate conmigo.

NIÑO. ¿Cuándo se te rompió el tarrito de perfume?

MADRE. No me acuerdo.

NIÑO. Qué bien olías cuando íbamos a casa de los abuelos. Qué pena que se te rompiera. Cuando pasaba por tu cuarto de baño, y te estabas duchando… antes de salir a casa de los abuelos…, en Navidad, me quedaba en la puerta y escuchaba el sonido del agua contra tu cuerpo y el plato de la ducha. Era un tiroteo muy fino. Apretabas el bote de gel, con ese ruidillo tan gracioso que hace. Escuchaba cómo estrujabas la esponja contra tu vientre. Cerrabas el agua y yo sentía cómo posabas los pies sobre la alfombra. Poco a poco, te ibas secando. Yo podía oler la última gotita que te recorría la espalda. Antes de que salieras, desnuda y seca, por la puerta hacia tu cuarto, yo me iba corriendo y me escondía entre las piernas de papá.

MADRE. (Que le suelta una bofetada.) ¿Por qué no te vas con los soldados?

NIÑO. (Está reprimiendo el llanto.) Me quiero quedar contigo.

MADRE. Anda, ven.

La MADRE abraza a su hijo.

NIÑO. Cómprame dos Iphones y te dejo que me des plátanos para que no me cague encima.

MADRE. Échalos en la bolsa. Voy a por los plátanos. No te muevas de aquí, cabroncete.

La MADRE va a buscar los plátanos. Vuelve con cinco o seis.
Obliga al NIÑO a que se coma el primero. Mientras tanto,

.

un ROMERO enciende un cohete que describe silbando una sinuosa línea por toda la escena, hasta que aterriza y explota muy cerca de la tienda. Vuelve a intentarlo con otros dos cohetes, y mismo resultado.

EL ROMERO de los cohetes. Me cago en la leche que mamó Beethoven.

UN SOLDADO MARICA. Romerito, romerito, qué manos tan blancas tienes.

EL ROMERO. ¿Qué quieres, maricón? ¿No ves que estoy ocupado con los cohetes?

OTRO SOLDADO MARICA. ¡Chiquilla, qué lengua! ¡Anda y que te den! ¡Viva la Virgen de la Oliva!

ROMEROS, SOLDADOS MARICAS, MADRE, NIÑO (Con la boca llena de plátano.) y DEPENDIENTA. ¡Viva!

OTRO SOLDADO MARICA. ¡Qué calor! Ya se me ha olvidado la guerra. Ya tengo otra vez ganas de sangre. ¡Qué me traigan a los camaradas heridos, que me los voy a comer a todos! Por fin vamos a tener vacaciones de verano. Tres años sin pisar la playa, excluyendo desembarcos. Hace unos meses hicimos un búnker en Matalascañas. Nos lo bombardearon los cabrones, pero ahí sigue, firme, en pie, enhiesto como el ciprés de Silos. ¡Y yo tengo la llave! (La muestra alegremente; los demás saltan de felicidad.) ¡En agosto estáis todos invitados! Ya veréis cómo nos vamos a poner. ¡Viva España!

Jaleo.

EL ROMERO de los cohetes. Aquí llevamos ya toda la mañana. (Se aparta del grupo.) Qué calorcito. Qué gusto. No sé qué coño pasa con los cohetes. Pero no creáis que no me gusta el efecto que hacen nuevo. Yo no tengo ni idea de pirotecnia, y menos en estas condiciones. Yo soy enfermero. Mi función en el camino es tirar cohetes y freír croquetas. Es importante que no se sobrehumedezcan ni los unos ni las otras; esta es una época de lluvias. El tamborilero es el camello. Aprendió su arte en la recóndita barriada, y lo comparte con nosotros. Todos estamos bajo el manto de la Madre y Luz que nos guía, dulcísima Abogada. Se me ponen los pelos de punta y me tiemblan las piernas nada más que de pensar en cuanto lleguemos a la aldea y nos metamos todos en la Casa-Hermandad. Esta sensación de fuego en la garganta y de mucha devoción me invade todos los años. Las vitrinas de madera y cristal, donde metemos las botellas de ginebra y las latas de Schweppes, me huelen igual que los pupitres y las sillas del colegio. Cuando nos hemos instalado ya, empiezan los ritos, las celebraciones… Nos han acusado muchas veces de hipócritas y golfos…, pero yo veo encenderse la sombra y subirse a los pinos los ojos del deseo, y eso está muy lejos de cualquier diversión frívola. Me da igual las cosas que digan de nosotros. ¡Como si el vientre fuera fácil! ¡Como si la mierda, con todas sus virtudes y facetas, no existiese! ¡Mirad a ese niño, por ejemplo…!

Enciende un cohete que describe silbando una sinuosa línea por toda la escena, hasta que aterriza y explota muy cerca de la tienda. Vuelve a intentarlo con otros dos cohetes, y mismo resultado.

LA VISITACIÓN ASOMBROSA

LA VISITACIÓN ASOMBROSA

parador-ronda

PERSONAJES
(Por orden de aparición)

DUQUESA VIUDA
su hijo el DUQUE HEREDERO
DOCTOR
MARQUESA
OBISPO
ÁNGEL
y su CUADRILLA
FANTASMA DEL DUQUE

La acción se desarrollará en el balcón de un viejo puente muy alto.
Principio de la primavera.

Aparece la DUQUESA VIUDA, con un pesado vestido de luto, mantilla y abanico.
Va seguida de su hijo, el DUQUE HEREDERO, que lleva un coqueto traje negro y corbata muy a la moda.

DUQUESA VIUDA. (Tarareando.) “Por ti, yo sería capaz de matar,
                     por ti, contaría la arena del mar.
                     Y que si te miento, me castigue Dios…”

DUQUE HEREDERO. Madre, guarde un respeto, que no digan… Todos los años igual.

DUQUESA VIUDA. Hijo mío, no me reprimas. Era la canción favorita de tu padre.

(Se dispone a seguir tarareando cuando aparece el DOCTOR, vestido de verde.)

¡Señor Doctor! Llega usted tarde.

DOCTOR. Ustedes se me han adelantado… Hace mucho calor, señora Duquesa. Discúlpeme. Señora. (Se inclina y besa respetuosamente la mano de la DUQUESA VIUDA.) ¡Otro añito!

DUQUE HEREDERO. ¿Dónde están los demás? (Aprieta la mano al DOCTOR.)

DUQUESA VIUDA. (Tarareando de nuevo.) “Están clavadas dos cruces
                             en el monte del olvido,
                                     por dos amores que han muerto…”

DOCTOR. ¿Qué canta usted?

DUQUE HEREDERO. Hace mucho calor, es cierto. (Se quita la chaqueta y deja completamente a la vista una camisa rosa.)

DUQUESA VIUDA. Hijo mío, por Dios, cúbrete.

DOCTOR. Está usted excesivamente elegante.

DUQUESA VIUDA. Como su padre. ¡Tres años ya! A ver si este año…

(El joven vuelve a taparse.)

Nosotros respetamos rigurosamente el luto.

DOCTOR. Al señor duque, que Dios lo tenga en la gloria bendita, le hubiera gustado…

DUQUESA VIUDA. Le hubiera gustado sobrevivir a la caída.

DOCTOR. Señora duquesa, el señor duque, que Dios lo tenga en su gloria bendita, amaba el color.

DUQUE HEREDERO. ¡Por ahí viene la marquesa!

(Hace su aparición la MARQUESA. Lleva un exuberante vestido primaveral, de muchos colores, con un voluptuoso polisón.)

MARQUESA. (Reprimiendo un llanto patético.) ¡Víctor, Víctor! ¡Oh qué desdicha! ¿Por qué quisiste pasear esa tarde por el puente? ¿Qué te llevó, copón bendito, qué te llevó (Mirando de reojo a la DUQUESA.) a atentar contra las leyes de Dios?

DUQUESA VIUDA. Se cayó. Buenos días. ¿Cómo está su padre?

MARQUESA. (Completamente repuesta.) Sí. Hola. (Hace una lustrosa reverencia a los presentes.) Claro. Mi padre lleva cuatro años sin poder hablar ni masticar, ya lo sabe usted, duquesa.

DUQUESA VIUDA. ¡Oh, es cierto! Cuánto lo lamento. Una vida desaforada, sin duda, le ha llevado…

DOCTOR. Señora marquesa, está usted excesivamente elegante. (Besa la mano de la MARQUESA.) El señor duque, que Dios lo tenga en su gloria bendita, me dijo un día antes de tirarse por este puente que sus polisones de usted eran un verdadero delirio. Hace ya tres años…

MARQUESA. (De nuevo al borde del llanto.) ¡Víctor, Víctor! ¡¿Por qué?!

DUQUESA VIUDA. No se tiró.

DOCTOR. Yo solo me remito al análisis concreto de los hechos que precedieron a la desgraciada muerte del duque…, que Dios lo tenga en su gloria bendita.

DUQUE HEREDERO. Hola, marquesa. Hermoso polisón. ¿Ha traído usted el libro de salmos?

MARQUESA. ¡Claro que sí! Precisamente este que traigo me lo firmó tu padre… (Se tambalea.) ¡Oh Víctor! ¿Es que no pudiste aguantar unos años más?

DUQUESA VIUDA. Hijo, ¿quién falta?

DUQUE HEREDERO. Algunos miembros más del Club Aristocrático, el obispo, un torero, cuatro banderilleros…

DOCTOR. ¡Cómo le gustaba al duque juguetear con la muerte! (Bajito, a la DUQUESA VIUDA.) Está usted tan guapa, señora duquesa.

DUQUE HEREDERO. Cuando llegue todo el mundo, empezaremos la invocación. Un año más, nos reunimos en este lugar casi religioso, en que perdió la vida mi padre… (Con precaución, se asoma un poco y se retira.)

DUQUESA VIUDA. Esto es una verdadera estupidez, hijo mío.

MARQUESA. Esta vieja teme que el duque vuelva efectivamente de la muerte y, en espectro, le propine la bofetada que se tiene tan merecida.

DUQUESA VIUDA. ¿Qué dice usted, súcubo?

MARQUESA. ¿Qué me ha dicho esta?

DUQUE HEREDERO. Bueno, a ver, los salmos, dámelos.

MARQUESA. Toma, niño. (Saca el librito de salmos de su bolso y se lo entrega al DUQUE HEREDERO, que lo ojea con deleite. La madre, nerviosa, intenta quitárselo al hijo, que no se deja.)

DOCTOR. (Asomándose al balcón del puente.) ¡Coño!

DUQUESA VIUDA. ¿Qué ha dicho usted?

DOCTOR. Señora duquesa, disculpe mi lengua. Fui educado entre prostitutas, en el barrio del puerto; allí aprendí mi oficio de la medicina. No crea usted, mi trabajo me costó. Pero ya sabe la duquesa lo bien que lo ejerzo… Tanto, que su marido el duque, que Dios lo tenga en su gloria bendita, me nombró su médico personal, y ese puesto ocupé por más de cinco años hasta que… nuestro… querido duque… un día de feria… ¡qué horror!… pasó por aquí y…

DUQUESA VIUDA. Se cayó. Fue horrible, sí. Se cayó. (Tarareando otra vez.)
Y los niños cantan a la rueda, rueda,
esta triste copla que el viento le lleva…
¡A la lima y al limón, tú no tienes quien te quiera!
¡A la lima y al limón, te vas a quedar soltera!

DUQUE HEREDERO. (A la MARQUESA.) Un autobús nos llevará más tarde a una sala de convenciones en la autovía para que tomemos algo, ¿le parece bien?

MARQUESA. ¡Claro!

DUQUE HEREDERO. Aunque si prefiere, usted y yo podemos ir en mi landó brillante. Mi madre… irá en el autobús con los demás…

DUQUESA VIUDA. (Más alto.) “¡A la lima y al limón, tú no tienes quien te quiera!
                                                      ¡A la lima y al limón, te vas a quedar soltera!
                                                      ¡Qué penita y qué dolor! ¡Qué penita y qué dolor!”
                                                      (Con mucho rintintín.)
                                                       “La vecinita de enfrente soltera se quedó.
                                                       ¡Solterita se quedó!”

¡Pero mira quién viene por ahí! ¡Señor Obispo! ¡A sus pies! ¡Deme su mano que la bese!

(Entra, vestido con ropas muy pobres, el OBISPO. La DUQUESA VIUDA se precipita a besar, de hinojos, la mano del OBISPO.)

OBISPO. ¡Oh, no, no hace falta que usted…! Bueno, ¡venga!

DUQUESA VIUDA. ¿Y el anillo?

OBISPO. En estos tiempos que corren me da un poco de vergüenza…

DUQUESA VIUDA. Da igual. (Besa la mano.)

DOCTOR. (Dando la mano al obispo.) ¡Qué humildes ropajes, señor obispo…!

OBISPO. (Rehusando saludar al DOCTOR.) ¡Mi dinero me ha costado! ¿Qué se cree usted? Hola, marquesa (Se deja besar la mano.) Hola, mi joven amigo. (Lo mismo.) ¿Empezamos?

DUQUE HEREDERO. Siento refrenar su impulso, señor obispo… Pero falta gente.

DOCTOR. El duque, que Dios lo tenga en su gloria bendita, siempre llegaba tarde. Esperemos a toda la buena gente que queda por venir, y hagamos de ello una especie de homenaje a nuestro difunto amigo. Para amenizar la espera, el señor obispo podría entretenernos haciendo algún milagrillo.

OBISPO. ¡Oh, no, no! No creo que pueda. No sé si es el mejor momento…

DUQUE HEREDERO. ¡Sí, un milagro!

MARQUESA. ¡Vamos, señor obispo, claro que puede!

DUQUESA VIUDA. ¡Hasta yo se lo pido!

OBISPO. A ver, no sé… Es que un milagro no es algo que se haga así… Tiene que ser cuando me salga. Ahora me da un poco de cosilla.

DUQUE HEREDERO. (Solo a la MARQUESA, con discreción.) ¿Se montará luego en mi landó?

MARQUESA. ¡No se haga usted de rogar! (Al DUQUE HEREDERO.) Claro que sí. Tiene usted una juventud que me subleva.

DUQUESA VIUDA. ¡Venga! Si sabemos todos que le encanta hacer milagros en público. Alegre usted a una pobre viuda.

DUQUE HEREDERO. (Insinuante. A la MARQUESA.) Diecisiete añitos…

OBISPO. Bueno…, ¡pero porque usted me lo pide! ¿Qué quiere que haga? ¡Ya lo tengo! ¡A ver!

MARQUESA. ¡Bien! (Al DUQUE HEREDERO.) ¿Llevará usted los caballos?

DUQUE HEREDERO. (A la MARQUESA.) ¡Lo que usted quiera…!

DOCTOR. ¡Atento todo el mundo! Vamos a asistir a un milagro. ¡Qué nervios!

MARQUESA. ¡Oh, sí! Qué fuego tan inspirador trae el mediodía… para hacer milagros.

OBISPO. Venga. ¡Voy!

(El OBISPO, excitado por la atención del público, hace su milagro: saca un cigarrillo y finge metérselo por la nariz, cuando, en realidad, lo esconde entre los dedos.)

¡Tachán!

(Todos aplauden y vitorean.)

DUQUESA VIUDA. ¡Milagro! Monseñor, si no fuera por su santidad, yo ya habría perdido la fe. ¡Qué difícil es sobrevivir a tanta desgracia! ¡Qué valle lacrimarum tan infinito! Sin la asistencia de la Iglesia… ¡oh… (Afectadísima.), no soy capaz de imaginar qué hubiera sido de mí!

DUQUE HEREDERO. Tranquila, mamá, tranquila.

OBISPO. Gracias, amigos. Es mi pequeño homenaje personal al duque. Gracias, gracias de todo corazón.

DOCTOR. (A la DUQUESA VIUDA.) ¡Está usted tan guapa!

DUQUESA VIUDA. (Al DOCTOR.) Que me deje ya en paz, idiota. (A todos.) ¿Empezamos ya la sesión de espiritismo?

DUQUE HEREDERO. ¡Mamá, falta gente todavía!

DUQUESA VIUDA. ¿Pero tienen que estar todos?

OBISPO. Claro que sí, señora duquesa. La liturgia es una pesadez.

DOCTOR. Yo tengo preparado un discurso. La sangre del duque, de un rojo igualito a las franjas de la bandera que desplegamos sobre su féretro, riega la tierra de España. ¡Tierra española! ¡Hectáreas, hectáreas y hectáreas que habéis conocido la fecundidad de aquel que os cultivó con mano generosa! Padre de la agricultura, nuestro amigo fue también benefactor de la Iglesia, como demuestra la presencia del Excelentísimo y Reverendísimo Señor Obispo…,

OBISPO. Ya estamos…

DOCTOR. …, y salvó de la miseria a los simpáticos jornaleros andaluces. ¡Amigo! ¡Que Dios te tenga en su gloria bendita! Cómo llora mi corazón, tanto… tanto… pero nunca podrá regar como tú regaste -con esa fuerza y esa gracia- la tierra…

DUQUESA VIUDA. ¡Ya está bien, Doctor! Hijo mío, prepara el landó, me voy.

MARQUESA. ¡No! Quédese, señora duquesa…, sin usted no se puede celebrar la sesión de espiritismo…

DUQUE HEREDERO. Es cierto, mamá.

OBISPO. Por mí pueden irse a la mierda. Todos los años lo mismo.

DUQUESA VIUDA. Me voy. Invocaré a mi marido delante del espejo.

(La MARQUESA no puede reprimir la risa.)

DUQUE HEREDERO. Mami…, no te enfades con estos señores. Son un poco vulgares…, pero tenemos que hacerle su homenaje a papi.

DUQUESA VIUDA. (Canturrea, para no oír a su hijo.) “Suspira bajo su velo
                      la Virgen de la Esperanza,
                              y arría en señal de duelo
                              banderas la Maestranza.
                              Y Sevilla enloquecida
                              repetía a voz en grito…”

¿Pero quién es ese muchacho? (Hace un grácil movimiento con el abanico y se cubre, sensualmente, los ojos con la mantilla.)

(Entra el torero ÁNGEL con su CUADRILLA. Todos con negros trajes de luces.)

ÁNGEL. A sus pies, señora duquesa.

CUADRILLA. Ole.

ÁNGEL. Es la primera vez que vengo a un homenaje a su difunto marido.

CUADRILLA. Ole.

ÁNGEL. Sepa que yo era amigo del duque.

CUADRILLA. ¡Viva la madre que parió al duque!

TODOS. ¡Viva!

ÁNGEL. Me llamo Ángel.

SEÑORA DUQUESA. ¡Ángel…! Llega usted a tiempo.

OBISPO. ¡Usted es un héroe! Ha triunfado en las Ventas, en la Maestranza, en Bilbao, en Barcelona, en Olivenza y, por supuesto, ¡aquí!

DOCTOR. Tampoco es para tanto.

ÁNGEL. Yo nací aquí.

CUADRILLA. ¡Y qué bien nacido!

OBISPO. Efectivamente, nació aquí hace veintitrés años. Lo sigo… ¡ay qué nervios…!, lo sigo a usted desde hace… (Desatado.) ¡Maestro! ¡Figura!

CUADRILLA. ¡Por derecho!

ÁNGEL. Gracias, gracias. (A la CUADRILLA.) ¿Quién es este señor tan simpático?

CUADRILLA. Oh maestro, no sabemos.

DUQUESA VIUDA. ¿No me besa usted la mano? (Nuevo jugueteo con el abanico.)

ÁNGEL. Claro, señora duquesa. (Lo hace.)

CUADRILLA. Ole ahí.

DUQUESA VIUDA. (Cogiendo del brazo a ÁNGEL. La MARQUESA, durante las presentaciones, hará todo lo posible por agarrarse al otro brazo, pero se encontrará con la oposición de la DUQUESA VIUDA .) Le presento. El señor Obispo.

ÁNGEL. ¡Monseñor!

OBISPO. ¡Sí, sí, yo!

ÁNGEL. Le beso la mano. (Lo hace.)

CUADRILLA. ¡Oh que buen vasallo si oviesse buen señor!

OBISPO. ¡Gracias!

DUQUESA VIUDA. Mi hijo el duque heredero.

DUQUE HEREDERO. ¡Qué nervios! ¡Hola!

ÁNGEL. Encantado.

(Se dan la mano.)

CUADRILLA. ¡El que en buen hora çinxo espada!

DUQUESA VIUDA. El doctor.

ÁNGEL. Señor doctor.

(Se saludan con la cabeza.)

CUADRILLA. ¡Malfario!

DOCTOR. Buenas.

DUQUESA VIUDA. Ah…, se me olvidaba. La Marquesa… eso, la Marquesa.

ÁNGEL. Señora Marquesa. Un placer conocerla.

(Le besa gentilmente la mano a la MARQUESA, cayendo con elegancia de rodillas.)

CUADRILLA. (Como en éxtasis.) ¡Ole tu vergüenza torera!

MARQUESA. (También como en éxtasis.) ¡Oh!

DUQUESA VIUDA. ¡Ángel, va a tener que cuidar de mí durante la sesión! ¡Estoy muy débil! ¡Angelillo! (Finge desvanecerse.)

ÁNGEL. ¡Señora duquesa…!

DUQUESA VIUDA. (Satisfecha.) No es nada. ¡Ya no espero a nadie más! Hacemos la sesión y nos vamos a casa. Menos mal que ha aparecido un hombre cabal. Usted me salvará de este calor horrible que baja de la montaña.

ÁNGEL. Yo…

DUQUESA VIUDA. “En los carteles han puesto nombre
                                     que no lo quiero mirar.
                                     Francisco Alegre y olé,
                                     Francisco Alegre y olá…”

DOCTOR. Empezaré la invocación. Silencio, por favor.

DUQUE HEREDERO. Toma los salmos.

OBISPO. Creo que yo sé más de esto.

DUQUE HEREDERO. Para usted.

DOCTOR. Usted ya ha hecho hoy su milagro.

OBISPO. Yo jamás me entrometería en su profesión, Doctor.

DOCTOR. ¡Yo sé espiritismo!

OBISPO. ¡Venga, hombre! ¿Qué va a saber usted?

DOCTOR. ¡Oiga! ¡No me hable así!

OBISPO. No se pique.

DOCTOR. Yo invocaré al duque, que Dios lo tenga… ¡Yo era su médico!

OBISPO. ¡Fíjese usted, si andaba todo el día resfriado! Súbase a un árbol y mire hacer a los prefesionales.

DOCTOR. Invoco yo.

OBISPO. Invoco yo. ¡Ego, Episcopus Santae Ecclesiae…!

ÁNGEL. ¿Ha bebido?

CUADRILLA. Ole.

DOCTOR. ¡Primun non nocere!

(El DOCTOR se abalanza sobre el OBISPO. Aprovechando el tumulto, el DUQUE HEREDERO corteja infructuosamente a la MARQUESA, que corteja tórridamente a ÁNGEL.)

DUQUESA VIUDA. ¡Ángel, haga usted algo!

ÁNGEL. ¡Quietos los dos! (Los separa con mucha elegancia.)

CUADRILLA. ¡Viva la leche que mamaste!

DUQUESA VIUDA. Invocará mi hijo, que para eso era su hijo.

DUQUE HEREDERO. ¿Yo?

MARQUESA. ¡Buah!

DUQUESA VIUDA. A ver. Separaditos todos. Un poco de respeto. (A ÁNGEL.) Usted tendrá, no obstante y sin ánimo de contravenir la liturgia, que ayudarme a mantenerme en pie…, puede atacarme una emoción atroz. (Al DOCTOR y al OBISPO, que parece que van a hablar.) ¡Chist! Y ustedes no me repliquen. ¡Me tienen ya hasta el mismísimo!

(Respira azorada. Nadie se atreve a moverse. Se agarra de nuevo del brazo de ÁNGEL. Relajada.)

Dale, hijo. Te escuchamos.

DUQUE HEREDERO. Pues a ver, yo es que no sé bien… (Pasa las hojas del libro de salmos.)

DUQUESA VIUDA. ¡Joder! Este niño es tonto.

DUQUE HEREDERO. ¡Mamá!

DUQUESA VIUDA. ¡Venga! Lo hago yo y acabamos ya.

DUQUE HEREDERO. ¡Mamá! Qué sí que puedo… Toma el libro.

DUQUESA VIUDA. (Sin separarse de ÁNGEL.) Déjate de libro. ¡Oh duque! ¡Víctor, Víctor, Víctor! Esposo mío, esta dolorosa viuda te llama. Escucha mi voz estés donde estés y ven a saludar a tu familia y amigos, que no te olvidan. ¡Víctor, Víctor, Víctor!

(Silencio sepulcral.)

OBISPO. Tenía que haberlo hecho yo.

(Silencio sepulcral.)

DUQUESA VIUDA. Bueno, pues ya está. Otro año más que no pasa nada. Vamos, Ángel, lléveme a casa en su motocicleta.

DUQUE HEREDERO. Mamá, tenemos alquilado un salón a la salida de la ciudad…

DUQUESA VIUDA. ¡Este niño! Es cierto. Vamos al dichoso salón. No tengo hambre. ¡Tengo un calor horrible! ¡Siento un incendio dentro de mi corazón!

ÁNGEL. Señora duquesa…

CUADRILLA. Ole.

(En virtud de una formidable tramoya, del abismo que salva el puente aparece, tras una rugido que petrifica a todos, el FANTASMA DEL DUQUE.)

DUQUESA VIUDA. ¡Me cago en Dios!

OBISPO. ¡Alabado sea Allah!

FANTASMA DEL DUQUE. (Con voz tenebrosa.) ¿Quién me llama?

(La DUQUESA VIUDA corre a arrodillarse ante el FANTASMA flotante DEL DUQUE, y la MARQUESA se aferra sensualmente a ÁNGEL.)

DUQUESA VIUDA. ¡Víctor!

FANTASMA DEL DUQUE. ¡Tú! ¡Mujer! ¿Te crees que no te veo?

DUQUESA VIUDA. ¡Perdona mis ofensas!

(La MARQUESA, aprovechando el despiste general, soba a ÁNGEL.)

ÁNGEL. Señora marquesa…

MARQUESA. Calla…

FANTASMA DEL DUQUE. ¡Has osado despertarme!

DUQUESA VIUDA. ¡Llevamos años intentándolo! ¡Cuánto te echo de menos, cariño! ¿No quieres besar a tu mujer?

FANTASMA DEL DUQUE. ¡No!

MARQUESA. (A ÁNGEL.) No te resistas más, dentro de un rato…, te voy a dar lo tuyo…

ÁNGEL. (A la MARQUESA.) Señora marquesa, conténgase… Hay mucha gente delante…, está mi cuadrilla.

MARQUESA. (A ÁNGEL.) No te resistas, niño… No sabes lo que puedo llegar a ser…

FANTASMA DEL DUQUE. ¿Qué quieres?

DUQUESA VIUDA. Saber cómo estás.

FANTASMA DEL DUQUE. No tienes derecho a perturbar mi descanso.

DUQUESA VIUDA. (Afectadísima.) ¡Oh!

DUQUE HEREDERO. (Corriendo igualmente a postrarse ante el espectro) ¡Papá!

FANTASMA DEL DUQUE. ¡Hijo mío! ¿Por qué le haces caso a tu madre? ¿No podéis dejarme en paz?

DUQUE HEREDERO. ¡No pude despedirme de ti!

FANTASMA DEL DUQUE. Te quiero, hijo mío. Adiós.

DUQUE HEREDERO. ¡Espera! ¡No te vayas!

(La DUQUESA VIUDA llora.)

FANTASMA DEL DUQUE. ¿Qué pasa?

(ÁNGEL no puede resistir los encantos de la MARQUESA y se excita visiblemente.)

CUADRILLA. ¡Ole, ole y ole! ¡Y el que no diga ole…!

FANTASMA DEL DUQUE. (A la MARQUESA.) ¿Qué haces?

MARQUESA. (Se separa de ÁNGEL y se arrodilla ante el FANTASMA DEL DUQUE.) ¡Víctor! ¡Qué alegría volver a verte!

DOCTOR. (Corre a postrarse.) ¡Señor! ¿Ha alcanzado usted la gloria bendita de Dios?

OBISPO. (De pie y sin demostrar emoción.) ¡Nadie te esperaba!

FANTASMA DEL DUQUE. (A la MARQUESA.) ¿Por qué habéis montado este circo?

MARQUESA. ¡Mi querido Víctor! ¡No puedo vivir sin ti!

FANTASMA DEL DUQUE. ¡No falta nadie! (Con extrema amabilidad.) ¡Ha venido mi querido Ángel! Enhorabuena maestro, sigo viendo todas tus corridas. ¡Hay que ver que traje más bonito te has puesto!

ÁNGEL. Gracias, señor. Me lo hice exclusivamente para la ocasión.

FANTASMA DEL DUQUE. ¡Qué bien! Sé que te está yendo muy bien en la Feria.

ÁNGEL. Sí, señor.

FANTASMA DEL DUQUE. ¡Tú eras mi única alegría en mis últimas semanas!

ÁNGEL. Gracias, señor. Quisiera decirle… eh… Me gustaría que usted me protegiese.

FANTASMA DEL DUQUE. ¡Claro que sí! Tenderé mi manto sobre ti.

DUQUESA VIUDA. ¿Qué hay en la ultratumba?

FANTASMA DEL DUQUE. Maestro, no te preocupes que tú y yo vamos a llegar muy lejos. ¡Que tiemblen todos! ¡Ole!

CUADRILLA. ¡Ole!

DUQUESA VIUDA. ¿Tus pecados han sido perdonados? ¡Dinos algo, Víctor!

FANTASMA DEL DUQUE. Mujer, cuida de tu hijo y deja de juntarte con jovencitos. Ángel, tú vete tranquilo que me llevas muy cerca. Lanzaré sobre ti bendiciones a cualquier hora. Estoy muy orgulloso de ti.

ÁNGEL. ¡Señor duque! ¡Gracias! ¡Gracias! ¿Puede usted velar también por mi madre y mis hermanas? Me ven poco, yo aquí ya casi no vengo… y, claro, las pobres lo pasan muy mal. Están atendidas en lo material, pero no quisiera que les faltara la esperanza. ¿Sería posible?

FANTASMA DEL DUQUE. ¡Claro! Yo lo que quiero es que…

DUQUESA VIUDA. ¡Víctor!

FANTASMA DEL DUQUE. Yo lo que quiero es que tú y tu familia seáis felices. ¡Qué forma de pisar la arena!

CUADRILLA. Ole.

DUQUESA VIUDA. ¡Esta mujer dice que te suicidaste!

FANTASMA DEL DUQUE. (Canta.) “Ganadera con divisa
                                                                verde y oro, ten cuidado.
                                                                Que el amor no te sorprenda
                                                                como un toro desmandado.”

DOCTOR. En el informe que redactó la Guardia…

DUQUESA VIUDA. ¡Calla! Dice que te suicidaste.

CUADRILLA. ¡Ole ese duque!

CUADRILLA, ÁNGEL y EL FANTASMA DEL DUQUE. ¡Ole!

DUQUESA VIUDA. ¿Te suicidaste?

FANTASMA DEL DUQUE. ¡Sí! ¡Me suicidé! ¿No podéis dejarme en paz ni siquiera en la tumba? Ángel, me voy. ¡Adiós, figura!

ÁNGEL. ¡Adiós, protector!

CUADRILLA. ¡Con Dios!

OBISPO. Yo pensaba que esto iba a ser otra cosa.

DUQUESA VIUDA. ¡Pero.., Víctor…! ¿Crees que yo puedo quedarme así? Tú fuiste el amor de mi vida. ¡El primero y el último!

FANTASMA DEL DUQUE. ¡Dios Santo! Sois una pandilla de aburridos. ¿No tenéis a nadie a quien molestar, panda de mequetrefes, más que a mí? ¿No podéis dar paseos, ver la televisión, ir a los toros, meteros en política…, como todos los demás? ¿No hay tierras que cuidar? (A ellos.) ¿No hay burdeles? (A ellas.) ¿No hay visillos? ¿No podéis dejar en paz a un muerto? ¡Pedazo de cabrones! ¿Vosotros creéis que esto es de recibo? ¡Estoy hasta los cojones! ¡Tres años lleváis viniendo a dar por culo! ¡He tenido que salir de una puta vez para deciros basta! ¡Basta! ¡No quiero saber más de vosotros! ¡No recéis por mí! ¡Me tiré del puente porque no os aguanto a ninguno! ¡A ninguno! El único que hace algo con su vida es Ángel. ¡Figura! Todos los demás sois un puñado de ociosos cuya vida no tiene sentido. ¡Adiós! (Desparece.)

(Todos están estupefactos, menos ÁNGEL y su CUADRILLA.)

OBISPO. Me voy a casa. Aquí no hay nada más que hacer.

DUQUESA VIUDA. Víctor… Víctor…

   Telón

Artaud. La risa.

El teatro contemporáneo está en decadencia porque ha perdido el sentimiento, por un lado, de lo serio, y por otro, de la risa. Porque ha roto con la gravedad, con la eficacia inmediata y perniciosa –o, dicho de otro modo, con el Peligro.
Ha perdido, por otra parte, el verdadero sentido del humor, ese poder de disociación física y anárquica de la risa.
Porque ha roto con el espíritu de anarquía profunda que está en la base de toda poesía.
[…]
De esto, se comprende que la poesía es anárquica en la medida en que restablece las relaciones de causa entre los objetos, y de las formas con sus significados. Es anárquica también porque su aparición es la consecuencia de un desorden que nos aproxima al caos.
[…]
Teatralmente, estas inversiones de formas, estos desplazamientos de significados podrían convertirse en el elemento esencial de esta poesía humorística y en el espacio que es ante todo la puesta en escena.

Antonin Artaud, El teatro y su doble.

NON SERVIAM

Este manifiesto de Vicente Huidobro (Chile 1893-1948) es la inspiración de los tres últimos puntos de mi Decálogo. Os lo dejo a ver qué os parece:

huidobro

NON SERVIAM

Y he aquí que una buena mañana, después de una noche de preciosos sueños y delicadas pesadillas, el poeta se levanta y grita a la madre Natura: Non serviam.

Con toda la fuerza de sus pulmones, un eco traductor y optimista repite en las lejanías:«No te serviré».

La madre Natura iba ya a fulminar al joven poeta rebelde, cuando éste, quitándose el sombrero y haciendo un gracioso gesto, exclamó: «Eres una viejecita encantadora».

Ese non serviam quedó grabado en una mañana de la historia del mundo. No era un grito caprichoso, no era un acto de rebeldía superficial. Era el resultado de toda una evolución, la suma de múltiples experiencias.

El poeta, en plena conciencia de su pasado y de su futuro, lanzaba al mundo la declaración de su independencia frente a la Naturaleza.

Ya no quiere servirla más en calidad de esclavo.

El poeta dice a sus hermanos: «Hasta ahora no hemos hecho otra cosa que imitar al mundo en sus aspectos, no hemos creado nada. ¿Qué ha salido de nosotros que no estuviera antes parado ante nosotros, rodeando nuestros ojos, desafiando nuestros pies o nuestras manos?

»Hemos cantado a la Naturaleza (cosa que a ella bien poco le importa). Nunca hemos creado realidades propias, como ella lo hace o lo hizo en tiempos pasados, cuando era joven y llena de impulsos creadores.

»Hemos aceptado, sin mayor reflexión, el hecho de que no puede haber otras realidades que las que nos rodean, y no hemos pensado que nosotros también podemos crear realidades en un mundo nuestro, en un mundo que espera su fauna y su flora propias. Flora y fauna que sólo el poeta puede crear, por ese don especial que le dio la misma madre Naturaleza a él y únicamente a él».

Non serviam. No he de ser tu esclavo, madre Natura; seré tu amo. Te servirás de mí; está bien. No quiero y no puedo evitarlo; pero yo también me serviré de ti. Yo tendré mis árboles que no serán como los tuyos, tendré mis montañas, tendré mis ríos y mis mares, tendré mi cielo y mis estrellas.

Y ya no podrás decirme: «Ese árbol está mal, no me gusta ese cielo…. los míos son mejores».

Yo te responderé que mis cielos y mis árboles son los míos y no los tuyos y que no tienen por qué parecerse. Ya no podrás aplastar a nadie con tus pretensiones exageradas de vieja chocha y regalona. Ya nos escapamos de tu trampa.

Adiós, viejecita encantadora; adiós, madre y madrastra, no reniego ni te maldigo por los años de esclavitud a tu servicio. Ellos fueron la más preciosa enseñanza. Lo único que deseo es no olvidar nunca tus lecciones, pero ya tengo edad para andar solo por estos mundos. Por los tuyos y por los míos.

Una  nueva era comienza. Al abrir sus puertas de jaspe, hinco una rodilla en tierra y te saludo muy respetuosamente.

Vicente Huidobro, 1914.

Decálogo

equilibrio dali

1. Nuestra ocupación es la Belleza. Juntamos palabras porque confiamos que pueden llegar a convertirse en una especie de conjuro. Por eso, necesitamos que alguien -acaso nosotros mismos, solos, de noche- las pronuncie con la confianza de mejorar la vida, de alejarnos de los actos cotidianos que nos condenan al aburrimiento. Apreciemos el cuerpo, el ritmo, el sudor y la repetición. ¡Que se nos abrasen las yemas de los dedos! Así podremos encontrar el tímpano -secreto y misterioso- que vibra en las regiones sórdidas.
2. El escritor conoce el peso y el color de las palabras. Sabe que la eficacia de la ceremonia depende del orden, el rigor y la singularidad de cada una de sus partes.
3. El escritor conoce, investiga y desprecia los mecanismos del poder y los ardides de los poderosos. Sabe que la Belleza es inútil e improductiva. No debe olvidar que su público será siempre la inmensa minoría. Un hombre extraño, delicado y firme, siempre querrá acercarse a nosotros. La Revolución es extremadamente seria, así que es mejor soltarle la correa y dejarle que olisquee las braguetas históricas de los otros.
4. El dramaturgo aprendiz debe trabajar incansablemente. Su oficio, mientras crece, es el silencio; si no, no será capaz de percibir la gracia sutil de las formas y se embrutecerá. Tendrá que contrastar su piel con otras y saber que no hay más filtro que el tacto, la risa y la ironía. En su madurez, si ha sabido procurarse los narcóticos oportunos, ofrecerá algo bueno. El dramaturgo viejo -esto no es una cuestión necesariamente de edad-, en vez de construir cátedras en las colinas, sabrá retirarse.
5. El escritor debe esperar ansiosamente una aparición, aunque sea en sueños. Toda la sangre de su infancia le volverá a las venas cuando se le presente, en cualquier forma y bajo cualquier abvocación, la Diosa Madre. Una cacerola, una columna, un erial y un cuerpo masculino son lugares de gran actividad mariana.
6. El escritor no debe renunciar nunca a la soledad.
7. Es importante educar el gusto. El escritor mediocre es incapaz de concebir su oficio integrado en el resto de la artes; como consecuencia, nos asedia una nube de normas flácidas y criterios enfermos. El buen dramaturgo -este es el artista- adiestra su sensibilidad, reconoce lo mágico en los otros. Sabe cuidar las excentricidades de su aristocracia (No se ganan, se heredan elegancia y blasón…).
8. Besemos los pies de Prometeo, que trajo el fuego a los hombres y ahora se ve condenado a que su Madre le muerda el hígado todas las mañanas.
9. Hay que olvidar las arqueologías. No tiene sentido buscar a los griegos, a los españoles del siglo XVII o a los elegidos de la Transición, porque no tienen nada que decir a las minorías de hoy. Debemos hacer un teatro nuestro, que arañe las arterias de nuestro tiempo y que solo pueda existir entre nosotros. Fantasía, imitación, ficción… son palabras que inventaron los fariseos para castrar al gamberro de las plazas.
10. La realidad es el mecanismo del stablishment para reprimir la sensibilidad y la subversión. Esto lo dicen los ojos de los zorros y las palmas de los niños. Nuestra voluntad es destruirla.

Pluma, lápiz y veneno

Oscar Wilde, Pluma, lápiz y veneno y Rem Koolhaas

Manhattan_1931

Subversión

Pero por aquel tiempo sólo los filisteos juzgaban a un escritor por su producción. Aquel joven dandi prefería ser alguien a hacer algo. A menudo decía que vivir es un arte y que tiene sus diferentes estilos, como las artes que intentan expresar la vida.

Oscar Wilde
Pluma, lápiz y veneno.

Se podría pensar que la contemplación es un oficio inútil, aunque de este modo ignorásemos que el arte es la mejor forma de conocimiento; así, punir al ocioso se justifica y alimenta. La cadena que arrastra el moralista o el político y que violentamente impone a los demás, se satisface especialmente en el admirador de la belleza.
El enamorado del gusto es aquel que está muy lejos de las consideraciones morales: el sentido artístico -no la emoción, que es débil y maleducada- nos induce al pecado. Las delicias del crimen atraen al hombre exquisito, y la moral y la política –la norma-, se constituyen en herramienta policial de lo vulgar.
Hoy, afirmaciones como estas no son del todo revolucionarias. La norma parece haberlas aceptado, en un ejercicio de tolerancia, y asumido a su código de quistes socialdemócratas, o sea, todas aquellas cosas hermosas que podrían hacer temblar los pilares de nuestro mundo, pero que entre todos hemos, prudentemente, domesticado. Del mismo modo que la homosexualidad no es peligro para el machismo a principios del siglo XXI -como sí lo fue justo un siglo antes-, la adoración de la belleza -que es otro medio de subversión- ya no asusta al poder. Puesto que hemos sacrificado nuestros más altos impulsos en aras de una sociedad frustrada, es justo que los inventemos de nuevo y les insuflemos vida.
Oscar Wilde será un dios indiscutible del nuevo panteón. El arte es subversivo porque es el modo de “conocer las cosas tal como son”.

El protagonista de Pluma, lápiz y veneno, Thomas Griffiths Wainewrigth, es un subversivo. Wilde retrata a un caballero que no puede ignorar el crimen, la más oculta de las artes. Es un enamorado del gusto que, además de practicar la pintura y la crítica de forma excelsa, fue el más sutil envenenador de su tiempo. Estamos ante lo delicioso del crimen y el asesinato, sugerido por lo misterioso y también erótico que hay en la muerte si la vemos como esa frontera vigilida que deseamos violar. Hay que resaltar que Thomas Griffiths Wainewrigth no es un personaje de ficción y que perteneció a la élite artística de su tiempo, que fue la alborada del Romanticismo inglés. Fue amigo de Charles Lamb (recordado crítico), William Hazlitt (pensador proto-socialista), Samuel Coleridge, Thomas de Quincey y William Wordsworth entre otras luminarias del momento. Wilde, en Pluma, lápiz y veneno, recoge testimonios escritos de estas celebridades sobre el envenenador Wainewrigth, aunque no podemos confirmar que sean auténticos.

Programa

Más allá de lo interesante que nos pueda parecer la vida de Thomas Griffiths Wainewrigth (1794-1847), Pluma, lápiz y veneno puede ser leído como un programa estético. Wilde expone, en forma de ensayo -es decir, bajo la ficción de objetividad- una serie de ideas que se aplican a la vida y al arte. Este texto responde a un manifiesto estético que no existe. Nosotros vamos a intentar acercarnos a sus claves.
Si este manifiesto existiera, sería el padre de las vanguardias que aparecerán poco después. Esto es porque resucita la idea de subversión y agudiza el enfrentamiento entre arte y poder.

Manhattan

Antes de las vanguardias europeas, el gran acontecimiento artístico -contemporáneo, además, de Oscar Wilde- es el nacimiento de Manhattan y su ideología, el manhattanismo: el urbanismo de la congestión y la masa. La gran manzana, que es una creación absolutamente moderna, comparte su fundamentos artísticos con Oscar Wilde; ambos los exponen a su manera, una a través de su retícula totalizadora y otro a través de su obra y su vida.
El arte no debe imitar a la vida. La creación no depende de los acontecimientos diarios, vulgares. El objeto del arte es el propio arte; por tanto, la Belleza -¿la ficción?- no se necesita más que a sí misma. La utilidad del arte -que sea un modo infalible de conocimiento- depende, entonces, de su propia inutilidad. Este proceso se da de igual manera en Oscar Wilde y en Manhattan.
El Ayuntamiento de Nueva York decidió parcelar en manzanas idénticas toda la superficie de la isla de Manhattan cuando ésta contaba tan solo con algunos miles de habitantes. La retícula -útero del manhattanismo- divide un terreno desocupado, describe una población hipotética, coloca edificios fantasmales y enmarca actividades inexistentes. La gran ciudad nacerá de sí misma. La inutilidad de más de dos mil manzanas en las que, durante muchos años, solo crecerá la hierba, es la semilla de la ciudad de las transacciones y el movimiento perpetuo. La ficción, que aquí es la predicción sobre la nada, es la semilla. Mímesis imposible y novedad absoluta. El artista -el arquitecto, el urbanista, el financiero- intuye un sendero entre la maleza y se propone seguirlo. No se debe olvidar que este división del terreno edificable es la madre del rascacielos. Un arquitecto -sublime o vulgar- de Nueva York tendrá a su disposición exactamente los mismos metros cuadrados que cualquiera de sus colegas. La originalidad y la extravagancia de los nuevos edificios dependerá, a partir de ahora, de su altura: la única dimensión en que el arquitecto es libre. La inutilidad del arte se convierte en su única utilidad. Se justifica a sí mismo en sus metros. Inventa su propia realidad, y la hace más hermosa.

Belleza sintética

Mahattan es -según Rem Koolhaas en su libro Delirio de Nueva York, biblia nuestra- la apoteósis de la belleza sintética. Nada se justifica. Nada existe fuera. Nada es imitado. No hay, por tanto, Naturaleza que someter a la mímesis. Toda la naturaleza es creada por el artista. No hay vida que imitar; el arte surge del arte. He aquí un nuevo rasgo común, y un nuevo punto del manifiesto imaginado.
La revolución -la Belleza para Wilde, lo “sintético irresistible” para Koolhaas- nace de la violación de la norma clásica y es una huida de la vida cotidiana. Es una alternativa. Abre la puerta al misterio; cómo imaginarnos todo lo que, si pronunciamos las palabras correctas, la Nueva Naturaleza es capaz de ofrecer. Este misterio, como una primera delicia, debió sentirlo Thomas Griffiths Wainewrigth cuando decidió abandonar su carrera militar y conocer las cosas, a través del arte, tal como son. Igual temblor sintieron los neoyorkinos cuando visitaron por primera vez Luna Park, un bosque de altas columnas recubiertas de bombillas -el primer parque de atracciones, preludio de las avenidas de rascacielos- que, no pudiendo asirse a referentes reales, tuvo que justificar su nombre en la luna.
La Belleza nos enseña que no hay nada más peligroso que la realidad.

Lobotomía

Rem Koolhaas ofrece un nuevo término propio del manhattanismo que igualmente se destila de los postulados de Oscar Wilde y el arte del siglo XX: la lobotomía.
La lobotomía es un corte quirúrgico entre los lóbulos frontales y el resto del cerebro, que se practica con el fin de aliviar transtornos mentales. Desconecta las emociones y los procesos del pensamiento. A nosotros nos interesa como proceso propio de la modernidad que separa bruscamente dos planos normativamente unidos sin remedio.
En occidente, es tradición que el exterior del edificio muestre el interior del mismo. El exterior habla del interior o, si sumanos las implicaciones morales que arrastra este principio arquitectónico: una fachada honrada habla de actividades honradas. ¿No se convierte acaso, de este modo, el edificio en metáfora del hombre? El exterior del hombre -qué dice, cómo se mueve, qué comportamientos sigue, cómo viste- debe hablarnos de su interior -qué es-; el desfase entre los dos planos es la hipocresía. Hay pues una relación determinante entre el mundo íntimo y el expuesto, y hay también una pesada carga religiosa. Cada civilización habla de su interior a través del exterior de un modo distinto, como queda patente con solo recordar, por ejemplo, una casa árabe.
El misterio se halla en la ruptura de esta norma. Para el amante del gusto, como deja claro Oscar Wilde, el desfase de los dos planos no es hipocresía, sino movimiento, gracia. Lo delicioso está en la confusión, lo fluctuante. El pecado es siempre secreto -dentro del edificio-. El rascacielos es un monolito que oculta un mundo incesante de cambios, una riqueza exuberante que mantiene siempre una apariencia exterior quieta y tranquilizadora. Wainewrigth no se vale de su apariencia exterior solo para proteger al resto de los hombres de la exuberancia que oculta, sino que gracias a ella se defiende a sí mismo de la cotidianidad y la vida, y explora en los rincones oscuros. Así debe vivir el caballero exquisito, sometido a la lobotomía, que ha pasado de intervención médica a una especie de sistema anti-moral. Desaparece además la hipocresía, que solo puede ser imputada a los moralistas.

Problema

Pluma, lápiz y veneno plantea las relaciones entre lo público y lo íntimo, particularmente difíciles en el caso del artista, que debe conciliar el misterio con la vocación pública. Igual que hace un asesino: tiene que esconderse, pero desea que sus crímenes sean reconocidos.