HORROR VACUI

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(La luna caliente contempla con estupor el eco cuarteado de su infinito lamento en las aguas de un trémulo e insondable lago. Un sendero con atajos desemboca en las traviesas de un maltrecho muelle que se diluye y se enreda en las sombras sibilantes de una rayana alameda. Asomada a la marea una marchita figura de mirada ansiosa traslucida por entre la espesura de una cenicienta melena; de manos circunspectas y venosas; de cerúleos labios; de palabras encendidas de postrer instante.)

VIEJO: Y si esta sed inmensa se saciara de pronto,

  si finísima arena de desiertos terribles

  me inundase, silente y despaciosa,

  colmando grano a grano mi garganta y mi lengua

  en balbuceos azarosos,

  si todos y cada uno de mis trescientos ojos

  comenzasen un día a llorar en seco

  y me arañasen el alma

  con heridas supurantes de tierra,

  sólo de tierra,

  si yo me ahogase tanto y tan profundamente,… (Un lejano sollozo de lozano párvulo detiene el impulso errático de la arrugada y barbuda silueta. Los maderos gritan horrorizados. Una piedrecita hiere en su naufragio la fina piel del lago. Un paso reaviva el astillado quejido. Anillos concéntricos cauterizan. La luna descubre a la oronda masa que avanza por el sendero meciendo a su cría sobre sus dehiscentes caderas. Otro paso.)

MADRE (canta): A la ru ru, nene

                               a la ru ru, ya.

       Duérmete clavel,

       duérmete rosal.

       Duérmete, mi negro,

       cara de lagarto.

       Que si no te duermes

       te doy un trancazo…

       A la ru ru, nene

                               a la ru ru, ya.

       Duérmete clavel,

       duérmete rosal.

VIEJO: ¿qué sentido entonces seguir silabeando,

  azuzando el espíritu al encuentro precioso

  de una sílaba mágica?

 

MADRE: Buenas noches nos dé Dios. (Cruce de miradas. Mustia mueca en los labios. Vaivén soñoliento de sudor amargo. Tras el escrutinio se retira el VIEJO.)

VIEJO: ¿Por qué no sumergirse ya completamente

  a sortear en las dunas el viento caprichoso de los días?

  ¿Por qué no morir?

  ¿Por qué? Si todo se ha consumado…

MADRE: A la ru ru, nene

     a la ru ru, ya.

     Tranquilo mi niño,

     duérmete mi paz.

     Mi negrito lindo

     ya se está durmiendo,

     pon cara de sapo

     que yo te estoy viendo.

      A la ru ru, nene

      a la ru ru, ya.

      Tranquilo mi niño,

      duérmete rosal.

VIEJO: El diligente lobo de montaraz prosapia,

  dócil vigilante y pronto al rumor del instinto,

  ¿No merece ya el descanso en el vientre templado

  de la tierra? ¿Acaso no partió ya la camada?

MADRE: ¿Quién es usted? No creo yo que sean horas de estar puestos en medio. Nosotros porque vamos de viaje pero usted, con lo mayor que está,… y el frío que hace. No me diga a mí que es para estar ¿No tiene usted frío? (Pausa.) Pero, ¿adónde va? ¿No ve usted que eso está para caerse? ¡Que se puede hundir! (Pausa.) ¡Espere! Espere, espere un momento. ¡Ay, madre mía! Se mata. A la ru ru, nene; a la ru ru ya… Shhh. ¿Qué está haciendo aquí?

VIEJO: Si el mineral abrigo calado de intemperie

  desveló sus secretos en la primera helada

              poco queda más que alimentar ansias de muerte.

MADRE: ¡De eso nada! Hasta ahí podíamos llegar. ¿Dónde está el barquero? ¿Se ha ido ya? ¿O me he equivocado de sitio? ¡Ay, Dios mío! ¡Espere! Shhh… shhh… A la ru ru nene; a la ru ru, ya… shhhh… vamos a ver cómo lo hago… shhh… tranquilo mi niño… shhh… (Sujeta el bulto con doble nudo en el regazo.) …duérmete mi paz. (De un decidido saltito sortean las untuosas carnes un listón raído. El peso de la hembra con su cría inicia una ondulación en la estructura que se detiene en la extenuada verdura del VIEJO sobre el horizonte.) ¿Es usted? ¿Está sordo o qué? ¡Que si es usted el barquero! ¡El que lleva a la otra orilla! (Se abre paso con habilidad juguetona al compás de los quiebros de los palos.) Sepa usted que no sé nadar. Como se hunda esto no sé qué vamos a hacer. ¿No va a decir nada?

VIEJO: Los ojos de los ahogados son los únicos que miran sin pavor desde la muerte porque reflejan más olvido que pesar.

MADRE: Lo que usted diga. Pero yo no me voy a quedar aquí mucho tiempo por si acaso. Vamos a cruzar. Mi hijo y yo. Su padre nos está esperando con una bandeja llena de fruta. Porque… es aquí, ¿verdad? Es aquí donde se coge la barca, ¿no? Que no quisiera yo equivocarme. (Pausa.) ¿A usted le espera alguien? (Silencio.) Dicen que del otro lado todo está lleno de colores: hay árboles con hojas rojas, incluso, con frutos que no se ven por aquí; y arroyos que corren como bordados de flores de tila. Dicen también que hay una rosaleda grandísima,… ¡Cómo debe de oler por allí! Por eso que hablen de una dulcísima miel que quien la prueba no quiere otra cosa. (Pausa.) Y pajaritos que no paran de cantar. ¡Y siempre es de día! ¿Qué le parece? (Silencio.) ¡Qué sieso! (Pausa.) En cambio esto… lo recordaba más… no sé… más alegre. Los álamos estaban desnudando y parecía como si nevara… Estaba todo más luminoso.

VIEJO: Las estrellas se van apagando; esas estrellas que tanto tiempo hace que han muerto pero cuyo destello aún se puede ver… (El niño llora.)

MADRE: Shhh… Shhh… Sh… (Canta la sirena.) A la ru ru, nene; a la ru ru, ya… (El vacío devuelve un eco gutural que eriza la espina del VIEJO.) Shhh… Sh… ya está, ya está… duérmete negrito… shhh… Tiene que tener frío, o hambre. ¿Le importa? (Silencio. Con preciosa desenvoltura acerca un seno a la boca del primal.)  ¿Qué le parece? (Pausa.) El chiquillo, digo. Que ¿qué le parece? ¡Con más de un año y sigue mamando! Me tiene consumida. Tendría que haberlo destetado cuando su padre… pero después me dio mucha lástima de la criatura. Y también es verdad que así yo me seguía sintiendo útil. Cierto que al principio no quería la teta, no sé por qué. Tenía hambre y lloraba, pero era acercarle la… eso, usted ya me entiende, en cuanto me lo acercaba era peor. Hasta que un día probé la leche, me estuvo amarguísima, y cogí un sofoco que pa’ qué; ya se puede usted imaginar. Ni para eso valía ya. Pero, fíjese qué cosas tiene la vida, que parece que al crío al verme, le di pena o algo así, y se enganchó y no se ha vuelto a quejar. Shhh… shhh….

VIEJO: Cansada y suplicante está la lengua errante

   que no pudo gustar el salino frío argento.

   Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis,… y así

   más de trescientos mil, hasta hoy, los días

   que han de redimir al mísero peregrino.

   ¡Acércate, Carón!

   Conduce con premura tu lúgubre batel

   hacia esta fértil margen de cenizas.

   Que ya la muerte es más inverosímil que la vida. (Silencio. La MADRE arrea a su hijo animándolo al ágape.)

MADRE: Shhh… shhhh… ¿Has oído lo que ha dicho el señor? ¿Eh? ¿Lo has oído tú? (Insaciables succiones se mecen sobre el siniestro brazo.) Bueno… ¿y qué? ¿Qué significa todo esa sarta de cosas que ha dicho? (Pausa.) ¿No será qué está muerto, o algo así? ¡Ja! Porque entonces, para poder estar hablando con usted, tendría que estar yo muerta también. Y mire. Mire, mire. Tóqueme. ¡Que no muerdo! ¡Tóqueme, ande! (El VIEJO rastrea con inquisición el polen con el que comercia el viento desde la enfrentada orilla.) Bueno, como quiera. Caliente como un pan recién hecho. Así que ya ve. (Silencio.) Como quiera. No va usted a hablar conmigo de ninguna de las maneras. Pues algo habrá que hacer mientras esperamos. Qué menos que hablar, ¿no? Aunque sea por educación. (Silencio. Silencio. Silencio.) Le encanta la teta a este crío. ¡Te como! (Silencio.) Y ahora que lo pienso: ¡no cabemos en la barca! No, no, no, no, no. Ni mucho menos. Usted estaba antes, cierto es, pero como comprenderá… una mujer indefensa, con una criatura,… no es para quedarse aquí al raso, y sin protección. ¡Menuda barbaridad! No lo permitiría, ¿Verdad? ¡Qué poco corazón tendría que tener para hacer una cosa así! Marcharse usted así, dejándonos abandonados. (Un tierno gruñido se despereza al borde de una aréola sangrante. La MADRE descubre por completo su busto e inclina a su hijo del otro lado.) Podemos hacer un trato. (Reverbera por entre las hojas de los álamos un desconsolado trino que corta sagitalmente una lágrima en la arruga.) Puedo pagarle. (De nuevo el alimento se trasfunde. Luceros desorbitados en la fruncida figura del VIEJO.) Tengo una moneda… Bueno, a lo mejor no debería de decírselo, teniendo en cuenta que podría usted darme con un palo en la cabeza y robarme. O robarme y después empujarme al agua para que me ahogase. O darme un palo en la cabeza, robarme y después echarme al agua. Y mi hijo ¿qué? ¿Qué iba a hacer el pobre? O… ¡Dios mío! ¿Sería capaz de matarnos a los dos por una moneda de plata? ¡Uy! ¿He dicho de plata? No sé ni lo que digo. No lo haría, ¿verdad? ¿Verdad que no? No haría eso. (Silencio.) ¡Diga algo, por Dios! ¡Diga algo! (Pausa.) ¡Está bien! Le doy la moneda, pero no nos mate. (Rueda de su liga el malhadado óbolo que ofrece desesperada en la palma de su mano.) Tome. Quédesela. Para usted. (El VIEJO extiende su macilenta zarpa y queda traspasada por el peso de la metálica estampa. El triste tintineo interrumpe la libación.)

VIEJO: No podrán ya detener mis dedos los blancos pétalos destilados de la rosa.

   Ni mis ojos evitar la bienvenida de la noche oscura.

   El ánimo condujo nuestros pasos de vuelta al desenlace

   a silenciar profundo la palabra…

   Mas el sollozo y la lágrima calarán tan hondo en el llano

   que abrirán mis párpados,

   y mi boca polinizada servirá como vientre

   a la tierra

   sosegada

   del invierno.

MADRE: Desagradecido. (Recogiendo el bruñido disco.) ¡Pues no hay trato! (Lo esconde bajo el pliegue de su teta.) Pero los tres no cabemos. Y usted no tiene con qué pagar el viaje.

VIEJO: Después de todo una rosa sólo es una rosa.

MADRE: Gracias. (Pausa.) ¡Un momento! ¿Lo ha dicho por mí o por qué? (El rorro se agita bajo una fuliginosa gota de leche.) Conmigo no se ande con lisonjas, que no voy a caer. A la ru ru, nene,

a la ru ru, ya…

Mi negrito lindo

ya se está durmiendo,

sació su apetito

de negro veneno.

A la ru ru, nene

a la ru ru, ya.

Pues, lo dicho. Ya está todo hablado. En cuanto llegue el barquero mi hijo y yo nos vamos. Usted puede hacer lo que quiera. Pero nosotros nos vamos. Eso sí, le aconsejo que se abrigue un poco, no vaya a caer malo. (Silencio. La MADRE achucha al lechal contra su pecho.) Ande, váyase. Coma y entre en calor. En su casa va a estar mucho mejor. (Pausa.) Bueno, usted sabrá. (Silencio. Un ardiente centelleo se confunde a través de la espesa neblina. Avanza pesadamente, remo a remo, sin necesidad de faro, entregado a su cardinal destino.) ¡Ya viene! ¿Lo ve? ¡Por allí! (Atusa sus cetrinas cerdas. Inicia su marcha hacia el extremo del embarcadero barriendo las huellas que deja con el fruto de su vientre. El cráneo del arrapiezo sobre la carcoma marca el paso. Los ojos del VIEJO se vuelven sobre sus cuencas claudicando ante su horror vacui.)  Lo mejor que puede usted hacer es volverse a su casa. (Silencio.) Si por lo menos hubiese querido los cuartos, habría tenido con qué comprar lo que fuera. Pero nada, ni eso. Ni siquiera hablar. Pues peor para usted. Así que no tengo más que decirle. Encantada de habernos conocido. Muy buenas noches.

VIEJO: ¡Señora! Lleva el niño a rastras. (Silencio.)

MADRE: No importa. Está muerto. (Silencio.)

VIEJO: ¡Usted no podrá viajar! Está caliente como un pan recién hecho. ¿Con qué piensa comprar la voluntad del barquero? (La belladona se acomoda en el filo de las tablas hundiendo sus raíces en la tibieza del limo.)

MADRE: Ya no. Estoy fría como una llave. Me he ido enfriando a cada bocanada. Y supongo que no lo querrá comprobar. Así que no se moleste ahora en hablar conmigo.

      A la ru ru, nene,

      a la ru ru, ró.

      Este negro lindo

      ya se me durmió. (El resplandor de la tea tiñe la inmediata bruma. Un chapoteo constante se anuncia próximo.)

     A la ru ru, nene

     a la ru ru, ya… (El sordo resquebrajarse el agua paraliza las figuras. La claridad difusa acecha a corta distancia. El VIEJO se repliega sobre su letanía.)

VIEJO: Habrá que voltear el maleficio de los relojes,

   escupir pequeños y certeros perdigones de barro

   que mantengan el ansia vigilante,

   sacudirse del polvo atenazador

   de los días iguales,

   y vivir, vivir bebiéndose cada instante

   con la íntima premura de saber que nunca,

   nunca será suficiente.

MADRE: Tarde. Demasiado tarde. Aquí ya estamos todos muertos. (Comienza a distinguirse la líquida mancha del transporte y la naturaleza se espanta. Después silencio. El barquero amarra. La MADRE salta con su hijo dentro de la barca. Balanceo inquieto hasta recobrar el equilibrio. Silencio. Satisfacción. Inicio de partida. El VIEJO despide a los viajeros mascullando ininteligibles versos entre sus morados labros. Un chapoteo constante se destierra. Y el resplandor de la tea desaparece. Oscuro. Silencio. Fin).

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CUERPOS DESNUDOS SOBRE FONDO BLANCO por Paz Buelta Serrano

Grande y amplia sala blanca. Tanto paredes como suelo cubiertos de pequeños azulejos blancos. En el centro y al fondo, bajo un ventanal translúcido y rectangular a través del que se ilumina la estancia, un gran poyete rectangular de mármol blanco. Sobre él una madera caoba impide que se sienta el tacto helado del mármol sobre los cuerpos que reposan en él .La madera tiene agujeros, coincidentes a su vez con los existentes en el poyete marmóreo. Sobre y dentro de estos agujeros se encuentran los traseros de un hombre y una mujer. Él tiene el pelo largo, lacio, brillante y claro. Ella muy corto y muy oscuro. Él acaricia adelante y atrás la cabeza de ella. Ella acaricia arriba y abajo la melena de él. Desnudos defecan:

 

Ella: Nunca había hecho esto antes. Es increíble poder hacerlo con un hombre. Si mi familia se enterase me matarían.

Él: No se enterarán.

Ella: Eso espero. ¿Seguro que ninguno de tus criados dirá nada? Ni tu familia. ¿Tu familia no…

Él: (Interrumpiéndola) Ya te he dicho que no.

Ella: (Cambiando completamente su actitud) Lo sé, pero déjame jugar. (Silencio. Él asiente. Ella, comportándose como al inicio) Ya sé que tu familia está de viaje, pero imagínate que vuelven. Quizá hayan tenido algún incidente, algún problema que les hiciese regresar. Si entrasen ahora mismo por esa puerta… Si tu padre entrase y nos viera aquí, en su baño privado, donde cierra sus grandes negocios junto a otros grandes hombres… Si entrara ahora y nos viera juntos, como dos niños imitando a los mayores… Rompiendo todas las normas de educación a favor de la lujuria… ¿Qué pensaría?

Él: Tranquila, sé que mi padre no vendrá. Se ha marchado lejos, muy lejos.

Ella: ¿Estás seguro?

Él: Es completamente imposible.

Ella: (Se oye el chasquido de la lengua de Ella mientras le mira reprobatoriamente. Él suspira y asiente) Pero ¿qué pensaría? ¿Qué me haría? (Se oye el sonido de una puerta al abrirse. La inhalación asustada de ella, la respiración dubitativa de Él)

(Entra un criado con jabones y un guante de crin, marrones, y dos grandes y esponjosas toallas blancas)

Él: Ya vienen a lavarnos. No sé si llegas pronto Sun, quizá debas volver después.

Sun: Como usted diga, Señor Cur.

Ella: ¿Señor? ¿No debería llamarte Señorito? No es correcto tener tanto nivel para los criados. Si se enterase tu padre…

Él: ¿Cómo estás tú? ¿Tardarás aún?

Ella: Todavía me queda un poco, es todo tan nuevo. ¿Tú? Siento tu olor cerca de mí, has terminado.

Él: Sí, pero te esperaré igualmente. Mi educación me impide ser lavado el primero. Sun, puedes retirarte por el momento.

Ella: ¡No! Que no se vaya, si no es problema puede lavarme mientras termino.

Él: Está bien. Sun.

(El criado comienza la ceremonia. Colocándose detrás de ellos saca la manguera de una ducha y la moja, desde sus cortos cabellos azabache hasta sus diminutos y deformados pies. Él no deja de mirar su cuerpo empapado, buscando en él su reflejo. Mientras, Sun frota el guante contra la pastilla hasta obtener espuma. Coge la mano de Ella y, dedo a dedo, raspa y rastrea su piel.)

Él: Tu cuerpo, joven, desnudo, sonrosado aún, se muestra ante mí con sus nuevas arrugas que todavía no han dejado marcas, con sus uñas que aún no han sido rotas por el trabajo, con su bello delicado y nuevo, que aún no ha sido segado las suficientes veces. Y me alegro de que la inquietud del agua, su impaciencia, le impida el reposo, y yo no logre reflejarme en ella. Me alegro de la imposibilidad de ver mi cuerpo, de verme a mí mismo.

Ella: Tú también tienes un cuerpo hermoso.

Él: No igual al tuyo, no igual. Quizá lo fue, pero es algo que ya perdí.

Ella: No digas eso. Yo estoy aquí por tu cuerpo.

Él: ¡Tú estás aquí por mi dinero!

Ella: Sssshh (Se oye la s seseante que, acercándose a su boca con un dedo enjabonado, le manda callar) Yo estoy aquí por tu juventud, por tu fiereza, por la fuerza de tus brazos al levantarme del suelo, por tu cuello de toro y tus ojos todavía indómitos. Estoy aquí… ¡aah! (se oye atravesar el aire entre sus dientes cerrados, quejido de dolor; Sun la ha rozado sin querer con la manguera de la ducha. Ella mira a Sun fijamente, Él mira fijamente a Ella, Ella retorna a la mirada de Él) ¡Quema! ¿Cómo puede tocar algo que está tan caliente?

Sun: Estoy acostumbrado. Todos los días hago cosas así.

Ella: ¿Todos los días? Debe ser insensible entonces. Tendrá unos callos enormes, como los de un guitarrista. Enséñemelos, no he visto nunca de cerca nada así. (Sun mira al Señor Cur pidiendo aprobación, él no le ve porque no ha dejado de mirarla fijamente a Ella)

Sun: Señor…

Él: Quémala. (Silencio. No reaccionan.) Quémala de nuevo. Con suavidad.

Ella: ¿Qué? Pero ¿por qué…? ¡Aah! (Se oye atravesar el aire entre sus dientes cerrados, quejido de dolor; Sun la ha rozado con la manguera de la ducha) (Ella posa sus ojos profundamente sobre Él. Silencio. Sin retirar la mirada, Ella ríe.)

Él: Más. (Sun apoya la manguera sobre Ella, el aire atraviesa entre sus dientes cerrados, ríe.)

Ella: Más. (Sun apoya, Ella se queja y ríe.)

Él: Háblame. Sigue hablándome. Dime lo que te gusta de mí.

Ella: (Mientras Ella habla Sun continúa apoyando la manguera sobre su cuerpo en repetidas ocasiones, con su consecuente reacción) Tus pies enormes, de ser venido de otra Era, que se agarran al suelo a puñados. ¡Aah! Tus manos, tus manos que han vivido lustros, que dib… ¡aah! que dibujan mapas con las venas de su reverso. Son estos mapas los que se expanden a lo largo de todo tu cuerpo, los mapas de tu vid… ¡aah!, de todas tus vidas que quedan definidos sobre tu piel en sus arrugas. Tus arrugas que se esparcen a brochazos por vientre, ojos, brazos…para contar tu historia, tus historias. Cualquiera que quiera saber más de ti, del mundo, de los humanos, solo tiene que dejarse llevar por el ritmo de tus olas y leer tus arrugas. (Mirando a Sun) Ahora a él. (Silencio. Quietud) Quémale a él. (Sun mira a su Señor que permanece inmóvil y callado. Aprieta la manguera contra su espalda)

Él: Ah.

Ella: Más.

Él: Ah.

Ella: ¡Más!

Él: (Emite un profundo y largo quejido)

Ella: Las líneas que dividen tu cara, ¡aah! Que hablan de tu expresión, de quién eres…

Él: ¡Ah!

Ella: …como has reído muchas más veces de las que te has enfada ¡aah!…do

Él: Tócame. ¡Tócame! Cuando pasa un tiempo sin que me toques no me siento bien. ¡No me siento bien! ¡Tócame! (Con tremenda rapidez se dan las manos, se aproximan. Ella le acaricia el largo y cano pelo, de arriba abajo. Abrazados. Sun, detrás de ellos y de pie, eleva la ducha y moja a ambos a la vez)

Sun: Por fin sois lo mismo: montaña de pelo y laderas de piel.

Mi Mishima (sin título todavía)

DRAMATIS PERSONAE

A- Hombre de unos  90 años, curtido en verrugas por las mieles del saber. Viste pantalón de tela, zapatos y camisa, todo negro. Lleva un maletín del mismo color.

B- Hombre de unos 25 años, desaliñado e inseguro. Viste ropa deportiva bastante nueva y bastante sucia, de colores chillones.

(El espacio está en penumbra, salvo por unas tenues luces que caen sobre un extraño bulto de tela situado en el centro del escenario. Se oyen zapatos percutiendo en pasillos infinitos. Las dos caminatas parecen aproximarse al escenario. Aparecen al mismo tiempo A y B en el escenario, cada uno por una puerta distinta. Ambos intentan iluminar la sala dando al interruptor que queda junto al borde de cada puerta. Uno apaga y el otro enciende. Se ríen. Cuando se encienda definitivamente se podrá apreciar un bulto bastante grande cubierto por una tela. La sala por lo demás está vacía.)

A- Venga, dale tú…

B- No, por Dios, enciende tú…

(Clima de excesiva amabilidad. Se ríen.)

(Silencio. A enciende la luz)

B- Ah, mira…

A- ¿En qué quedamos?

(B vuelve a la puerta y pulsa dos veces el interruptor)

B- Ahora sí…

(A saca una bata de laboratorio que llevaba guardada en su maletín, B saca una toallita húmeda de restaurante y se limpia concienzudamente las manos)

A- ¿Nervioso?

B- ¿Yo? En absoluto… ¿y tú?

A- La verdad es que hoy estoy  tranquilo…Creo que puedo darme por satisfecho.

B- ¿Satisfecho?

A- Bueno, creo que he invertido el tiempo y el esfuerzo necesario .

B- Sí, eso lo decimos siempre. Antes de ver el resultado…

A- Intento ser honesto conmigo mismo. ¿Descubrimos?

B- Espera, espera…(Se repeina, ilusionado)

(Silencio. Entre los dos, muy poco a poco, apartan la tela, descubriendo a un hombre dormido y a su lado un montón de polvo)

B- ¡¡¡No!!!(Desplomándose sobre el montón de polvo) ¡¡¡Otra vez, no!!!

A-(Sin dejar de mirar al hombre dormido, ilusionado) Oye, haz el favor de callar…Sabes perfectamente que un despertar brusco no es nada recomendable…

B- ¡Cállate tú!(Llora, desplomado)

A- Oye, entiendo perfectamente tu dolor, pero necesito despertarlo y si vas a seguir llorando y gimoteando abrazado a tus cenizas…

B- ¿Mis cenizas?

A- Por favor, no grites así….

B- No tienes ni idea….

A- Por favor…

B- No conoces el esfuerzo, ni la inquietud, ni la duda eternizándose…

A- ¿Qué dices? ¿Crees que eres el único que no duerme por las noches?

(to be continued)

Experimentando con Mishima

Contemplamos un espacio oscuro e indescifrable. A golpe de vista podría ser un sótano, una estación de metro abandonada o, quizás, un búnker de alguna guerra pasada. En el medio vemos un sillón en cual está sentado nuestro protagonista, Senkili: hombre maduro y canosamente atractivo. Lleva puesto un traje tremendamete arrugado pero que aún conserva la elegancia de su dueño, tan propia del japonés. Senkili acaricia a un gato, un gato gris llamado Mishima

Senkili. (Hablando a Mishima) Eres el único que me entiende, pequeñito ¿Sabes que tienes un bigotillo muy gracioso? (Le besa) A partir de ahora vamos a formar una familia (Se ríe) Pero no tendremos gatitos…Aquí no nos puede molestar nadie, es verdad que damos vueltas junto al mundo pero el mundo no nota nuestro peso, somos invisibles y poderosos (Eleva a Mishima) ¿a que sí?. Y Vaya ojazos que tienes, mentiría si dijese verdes, mentiría si dijese azules. (Suena un timbre, el típico timbre universal) ¡Adelante! (Entra una señorita, extremadamente despacio, de melena larga y portentoso rizo. Todo el cuerpo desnudo menos la parte que ocupa el tanga con pompón. Se para a la derecha de Senkili) Puedes hablar, no te cortes, habla.

Señorita. Sentir frío aquí abajo.
Senkili. ¿Quieres abrazar a Mishima?
Señorita. Preferir abrazo a hombre de las nieves.
Senkili. Me llamo Sinkili, ya va siendo hora de que lo aprendas. Señorita. Hombre lobo pelo de nieve.

Senkili. Ya sé, ya lo sé, tengo el pelo como la nieve y seguramente te recuerde algo de tu infancia lejana, pero a estas alturas ya no podemos mirar hacia atrás, es muy peligroso. Lo mejor es que cortemos del todo las raíces y que tú te olvides de tu pueblo y yo me olvide del mío. Los dos somos los últimos de la historia…

Señorita. (Se toca los pechos) Sentir frío arriba y calor abajo en el bosque.
Senkili. No te puedo consolar, perdí ciertas sensaciones después la bomba. Sólo siento con el

corazón y con la cabeza de arriba. Señorita. Señorita tener mucho calor abajo.

Senkili. Oye, no seas pesada…Contra el frío te puedo ayudar pero contra el calor frota tu misma que yo no miro. 

MADRE CON NIÑO

Nunca he visto una dama tan fiel
que, si no se llega a un pacto con ella,
no recurra a las malas artes, si se la aparta de las buenas.

Guillermo de Aquitania
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Personajes

MADRE
Va vestida de riguroso luto. Es una mujer de cuarenta años que deberá ser interpretada por una actriz que los aparente.
NIÑO
Es rubio y tiene once, doce o trece años. Lo hará un actor veinteañero que tenga el aire aniñado.
DEPENDIENTA
Pelirroja.
SOLDADOS MARICAS
Con bonitos uniformes de gala.
ROMEROS
Confusión de camisas, sombreros de paja, boinas, mosto y muchísima cocaína.

La escena representa un amplio descampado.
Hay una tienda al aire libre de todo tipo de objetos, con DEPENDIENTA pelirroja.
Al fondo, una iglesia. A sus puertas esperan los ROMEROS y el grupo de SOLDADOS MARICAS, en notable revuelo de pantalones, volantes y chamarras.

La acción es en España, últimos golpes de la primavera, recién empezado el siglo XXI.

El NIÑO y su MADRE recorren la tienda. Están ojeando material de oficina:

MADRE. Y esa fue la última vez que tu padre y yo dejamos que te revolcaras en las hojas secas. Saliste lleno de mierda. Papá lo grabó todo con su cámara de vídeo: así que puedo demostrártelo. Dos meses después se fue.

NIÑO. ¿Adónde se fue?

MADRE. No lo sé. Te tengo dicho que no me preguntes eso. No lo sabremos nunca. Tú tenías ocho añitos, ahora tienes doce o trece; pero parece que fue ayer.

NIÑO. Esta es la calle de mi colegio.

MADRE. Sí. Está un poquito más adelante.

NIÑO. Me duele la barriga.

MADRE. Espérate a casa. Ya vamos.

NIÑO. De mi clase al cuarto de baño hay un pasillo larguísimo. Me da mucha vergüenza pedírselo a la profesora, pero hay días que ya no me aguanto y tengo que salir corriendo. La puerta está medio rota y me cuesta mucho trabajo abrirla. Los otros se ríen de mí. Soy incapaz de hacerme el pasillo corriendo; tengo que ir muy despacito. Ese pasillo me da mucho miedo. Tiene unas ventanas muy grandes. Casi todas las veces, cuando llego, ya me he cagado encima. No es que se me escape, no os creáis: la mayoría de las veces, exceptuando un par de ellas que me encontraba muy mal, es por placer.

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UN ROMERO. ¡Viva la Virgen de la Oliva!

ROMEROS y SOLDADOS MARICAS. ¡Viva!

OTRO ROMERO. ¡Viva la Madre de Dios!

ROMEROS y SOLDADOS MARICAS. ¡Viva!

OTRO ROMERO. ¡Viva la aceitunera divina!

ROMEROS Y SOLDADOS MARICAS. ¡Viva!

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DEPENDIENTA. (Que se acerca a la MADRE y al NIÑO.) Hola. ¿Puedo ayudarles?

MADRE. No, gracias, solo estamos mirando.

DEPENDIENTA. Hola, chiquitín. ¿Cuántos años tienes?

NIÑO. Doce o trece.

DEPENDIENTA. Voy a estar en la caja, si quieres venir a jugar conmigo…, mientras mamá hace alguna compra.

NIÑO. No. Me quiero quedar con mi madre. ¿Sabe usted que se pasa todo el día viendo la tele sin hablarme?

MADRE. Niño, cállate, que pareces tonto.

DEPENDIENTA. Bueno, estaré allí para lo que usted quiera.

MADRE. Muy bien, gracias.

NIÑO. Gracias, señorita. Voy a coger de la mano a mi madre.

La MADRE retuerce el brazo del NIÑO, que no grita ni se queja.

DEPENDIENTA. ¡Guapo! (Le hace un cariño en el cabello rubio.)

La DEPENDIENTA se refugia en la caja y no deja de lanzar miradas al NIÑO.

.

UN SOLDADO MARICA. ¡Qué brazo más fuerte!

UN ROMERO. ¡Quita!

EL SOLDADO MARICA. ¿No tiene usted alguna cosilla para amenizar la espera?

EL ROMERO. No tengo nada.

EL SOLDADO MARICA. ¡Qué pena! Te pagaría bien.

EL ROMERO. ¡Felicidades por la victoria!

EL SOLDADO MARICA. ¡Oh qué grandioso día! ¡Gloria del César contemporáneo! Hemos hecho retroceder al enemigo. Si supieras cuánto nos ha costado devolverlos a su orilla del río… ¡cabrones! Nunca deberían haberse movido de ahí. No fueron ellos los que empezaron la guerra, en verdad…, pero llevaban tantos años diciendo tonterías y molestando al país…, que tuvimos que ponernos serios. Y ya ha terminado la guerra. En su orillita están lamiéndose las heridas. Ya sabes que ha sido todo muy épico. Al amanecer de un día de diciembre, me puse las botas y me cosí (Mostrándolos orgulloso.) los volantes de la guerrera…

EL ROMERO. Sois los salvadores de la patria.

EL SOLDADO MARICA. ¡Somos héroes! ¡Viva la Virgen de la Oliva!

EL ROMERO. ¡Que viva, coño! Pregúntale al del tambor. Le dices que te mando yo.

El ROMERO enciende un cohete que describe silbando una sinuosa línea por toda la escena, hasta que aterriza y explota muy cerca de la tienda. Vuelve a intentarlo con otros dos cohetes, y mismo resultado.

EL ROMERO. ¡Viva la Madre de Dios!

ROMEROS, SOLDADOS MARICAS, MADRE, NIÑO y DEPENDIENTA. ¡Viva!

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La MADRE y el NIÑO van por la sección de frutas:

NIÑO. ¿Cuándo sale el simpecado?

MADRE. En un ratito. ¿Quieres un plátano?

NIÑO. No.

MADRE. Luego te cagarás.

NIÑO. Me he comido una manzana.

MADRE. Eso no sirve. Cómete un plátano. Estás siempre cagándote encima. Tu padre siempre se comía una latita de atún y un plátano antes de irse a dormir, a las once de la noche. Seguro que lo sigue haciendo, esté donde esté. Tu padre no se cagaba encima. A ver si aprendes.

NIÑO. Déjame en paz. Dame la mano. Me está mirando la señorita. Ahora no me apetece un plátano.

MADRE. (Que le aprieta violentamente la mano a su hijo.) Llevas todo el día quejándote y diciéndome que no a todo. No le hagas caso a la dependienta. Quédate aquí conmigo. Qué ojinos más pequeños tienes. Mírame a mí. ¡Si yo solo quiero que tú te comas un platanito! ¿Ves a los soldados? Están fuertes y son fieros.

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OTRO ROMERO. No vamos a hacer el camino tranquilos. La vera está sembrada de muertos.

OTRO SOLDADO MARICA. Los muertos ya están podridos. Les echamos tierra encima, y no hay problema. Lo mismo, un olorcillo…

EL ROMERO. Un olorcillo muy molesto, ¿no?

EL SOLDADO MARICA. Yo tengo sinusitis y no lo voy a notar.

EL ROMERO. A mí no me parece bien que los muertos estén ahí.

EL SOLDADO MARICA. ¡No sea usted aguafiestas, por Dios, que va a salir el simpecado!

EL ROMERO. Me va a dar asco el olor del camino. Cuando hacíamos el camino incluso durante la guerra, olía a lo que tiene que a oler. Ahora hay una distancia horrible entre mis ojos y los ojos de los muertos. No es normal. Los muertos van a estar muy cerca…, pero tan muertos… Me va a dar asco el olor del camino.

EL SOLDADO MARICA. ¡Que no! ¡Ya verá! Tiene narices que me diga esto. Me he pasado tres años pegando tiros como un tonto por vosotros. Soy épico hasta la muerte. Nací épico en un barrio épico. Los muertos los hemos matado nosotros y bien muertos que están. Me alegro que ya no puedan moverse de ahí, porque no vea usted la guerrita que nos han dado. Ya se los comerán los linces, no se preocupe.

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La MADRE y su hijo recorren la sección de electrónica:

NIÑO. ¿Puedo ir con la dependienta?

MADRE. No. Quédate conmigo.

NIÑO. ¿Cuándo se te rompió el tarrito de perfume?

MADRE. No me acuerdo.

NIÑO. Qué bien olías cuando íbamos a casa de los abuelos. Qué pena que se te rompiera. Cuando pasaba por tu cuarto de baño, y te estabas duchando… antes de salir a casa de los abuelos…, en Navidad, me quedaba en la puerta y escuchaba el sonido del agua contra tu cuerpo y el plato de la ducha. Era un tiroteo muy fino. Apretabas el bote de gel, con ese ruidillo tan gracioso que hace. Escuchaba cómo estrujabas la esponja contra tu vientre. Cerrabas el agua y yo sentía cómo posabas los pies sobre la alfombra. Poco a poco, te ibas secando. Yo podía oler la última gotita que te recorría la espalda. Antes de que salieras, desnuda y seca, por la puerta hacia tu cuarto, yo me iba corriendo y me escondía entre las piernas de papá.

MADRE. (Que le suelta una bofetada.) ¿Por qué no te vas con los soldados?

NIÑO. (Está reprimiendo el llanto.) Me quiero quedar contigo.

MADRE. Anda, ven.

La MADRE abraza a su hijo.

NIÑO. Cómprame dos Iphones y te dejo que me des plátanos para que no me cague encima.

MADRE. Échalos en la bolsa. Voy a por los plátanos. No te muevas de aquí, cabroncete.

La MADRE va a buscar los plátanos. Vuelve con cinco o seis.
Obliga al NIÑO a que se coma el primero. Mientras tanto,

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un ROMERO enciende un cohete que describe silbando una sinuosa línea por toda la escena, hasta que aterriza y explota muy cerca de la tienda. Vuelve a intentarlo con otros dos cohetes, y mismo resultado.

EL ROMERO de los cohetes. Me cago en la leche que mamó Beethoven.

UN SOLDADO MARICA. Romerito, romerito, qué manos tan blancas tienes.

EL ROMERO. ¿Qué quieres, maricón? ¿No ves que estoy ocupado con los cohetes?

OTRO SOLDADO MARICA. ¡Chiquilla, qué lengua! ¡Anda y que te den! ¡Viva la Virgen de la Oliva!

ROMEROS, SOLDADOS MARICAS, MADRE, NIÑO (Con la boca llena de plátano.) y DEPENDIENTA. ¡Viva!

OTRO SOLDADO MARICA. ¡Qué calor! Ya se me ha olvidado la guerra. Ya tengo otra vez ganas de sangre. ¡Qué me traigan a los camaradas heridos, que me los voy a comer a todos! Por fin vamos a tener vacaciones de verano. Tres años sin pisar la playa, excluyendo desembarcos. Hace unos meses hicimos un búnker en Matalascañas. Nos lo bombardearon los cabrones, pero ahí sigue, firme, en pie, enhiesto como el ciprés de Silos. ¡Y yo tengo la llave! (La muestra alegremente; los demás saltan de felicidad.) ¡En agosto estáis todos invitados! Ya veréis cómo nos vamos a poner. ¡Viva España!

Jaleo.

EL ROMERO de los cohetes. Aquí llevamos ya toda la mañana. (Se aparta del grupo.) Qué calorcito. Qué gusto. No sé qué coño pasa con los cohetes. Pero no creáis que no me gusta el efecto que hacen nuevo. Yo no tengo ni idea de pirotecnia, y menos en estas condiciones. Yo soy enfermero. Mi función en el camino es tirar cohetes y freír croquetas. Es importante que no se sobrehumedezcan ni los unos ni las otras; esta es una época de lluvias. El tamborilero es el camello. Aprendió su arte en la recóndita barriada, y lo comparte con nosotros. Todos estamos bajo el manto de la Madre y Luz que nos guía, dulcísima Abogada. Se me ponen los pelos de punta y me tiemblan las piernas nada más que de pensar en cuanto lleguemos a la aldea y nos metamos todos en la Casa-Hermandad. Esta sensación de fuego en la garganta y de mucha devoción me invade todos los años. Las vitrinas de madera y cristal, donde metemos las botellas de ginebra y las latas de Schweppes, me huelen igual que los pupitres y las sillas del colegio. Cuando nos hemos instalado ya, empiezan los ritos, las celebraciones… Nos han acusado muchas veces de hipócritas y golfos…, pero yo veo encenderse la sombra y subirse a los pinos los ojos del deseo, y eso está muy lejos de cualquier diversión frívola. Me da igual las cosas que digan de nosotros. ¡Como si el vientre fuera fácil! ¡Como si la mierda, con todas sus virtudes y facetas, no existiese! ¡Mirad a ese niño, por ejemplo…!

Enciende un cohete que describe silbando una sinuosa línea por toda la escena, hasta que aterriza y explota muy cerca de la tienda. Vuelve a intentarlo con otros dos cohetes, y mismo resultado.

DOLORES

(Habitación de hospital. Dolores está sentada en una silla que hay frente a la ventana, dando la espalda al espectador. Lola, su hija, está tumbada en la cama, tapada hasta el cuello con la sábana. La única parte del cuerpo de Lola que podemos ver es su cara, que luce amarillenta y demacrada. Se oye el pitido interrumpido de la máquina que le ayuda a respirar).

DOLORES: Por fin ha salido el sol. Ya era hora, ¿verdad?. Menudo invierno que hemos tenido. Que si lluvia, que si frío, que si lluvia, que si nieve, que si más lluvia, que si granizo… Nada, ni un rallito de sol. Nada. Sólo lluvia y frío. (Silencio). Hoy quizás venga tu tío Manolo. Dijo que vendría, quizás venga, pero no se sabe. Nada se puede saber. Ha estado de viaje, en Benidorm otra vez. Qué manía con llevar a los viejos a Benidorm. A Benidorm, a venderles cacharros que no sirven para nada y sacarles sus ahorros. Los ahorros de toda una vida. Allí hace calor… en Benidorm. Creo que allí siempre hace calor. No como aquí, con ese frío y esa lluvia. A ti te gusta el sol, ¿verdad?, pues ya lo tienes ahí. (Silencio).
Hoy tienes mejor cara. Quizás sea por el buen tiempo, porque a ti te gusta el sol, ¿verdad?. No hay nada como el calor.
(Dolores saca un pañuelo de su bolsillo y seca sus lágrimas imperceptibles hasta ese momento).
¿Quieres que abra la ventana? así podrás oler el mar. Estoy segura de que la brisa llega hasta aquí (Dolores intenta abrir la ventana, pero no puede). Olvidaba que las ventanas de los hospitales no se pueden abrir. Seguro que es mejor así. Desde aquí se puede ver cómo se mueven las palmeras. Seguro que corre viento de poniente y lo único que haría entrando aquí, sería darnos más calor. Así estamos bien, aquí hay buena temperatura. Sí, mejor así. (Silencio). Pronto será tu cumpleaños. Muy pronto. Haremos una fiesta. Una fiesta muy grande, con mucha gente. Todos, estarán todos. Decoraremos todo el jardín con esas cosas que se cuelgan de colores… Sí, esas cosas que son de papel. Vendrán todos. Todos vendrán a verte. Podrás ponerte tu vestido amarillo, ése que tanto te gusta… O mejor, llevarás un vestido nuevo. El amarillo ya lo has usado estos dos últimos años. Uno nuevo, te compraré un vestido nuevo, ¿qué me dices?. Podemos hacer un gran pastel con… chocolate. No, no, no… Olvidaba que no te gusta el chocolate. Mejor de nata y fresas… ése sí te gusta, ¿eh?. Y como ya hará mucho calor, nos bañaremos en la piscina. Bueno, tú y tus amigos. Ya sabes que a mí me da miedo meterme en el agua. (Dolores se acerca hasta la cama y desenchufa a Lola de la máquina que le ayuda a respirar. El pitido, que hasta ese momento sonaba a cada segundo, comienza a ser ininterrumpido. Dolores comienza a llorar con intensidad y se dirige hacia la ventana, de modo que vuelve a darnos la espalda). Pondremos música, podemos coger algunos de los discos que tienes en tu habitación… o si lo prefieres, contrataremos una orquesta. Será una fiesta a lo grande. Con muchas personas y esas cosas de papel que se cuelgan de los árboles. Tú llevarás un vestido nuevo. Te compraré el que más te guste. Será el mejor cumpleaños que hayas tenido jamás… (Entran dos médicos y una enfermera. Ésta agarra a Dolores y la saca de la habitación. Poco a poco la luz se va volviendo más tenue hasta que, finalmente, todo queda a oscuras).

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EL GRAN CABRÓN

(Espacio completamente diáfano. En escena, un hombre CALVO y una mujer de larga y vigorosa MELENA NEGRA).

 

I

            (El hombre CALVO acaricia suave y lentamente el cabella de la mujer. Lo palpa, lo huele).

            CALVO.- ¡Qué suave!

MELENA NEGRA.- Sigue …

(Ambos se sientan, ella se recuesta en una de las piernas de él, con el cabello extendido a lo largo de la misma).

            MELENA NEGRA.- Me relaja … Tengo sueño …

CALVO.- Duerme todo lo que necesites. Puedes descansar cuantas horas quieras.

(Sigue acariciando su MELENA NEGRA, cada vez más lentamente. Ella va quedando dormida de forma progresiva, hasta cerrar sus ojos. El CALVO empieza a pasarse su cabello por el rostro, el cuello … ¡Entra un hombre vestido de MÉDICO! … La mujer despierta. Se escucha un atronador e incómodo sonido agudo).

            CALVO.- ¿Quién es usted?, diga, ¿qué hace aquí?

(Silencio. La mujer de MELENA NEGRA se levanta y camina hacia el MÉDICO).

            CALVO.- ¿Dónde vas?, vuelve, sigue durmiendo … Te relaja …

(La mujer y el doctor se abrazan. Él besa su cabello y después lo agarra fuertemente con una de sus manos).

            CALVO.- Os voy a …

MÉDICO.- No puedes moverte.

CALVO.- (Luchando por moverse sin conseguirlo) Ese ruido … que alguien lo pare, por favor.

MÉDICO.- ¿Qué ruido? ¿Tú oyes algo?

MELENA NEGRA.- (Al médico) No. (Al hombre CALVO) No se escucha nada, cariño.

CALVO.- ¡No puedo moverme!

MÉDICO.- Parálisis psicológica …

CALVO.- Estoy cansado …

MELENA NEGRA.- Duerme todo lo que necesites cariño. Puedes descansar cuantas horas quieras.

(Los ojos del hombre CALVO se cierran progresivamente. El sonido agudo va desapareciendo, al mismo tiempo que el MÉDICO sale y la mujer de MELENA NEGRA se recuesta en el suelo, junto al hombre CALVO).

II 

(Él despierta repentinamente. Mira a su alrededor, la mira a ella … Empieza a acariciar su pelo, lo huele, lo besa … Ella se despierta).           

MELENA NEGRA.- ¿Qué?

CALVO.- Nada, me desvelé.

MELENA NEGRA.- Duérmete. Son las tres de la madrugada.

CALVO.- (Encendiendo un cigarro) No puedo dormir.

MELENA NEGRA.- ¿Vas a fumar ahora? Date un respiro …

CALVO.- Disculpa, ¿te molesta?

MELENA NEGRA.- Para dormir, sí, un poco.

CALVO.- No entiendo cómo a una fumadora puede molestarle el humo. A mí me molestan muchas cosas y no soy tan puntilloso …

MELENA NEGRA.- ¿Cómo dices?

CALVO.- Nada. Sólo quiero fumarme un cigarro.

MELENA NEGRA.- No dime, en serio, Dime, ¿a qué cosas te refieres?

CALVO.- Es una formar de hablar. Cosas, en general. A todo el mundo le molestan cosas …

MELENA NEGRA.- Claro, nada es perfecto.

CALVO.- Claro …

(El hombre CALVO disfruta la primera calada)

MELENA NEGRA.- Pero entonces, ¿te vas a poner a fumar ahora? Un día vamos a salir ardiendo en la cama …

CALVO.- (Entre dientes) A ver si es verdad …

(Silencio. Poderosas caladas de uno. Respiración profunda de la otra).

CALVO.- ¿Mañana vas otra vez al psicólogo, no?

MELENA NEGRA.- ¿Eh?

CALVO.- Que si mañana vas al psicólogo …

MELENA NEGRA.- Ya te dije que sí. ¿Es necesario hablar de eso a estas horas? Anda termina el cigarro y vamos a dormir.

CALVO.- No hacemos otra cosa que dormir … Pensé que ya habías acabado tu terapia.

MELENA NEGRA.- No, son veinte sesiones en total. Aún me faltan tres semanas. Pero ya casi estoy bien.

CALVO.- Siempre has estado bien.

MELENA NEGRA.- Son las tres de la madrugada …

CALVO.- Ya, ya sé que son las tres.

MELENA NEGRA.- Anda, vamos a dormir. (Le da un beso en la mejilla)

CALVO.- Sí, a dormir …

(Oscuro).

 

III

(El hombre CALVO se despierta, solo, sin rastro de la mujer de MELENA NEGRA. Se levanta violentamente. Entra una PAREJA, cogidos de la mano).

CALVO.- ¡Tú, traidora!

PAREJA 1.- ¿Qué?

CALVO.- (Acercándose retador) Sabía que …

PAREJA 1.- ¿Se puede saber qué demonios dice?

CALVO.- Disculpen, les he confundido.

PAREJA 1.- (Marchándose) Lo que se puede ver hoy día por la calle …

            (Vuelve a aparecer el sonido agudo. El hombre CALVO camina sin rumbo por el escenario, como un animal enjaulado. Entra otra pareja, también cogidos de la mano. Él se acerca a ellos hasta ponerse a escasos centímetros de sus caras. El sonido es cada vez más intenso. De repente, de forma brusca la PAREJA empieza reírse de él, señalándole).

            CALVO.- ¿Qué hacen? ¿Qué pasa?

(Con la misma brusquedad, la PAREJA continua caminando de forma normal)

            PAREJA 2.- ¿Le pasa algo caballero? ¿Podemos ayudarle? (Vuelven a reír, señalándole, de forma repentina)

            CALVO.- ¿Qué les hace tanta gracia?

PAREJA 2.- (Normalidad) ¿Gracia, qué? … Voy a llamar a la policía, este hombre necesita ayuda. (Risas burlonas de nuevo)

            (Por el otro lado, entra una figura de físico similar al hombre CALVO, con máscara y una enorme cornamenta reinando en su cabeza. Se queda mirándole fijamente. El hombre clavo se gira, lo mira y arremete agresivamente. EL GRAN CABRÓN le lanza al suelo de un golpe). 

            CALVO.- ¡¡¡¡Cabrón!!!!

PAREJA 2.- (Al teléfono) Sí, dice cosas raras y acaba de lanzarse contra un árbol, esta en el suelo sangrando  … Gracias. (Salen)

IV 

            (El sonido desaparece. Entran MELENA NEGRA y el MÉDICO. Le levantan del suelo y le sientan en una silla de ruedas. Después le tapan las piernas con una manta. Ella acaricia la cabeza del el hombre CALVO, que permanece abstraído).

            MÉDICO.- Todo es fruto de un cúmulo de complejos que jamás ha afrontado. Como te dije el otro día en la terapia, es necesario hablar de estas cosas con alguien. Si no, acaban reventando de la peor manera. Pero es probable que se acabe recuperando, aunque llevará tiempo. Ha tenido una crisis muy aguda.

MELENA NEGRA.- ¿Y cuál es la causa?

MÉDICO.- Aún no lo sabemos. Espero que poco a poco se vaya abriendo a nosotros, que empiece a hablar. De momento, todo son suposiciones basadas en la experiencia, pero hasta que él no hable …

(MELENA NEGRA sigue acariciando la cabeza del hombre CALVO, le da un beso en la mejilla). 

            MELENA NEGRA.- Cariño, dinos qué te pasa …

(Silencio).

            MELENA NEGRA.- ¿Por qué miras ahí tan fijamente? Sólo es un árbol …

(Silencio).

            MELENA NEGRA.- Dinos, qué …

            MÉDICO.- Déjale, no le apabulles. Poco a poco. Será un proceso largo …

(Ella se incorpora y apesadumbrada se abraza fuertemente al MÉDICO, apoyándose en su hombro. Ambos salen. Comienza a sonar el ruido agudo, esta vez de forma suave. Entra EL GRAN CABRÓN y se sitúa delante de los ojos del enfermo, a cierta distancia. Ambos se quedan mirándose fijamente … ).

(Oscuro)