BEBIENDO EN CALAVERAS Sobre Arrabal por Paz Buelta Serrano

Fernando Arrabal nos presenta su Teatro completo y con él regala un prefacio al lector, prefacio que más bien deberíamos llamar Diccionario, Constitución arrabaliana o Libro de leyes, quizás sino acto de generosidad absoluta y destape de secretos. Con total sinceridad y una cierta dosis de hermetismo Arrabal nos obsequia con las claves que le permiten escribir, ofrece sus mecanismos motores revelando los, para muchos otros, tan preciados e indecibles secretillos -verdaderamente tan personales que resultan imposibles de copiar, convirtiendo así a sus guardianes en personajillos huesudos recién salidos de un tomo cualquiera de El Señor de los Anillos-.

Desde el principio más absoluto deja clara la información a exponer; “Cuando escribo…”, y encadena uno tras otro sus actos creadores. Se deja volar y lo olvida todo estorbándole su cuerpo, aunque es a partir de él del que escribe. A partir de su experiencia física, de sus recuerdos, de sus emociones y de su imaginación, siendo esta el punto final y conglomerante de todos los demás; “el arte de combinar recuerdos”.

Al más puro estilo de proclama actual nos explica como “le llaman provocador y no lo es” puesto que no es esa su intención, así como sí lo es revelarse. Nos lo demuestra al negarse a cambiar, por imposibilidad y por no albergar ningún deseo, a pesar de los problemas que le haya podido causar.

Concluye con un esquema de dualidades con el que contrapone el pasado y el presente en repetidas ocasiones: “nada hay nuevo bajo las estrellas” junto a su visión de un nuevo mundo, ese nuevo mundo es denominado “formidable” en dos acepciones, “extraordinario” y “muy temible” -esto lo observa aplicado en su teatro, viéndose como la creación de sus propias obras-, escribe  sobre la gente que le rodea y al mismo tiempo sobre (y con) la historia de la humanidad y, finalmente añade, escribe con todo el peso y el saber de la historia y a la vez como si fuera la primera vez.

No nos presenta Arrabal, a pesar de ese cierto hermetismo aparentemente no buscado del que ya hemos hablado antes, una estructura más compleja que una exposición de argumentos seguidos uno detrás de otro. Prácticamente en cada párrafo aparece uno nuevo, a excepción de unos pocos que necesitará para extenderse en su explicación.

Así, es este un conjunto de respuestas provocadoras de un buen montón de preguntas. Preguntas de las propias, de esas que nadie puede hacerse por uno ni responder por una, de esas que son esenciales y tienden a olvidarse, de esas renovadoras experienciales, de esas preguntas de las que creemos saber la respuesta pero que para lograrlas realmente hay que rascar muy profundo y encontrar ahí abajo, en el fondo, como un hallazgo inigualable, de esas cuya respuesta marcan un antes y un después en la vida creadora de un artista. Ahí es na’. Arrabal en su acostumbrada línea apertora, desde un texto terriblemente personal nos catapulta hacia nuestra propia personalidad universalizando su mensaje. Estrambótico quizás, de tonto ni un pelo.

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REFLEXIÓN PERSONAL SOBRE “BEBIENDO EN CALAVERAS”, DE FERNANDO ARRABAL

En su “Bebiendo en calaveras” , el artista Fernando Arrabal nos habla, desde un punto de vista muy personal, de su forma de entender el acto creativo. No en vano, el texto supone la introducción a la edición de sus obras completas. De este modo, a lo largo del mismo, el escritor y cineasta plantea varias dualidades íntimamente relacionadas con su actividad:

En primer lugar, la doble dimensión del artista: Como creador absoluto, es decir, un dios capaz de generar una obra de la nada, pero al mismo tiempo preso de esa necesidad expresiva, de la que para bien o para mal, no puede escapar. Por eso el verdadero artista se ve obligado a escribir, pintar o filmar desde el alma, desnudando los aspectos más ocultos de la misma. De lo contrario, sólo será un mero artesano de su oficio.

Dios y preso al mismo tiempo, y generador de belleza y horror simultáneas. Belleza y horror que en ocasiones llegan a fundirse de manera indivisible e incluso pueden llegar a no diferenciarse la una del otro. Lo bello puede ser horroroso y viceversa. El amor edípico que se desprende en la relación de niño con su madre, o el castigo sufrido por su padre al oponerse a un régimen dictatorial, son buenos ejemplos de ello y obsesión del autor durante toda su obra.

En relación con lo anterior, el compromiso artístico de transmitir la verdad, de igual modo, provoca una nueva dualidad. La verdad como reproducción de la realidad que pueden captar nuestros sentidos, o bien, la que subyace de la esencia de las cosas, de lo que no se ve, de lo más soterrado, y quizá por eso mismo, de lo más verdadero. Pero resulta complicado llegar a tal punto de sinceridad. Personalmente, pienso que es indiscutible que Arrabal lo ha alcanzado en diversas ocasiones. Pero el autor va más allá y de sus palabras se desprende la idea de que no basta con transmitir esa verdad esencial. Hay que transformarla bajo el filtro de la imaginación, de ese “arte de combinar recuerdos”.

Y también cabe añadirle, o mejor, también cabe combinarla con los conocimientos intelectuales o científicos y la experiencia del creador. La expresión artística nace de dicha combinación. Cuando la verdad esencial, la inspiración y el conocimiento se fusionan de manera equilibrada, aparece el Arte.

Por último, “Bebiendo en calaveras” añade una reflexión acerca de la diferencia entre el escritor que adquiere un fiel compromiso con los poderes culturales establecidos, y el que opta por una actitud más rebelde. Arrabal es un caso extraño, puesto que a pesar de que se obra apunta claramente en la segunda dirección, su rendimiento comercial – como él mismo dice en el texto que nos ocupa – ha sido satisfactorio. Pero en resumidas cuentas, lo más importante es que siguiendo esa segunda dirección, la creación artística suele resultar más gozosa, aunque en ocasiones a uno le puedan tildar de provocador. Pero, ¿dónde están los límites entre la trasgresión y el escándalo tramposo? Quizá haya que llamarse Fernando Arrabal para saberlo.

Sobre BEBIENDO EN CALAVERAS de Fernando Arrabal

Cuando la belleza o el horror son las últimas expresiones de lo verdadero las aventuras iconoclastas me seducen. Incluso si delante de mí pasa la vida, como un arroyo en un anubarrado atardecer sombrío.

Fernando Arrabal
Bebiendo en calaveras

Solo podemos beber en calaveras. Así recibimos el flujo eterno o, dicho de un modo menos religioso, la tradición, el trabajo de los viejos y la suerte de los hombres que nos han precedido. Este culto a los muertos es el fundamento del trabajo del artista; esta es la fuente de la inspiración, cuyo estado perfecto es, en Arrabal, la imaginación o el arte de combinar recuerdos. Porque, al fin y al cabo, la obra es el reflejo de las peripecias del minúsculo grupo que rodea al creador y que se conjura en la memoria, y que camina en paralelo a la historia de la Humanidad, formándola y negándola.

Este minúsculo grupo -¿acaso es esto “la realidad”?- se mueve entre la belleza y el horror y el dramaturgo obedece como un siervo a sus fluctuaciones y es dios del Olimpo y prisionero aterrado en su calabozo de tinieblas. El escándalo y la persecución son las consecuencias políticas de la obra y obedecen a la impresión que guarden del artista aquellos que nos hacen felices gobernando; por lo que no debe extrañarnos que Arrabal los despache con cierto desdén. La iconoclasia llega sola, es la manera de sentarse ante el arroyo que, en el atardecer sombrío, no refleja un cielo azul. En verdad, Arrabal, como él mismo dice, si siquiera es perseguido: obra que escribe, obra que es publicada y estrenada. No pueden decir lo mismo aquellos que nos hacen felices escribiendo.

Hay en Arrabal el abandono de los monjes. Cuando un poeta cree de verdad lo que dice, el efecto es parecido al de la vía ascética en los religiosos. El mundo exterior, por contraste, y la propia conciencia acaban separando al poeta –al dramaturgo- del desarrollo cotidiano de los placeres y los acontecimientos, aunque se dedique a celebrarlos. Lo verdadero, para Fernando Arrabal, se expresa en la belleza y el horror, que se convierten en el territorio inevitablemente favorito del poeta. Todo lo demás, que es donde se mueve el mundo ordinario, son medias tintas y espacios poco fértiles, perfecto para los dramaturgos acomodados y complacientes. La búsqueda del ideal se convierte en una declaración de guerra porque va más allá de lo convenido. Belleza y horror no son palabras decorativas en el teatro arrabaliano, sino que son un compromiso estético del autor: se las cree, como se las creía Rilke, otro exiliado.

Yo no sé combinar recuerdos. Me he formado en la ocultación y no en el desvelo de lo propio. Hay que superar una poética excesivamente frívola, con la que nos hemos educado anteriormente, y que se nos sigue proponiendo como la más pura, auténtica y limpia –pues nos lleva a no decir nada, pero a repetir mucho-, y trabajar con la inocencia del niño una memoria abandonada. Es decir, tenemos que encontrar nuestro compromiso, el valle que atraviesa nuestro arroyo.

BEBIENDO EN CALAVERAS con Fernando Arrabal

Fernando Arrabal nos invita en Bebiendo en calaveras (Prefacio a su Teatro completo) a una comunión exegética con su teatro. Nos apunta, a modo de poética, la liturgia creadora a la que va encaminada la transubstanciación teatral. Y al éxtasis, que no a la catarsis. El teatro de Arrabal es pura bacanal, lo cual, en cierto sentido, suena redundante.

Un ritual nada proselitista siempre y cuando nos desposeamos de nuestros tabúes culturales.

Horada con la pluma en su pecho, como el pelícano hace con su pico, para amamantarnos con palabras llenas de veneno. Porque ponen patas arriba nuestra acomodada conciencia y nuestra obnubilada consciencia. ¡Qué provocación!

Arrabal no es un Hércules que cambie de pellejo, ni siquiera se lo propone. Ni tiene inconveniente en desnudarse, a pelo, sin metáforas. Su arte no es de provocación, sino de invitación a la ruptura de un orden simbólico castrante.

Es un filosófago, un neurorrebelde, un cienciálgico… un amante enloquecido, un inspirado. “Pero no sólo de inspiración vive el… autor”. Ahondar en lo intelectual, en lo artístico, en lo instintivo, debe generar un tipo de espectáculo nuevo, de  alcance imponderable; “For me, formidable”.

De modo que la propia obra de arte (teatral) sirve como resorte para invertir el mecanismo y convertir al dramaturgo en su propia creación.

¡Pon otra ronda, maestro!

El ADN Arrabaliense

“Cuando escribo mi cuerpo planea como la gaviota que se eleva con la brisa y tiembla de gusto… ¡o de susto!” así comienza arrabal en su prefacio al Teatro completo, y al leer sus obras, precisamente, el gusto y el susto se entremezclan sobrecogiendo al lector, necesitando después de nuevas lecturas para así encontrar los significados que se nos quedaron entre líneas. Si consideramos al Teatro Completo de Arrabal como su propio hogar, allí donde reside su alma, su esencia, sus propias experiencias en la vida, sus miedos, sus anhelos, sus fracasos y triunfos, el prefacio del mismo autor es como la alfombra de Bienvenida que muchos hogares tienen antes de entrar a sus dependencias. Arrabal planea como una gaviota, otros autores se sienten caballos desbocados y libres frente a una pradera verde por explorar; otros, peces arrojados al mar sin muros de cristal que impidan su nado. La gaviota, al igual que el caballo o el pez simbolizan la libertad, el libre albedrio del autor a la hora de jugar con las palabras. Volar, correr y nadar, no sólo representan la libertad sino que son acciones, puro movimiento físico, aunque la acción de escribir conlleva más un movimiento psíquico que físico, sin olvidar que, antes de poner las letras sobre el papel, hemos tenido que vivir lo que queremos contar, o por lo menos (valga la redundancia) nos lo han tenido que contar. Todos los autores han y seguirán “bebiendo en calaveras”, porque el teatro a pesar de estar vivo (porque son actores y actrices vivos los que representan las funciones) muere cuando cae el telón. El teatro es vida y muerte en la misma medida que lo es el hombre. El teatro es muerte porque el dramaturgo escribe sobre cenizas, o mejor dicho, con las cenizas de nuestras emociones y recuerdos ¿qué es el teatro sino un cruel pero bonito reflejo de la realidad que nos rodea? Y cuando digo realidad me refiero tanto a lo que se ve como a lo que no se ve, a lo que existe y a lo que no, a lo que fue y a lo que está por llegar. El prefacio arrabalino es una especie de excusez-moi al lector, es como el prospecto de un medicamento donde aparece su composición, indicaciones, contraindicaciones y precauciones. El prefacio se convierte en el prospecto del viaje iniciático a través de sus obras “Mi teatro es el reflejo de las peripecias del minúsculo grupo que me rodea y de la historia de la Humanidad. Sólo puedo beber en calaveras. Pero cada vez que comienzo una obra retorno a la tierra virgen y al momento prodigioso de la primera vez” quizás, lo que magnifica el teatro de Arrabal, es la capacidad que tiene de escribir sus obras como si fuera la primera vez que alzara el vuelo sobre el papel. Arrabal es un esclavo más de la realidad que nos ha tocado vivir, pero escribir le hace sentirse libre.

Aproximación arrabaliana por Javier Sahuquillo

Podemos entresacar de este texto que la intención del autor es reflexionar sobre las obras que se publican en el tomo Teatro completo y justificar el contenido que el lector se encontrará. En definitiva, considero que se Arrabal refleja en esta breve introducción las líneas de su poética y sus mecanismos de escritura.

El autor comparte que son dos las flechas que le impulsan a escribir: su fisicidad, su propia naturaleza, centrado en un instinto incapaz de controlar y la escucha de su yo interior que se ha creado con el tiempo y su experiencia. Es esta segunda parte algo más elaborado, es el universo del autor que se ha ido creando poco a poco y con el transcurso del tiempo. Es fondo y forma, donde el fondo sería lo aprendido mientras que la forma sería el a priori kantiano. Además el escritor fundamenta su creación en dos pilares: el pasado y la imaginación. Sin embargo, su teatro ha sido etiquetado de provocador y escandaloso sin pretensión ninguna por parte del autor de adquirir tales adjetivos. Concluye con la ausencia de originalidad que a la que el autor debe enfrentarse a pesar de que ello no impida que, en su opinión, se produzca un renacimiento cultural y formidable. En definitiva, debemos entender el teatro de Arrabal como un teatro de la experiencia, en un sentido platónico, ya que parte, por un lado, de su experiencia personal y propia y su aprendizaje sobre el mundo pero a su vez se ancla a toda la historia de la humanidad.

Siempre es interesante descubrir que percepción tiene el autor sobre sí mismo, ver cómo se autoanaliza y aprender de ello. Las dos herramientas que Arrabal cuenta que usa en su proceso de escritura son, como hemos señalado, el pasado y la imaginación. Esto me lleva a reflexionar sobre la influencia de estos dos útiles en mi propia creación. Sin duda, las cosas que hemos vivido a lo largo de nuestro paso por el mundo son importantes, sobre todo, no tanto para convertirnos en Jack Kerouac y escribir novelas experienciales despojadas de toda intención literaria, si no, sobre todo, porque nuestro pasado influye, o eso creo, en la elección de nuestros temas. Los temas para el autor son esas pequeñas obsesiones que tienden a repetirse a lo largo de su creación. No siempre aparecen todos los temas en todas las obras, en unas aparecen de forma velada, en otras amplificada, en otras son el centro de ese universo literario mientras que en otras piezas sólo aparecen de forma tangencial. ¿Cuáles son mis temas? ¿De qué forma recurro a ellos? ¿En qué medida están vinculados con mi pasado? Son preguntas que debo responder a tenor de esta lectura.

Arrabal define la imaginación como “el arte de combinar recuerdos”. Es decir, interpreto este punto como la capacidad de colocar de forma adecuada y atractiva tanto esas vivencias pasadas, esas experiencias, junto a las influencias de la formación (lecturas, exposiciones visitadas, reflexiones, puestas en escena…). Sin embargo, esto deja de lado, o parece hacerlo, a esa otra señora que visitaba a Pirandello: la fantasía. Creo que esta otra dama debe ser tenida en cuenta ya que es fundamental, a mi parecer, que el autor tenga estas visitas ya que un creador que no se imbuye en la fantasía sólo obtendrá una creación terrenal y en muchos momentos vacua. Esto no implica que el vacío no se adueñe de la fantasía pero al menos ésta lo disfraza mejor. Además considero que la imaginación es algo que debe ser constantemente alimentado y que tiene ciertos límites que la fantasía no tiene. En mi imaginario la imaginación, valga la redundancia, es una combinación entre ese arte de combinar recuerdos y lo fantástico que le otorga una infinitud propia de cualquier ansia imperialista.

Al margen de los inputs creativos que puedo atrapar de las palabras del escritor melillense también es interesante la forma en que él valora la percepción que se tiene de su teatro. Lo tildan de provocador y escandaloso cuando para él no es nada más que la traslación textual de su imaginario y su pasado. No busca ser un provocador ni alguien perseguido simplemente expone su mundo interior. Este mundo no sólo se crea por la inspiración sino también por su moral, por su forma de entender el bien y el mal. En cierta medida, Arrabal se siente incomprendido aunque su teatro se edite o represente con facilidad.

Por último, comentar su reflexión final “Mi teatro es reflejo de las peripecias del minúsculo grupo que me rodea y de la historia de la Humanidad” nos remonta a los escritores de tertulia y, en definitiva, a lo que Stanley Fish denomina comunidad interpretativa. Esto es algo que queda muy de soslayo en el prefacio arrabaliano pero que a mí me interesa especialmente ya que todo escritor, y especialmente el escritor de teatro, debe ser un ser social y rodearse de colegas con los que compartir materiales, ideas, vinos y experiencias que enriquezcan su pasado y su imaginación.

Acerca de “Bebiendo en calaveras” de Fernando Arrabal por África Romera Pérez

En el texto “Bebiendo en calaveras” de Fernando Arrabal, el autor hace una reflexión personal sobre las diferentes fuentes de inspiración que los autores (entendiéndose autores como artistas de todos los ámbitos) toman como referencia para llevar a cabo su trabajo.
El propio Fernando habla de que algunas de las fuentes que él ha utilizado han sido su propia imaginación o la fantasía, combinada con recuerdos para llegar a escribir algunos de sus textos.

No sé muy bien cuál es la fuente de inspiración que me ayuda a mí a comenzar a escribir un texto.
A menudo son palabras, situaciones, noticias, recuerdos, que mezclados con un toque de fantasía hacen que en mi cabeza empiece a florecer lo que podría ser el inicio de una historia.
A veces es una sensación que trasladada a un personaje comienza a cobrar una vida más tangible que puede acabar siendo un texto teatral.

Fernando nos habla también de la necesidad de combinar inspiración con conocimiento para desarrollar un texto teatral.
Sin duda creo que no sólo con inspiración se puede crear un obra de teatro. Para ello, también es necesario investigar sobre el tema, sobre ese uno u otro tipo de personajes, ésta u otra época.
Sería un tanto kamikaze alguien que comienza a escribir sin haber antes investigado sobre lo que pretende crear.

Arrabal habla sobre la creación de un teatro provocador y escandaloso, tal y como, a veces, han calificado su teatro.
No sé muy bien a qué se refiere la crítica o el público en general cuando hablan de teatro con esta clase de calificaciones:
Provocador y escandaloso. Quizás bautizan así a toda obra que consideran políticamente incorrecta y que daña su sensibilidad por no ser lo que sus oídos o sus ojos esperan encontrar.
Aunque, cierto es que, creo que cuando un texto es provocador o escandaloso no debe serlo por el mero hecho de llamar la atención para que la gente hable de él (aunque sea mal), sino porque el autor tiene la necesidad y el deseo de poner en palabras de un grupo de personajes, un hecho, una historia, algo que considera que la gente debe saber, deber escuchar.
Recuerdo que hace un par de años me invitaron al Matadero a ver un montaje de un director argentino renombrado. La obra iba sobre dos chicos jóvenes, de unos treinta años, que se desnudaban, tocaban una guitarra eléctrica desafinada enchufada a unos amplificadores que ensordecían a todo el público y que, en un momento de la obra, golpeaban con los pies una caja de cartón llena de pollitos vivos.
¿Escandaloso?, ¿provocador?, supongo que sí. ¿Espantoso?, ¿dañino?, por supuesto que también.
Creo en el teatro para modificar la conciencia social, para educar, para reeducar, pero no para dañar de manera gratuita e injustificada.