RENOVARSE O MORIR Sobre Francisco Nieva por Paz Buelta Serrano

En el presente artículo se exponen los motivos  por los que según el autor, Francisco Nieva, se escribe: por gusto, por no poder evitarlo, “por condenación”.

Para justificarlo expone su argumentario de hombre ducho en mil batallas; nos habla de la utilidad del escritor en el siglo pasado ya desaparecida al ser sustituida por las nuevas tecnologías, la falta de público (lectores) que siga a un escritor, el exceso de obras ya escritas, el acto de publicar como “pura auto-gratificación” y la falta de tiempo para poder leer tanto como se publica. Confecciona de este modo un artículo en el que parece proponer una estructura de pregunta-respuesta al darnos, entre medias de sus argumentos, la solución posible para el escritor. Ni más ni menos que reducirse a la simiente más pequeña y al uso más antiguo de este arte: escribir “sin aspirar inmediatamente a nada más”. Para ello convoca a los poetas, como máximos adalides de este uso, recordándonos lo poco habitual de la consulta de este arte.

Finalmente concluye indicando los elementos necesarios para que la escritura retomase su trascendencia, uniendo sus dos grandes reflexiones previas: gente más culta que leyera menos y un escritor consciente de su probable falta de trascendencia sin que ello afectara a sus textos.

Este artículo desprende experiencia y duros años de trabajo sin ver sus expectativas cumplidas –a pesar de firmar como miembro de la Real Academia Española, o precisamente por ello-, lo que rellena todas sus líneas de una tristeza y una crítica que le confieren un peso difícil de cargar.

Quizá se repita en varias ocasiones dando informaciones muy similares con distintas palabras, o mezcle los argumentos de la pregunta con los de su respuesta, pero tras todo esto se deja sentir el dolor real del autor tanto como las preguntas que nos provoca, las reflexiones necesarias que precisan llevarse a cabo en esta época de cambios rápidos, fast food y 15 minutos de fama. Nos hace preguntarnos por qué y para qué escribir, pero principalmente emana una duda natural de nuestro tiempo y con ella una necesidad de resolverla; ¿Cuál es la nueva posición de la literatura en esta sociedad? ¿Cuál su utilidad? ¿Por qué su necesidad? ¿Qué nos ofrece? ¿Dónde encuadrarla? ¿Cómo conseguir que vuelva a interesar a pesar de las nuevas tecnologías y su rapidez?

En esta, nuestra era tecnológica, son muchas las necesidades obsoletas y las nuevas creadas en consecuencia -además de las falsas que se cuelan sin pedir permiso- y apenas tenemos tiempo de diferenciarlas. Nieva nos alumbra -desde un artículo que en nuestra sociedad se consideraría del pasado- y provoca a nuestro necesidad creativa para que logremos encontrar, o crear, el nuevo hueco en las vidas de la gente. Nos incita a despertar, que ya hace tiempo que sonó el despertador.

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Donde corre la pluma

¿Por qué y para qué escribir? ¿Qué tensiones internas (inevitables) nos obligan a colocar pensamientos en palabras visibles por los demás?, y sobretodo, ¿porqué escribimos hoy?
De los numerosos caminos que tendríamos para hacernos un adosado en la eternidad , es el de la escritura el más banalizado, tanto por el exceso de bagaje anterior a nosotros, como por el inmenso río de palabras que empapan el mundo a cada rato.
Es importante desgajarnos del artista monolítico. de la gloria y de las estúpidas palmadas en la espalda que parece queramos recibir desde el primer momento en que nos tomamos una creación propia medianamente en serio. Con esa mochila de piedras, jamás podremos conectar con lo que tenemos que decir. En cambio, nos será harto difícil no caer en la necesidad de decir lo que el otro quiere escuchar.
Nieva analiza ,con un ojo en sus propias experiencias, la belleza y el yo de los escritores.
Nuestro ego es salvaje , desobediente, y mediante un sano proceso de autoconocimiento, hemos de domarlo.
El poeta (o el artista) es aquel que monta sobre su ego, sobre su yo, con la seguridad de tenerlo dominado, pensando en llegar a algún lugar impronunciable. El camino trazado por las huellas de ese raro corcel, no han de ser lugar de peregrinación. Llega tú y cuando los demás sólo vean tu espalda alejándose, quizá se den codazos y se digan uno a otros: “- Mira ese loco…¿a dónde irá?.”

Sobre UN OFICIO SIN IMPORTANCIA de Francisco Nieva

Francisco Nieva, en Un oficio sin importancia, presenta la creación poética como una condenación. La misma visión del trabajo del creador literario ofrecen Baudelaire o Truman Capote. Si leemos al primero, concibe el don de la poesía como una especie de castigo de las potencias supremas, que condenan al poeta –y a su desgraciada madre- al hambre y la mendicidad. Para el segundo, es igualmente la literatura garantía de marginalidad y desgracia, quizás por el compromiso que adquiere el artista con la verdad que lo enfrenta a la mayoría circundante. Nieva, en su continuo juego entre la frivolidad y el éxtasis, adopta superficialmente una actitud práctica, que deja ver, si escudriñamos pacientemente, el verdadero rostro terrible de la escritura. La función social del escritor –el “servicio público”- que alguna vez cumplió, actualmente se encuentra anulado, como resultado de la vigencia de los grandes medios de comunicación. Podemos entender que la mera función estética o poética del lenguaje, para el autor del artículo, está igualmente sometida a la función social o práctica. De este modo, el oficio del escritor pierde importancia social y, por tanto, incidencia, y pasa a ser un mero capricho: se escribe, pues, “por gusto”. He aquí la condenación, pues nos encontramos que nuestro “gusto” o nuestra necesidad choca con la realidad práctica, ajena totalmente a un oficio que considera obsoleto. Así, la escritura no complace más que a su escritor y su ceremonia de entrada al mundo –la publicación- es “pura autogratificación”.

Solo el poeta, que escribe para el silencio, es “quien mejor se salva al final”. Su obra está condenada al cajón o, en el mejor de los casos, al escondite en una biblioteca, y “no aspira inmediatamente a nada más”. Alguien podrá toparse con un poema de aquellos que el autor compuso por la felicidad de su propia alma, y será una iluminación; pero no podemos pretender vivir rodeados de hermosos poemas, pues perderíamos, según Francisco Nieva, la capacidad de apreciar, por comparación su belleza. Sería también para Rilke, este, un mundo insoportable, pues seríamos incapaces de soportar el roce constante de la belleza, que nos debe ser transmitida en dosis controladas.

Al final, el autor nos muestra un mundo atiborrado de obras maestras, con lo cual nos enfrenta a una pregunta de moda desde finales del siglo XX: ¿asistimos al fin del arte? Que el arte haya alcanzado su fin no responde a que los artistas no sepan ya qué camino elegir, sino a que, como creo que afirma el artículo, el artista ha perdido la comunicación con el mundo al que debiera servir.

Que la belleza deba ser repartida en sabias dosis o que las obras de arte agobian al mundo son conclusiones que comparto y me parecen enseñanzas que deberíamos tener en cuenta. Pero ante todo, este artículo, cuyo tono pesimista no comparto, me enfrenta a la cuestión del fin del arte. ¿Qué hace hoy un artista? Esta pregunta me parece más importante que estar de acuerdo o no con algunas opiniones o conclusiones. Que el escritor se deba a su oficio con “el descompromiso del poeta”, conforme con que su obra se pierda en las oscuridades del tiempo, no es, desde mi punto de vista, una respuesta válida, pues implica el abandono. Adoptar esta actitud significa renunciar a encontrar de nuevo la función social, el servicio público que corresponde al escritor en el tiempo en que vive y en el que sobrevendrá a su muerte.

Sobre UN OFICIO SIN IMPORTANCIA de Francisco Nieva

Sintetizar lo abstracto es complicado, tanto como expresar con palabras las pasiones, las inquietudes, las contradicciones… en definitiva: la esencia de lo humano. Sería poco más que “dar a la caza alcance”. ¿El Arte? –¿morirte de frío?- . Las palabras, por sí solas, acotan, dicen lo que dicen; combinadas explotan, quieren decir, pero también dicen. La impresión será más pura cuanto mejor se alineen, resultando inasible para el torpe el sfumatto. Éste es resultado inevitable del “amoroso lance” del escritor, del artista; que no padece, ni goza, el escribiente, el artesano.

            Francisco Nieva lo es, un artista, porque conoce el oficio, un oficio sin importancia, pero, sobre todo, porque posee la mística de la habilidad de la combinación filológica. Y la reivindica, y la exige para todo aquél que se considere escritor.

            Pudiéramos decir que Nieva nos advierte sobre que el hombre que no tiene consciencia de sí como artista no es sino un artesano. Y parecería prepotente, incluso obsceno, pero nada más lejos de la realidad. Cuidado. La hondura artística se mide por la actitud de honestidad del genio para consigo y para con su obra. Un escritor no escribe para granjearse fortuna, o fama, o amistades (y enemistades, que suelen resultar más provechosas), ése no es su fin cuando escribe; pueden ser las anteriores glorias, a lo más, un resultado incontrolable de su creación. Un escritor escribe porque ha aceptado su sacrificio, un escribiente su oficio.

            Por eso que el manchego nos hable de “condenación” en una clave que roza el masoquismo: como si el escritor hubiese sido castigado por los dioses a enfrentarse constantemente al horror vacui del papel en blanco (o de la hoja de Word) y se regocijara en ello una y otra vez, una y otra vez, en un bucle verbal infinito.

            Sin embargo, algunos han dominado, y dominan, tan bien las “malas artes” del oficio que han llegado a confundir las miasmas de su ego con el olor de santidad del Arte. Un oficio utilísimo antes, durante y después del parto del microchip.

            No deja de advertirnos de una manera ladina, y con una evidente ironía trágica, sobre los peligros que entrañan las obras de estos apestados, que okupan nuestro tiempo y, lo que es peor, espacio nuestras estanterías. Se nos ha pedido tantas veces la atención sobre ésta o aquella exquisitez literaria sublimada que nos hemos visto abocados a devorar palabras “bífidas”, es decir, que aligeran el tránsito intestinal, pero nada más.

            El valor de lo artístico se manifiesta al descubrir, con violenta perplejidad, la utilidad humanitaria de la chef d’oeuvre.

La Mancha, tierra de vinos, es también tierra de Nieva. Un autor criado a la intemperie de la estrechez de miras de sus paisanos, pero fermentado en el seno de una familia de la burguesía culta, lo cual se evidencia en una epidermis moral más sensible que le consiente alcanzar una delicadeza de matices muy particular y excepcional.

Conserva una concepción bastante socrática del artista, y de su responsabilidad filantrópica, muy en la línea de la estética ruskiniana, y de todos los románticos de un tiempo a esta parte. Pero exagera, no sin cierta amargura, a la hora de despojar al artista de su neo-ontológica ansia de transcendencia. El escritor es consciente del peso de los “tipos móviles” en la memoria colectiva, en la formación de un imaginario, en la reformulación permanente del hecho humano.

El poeta no es tampoco una madre desnaturalizada que repudia el verso una vez parido, condenándolo a un limbo del que la casualidad, si por casualidad se manifestara, debiera devolvérnoslo para así participar de su lozanía artística.

No solo la nada asegura la supervivencia. Si los héroes son eternos porque mueren tantas veces como su historia es recordada, los escritores son eternos precisamente porque traspasaron la frontera de la nada con decidida fiereza y nos dejaron su rúbrica al pie de un “nenikekamen” al oficio.

De mayor quiero ser poeta o un oficio sin importancia

-¿Y tú, qué quieres ser de mayor?-. A todos nos han hecho alguna vez esa pregunta cuando éramos niños y todos teníamos muy claro lo que íbamos a ser de mayores aunque pocos hemos terminado siendo lo que queríamos ser. Si un niño le dice a su madre que de mayor quiere ser poeta, ésta le dirá que no diga tonterías, que piense en algo serio y que tenga salidas laborales; las madres no siempre tienen razón, pero pocas veces se equivocan. Hoy día queremos ser lo que sea con tal de trabajar poco y ganar mucho; por eso, la figura del escritor dentro de esta sociedad donde todo el mundo escribe, se ha convertido en una figura utópica. Nieva dice “sólo un tonto bien deformado por el mundo puede pensar que, al escribir un poema, se esté labrando <> económico. Es el `porvenir de su alma lo que el poeta persigue, su propio hallazgo y su real decantación” por eso, es conveniente que el escritor (periodistas, blogueros, críticos, dramaturgos…) “no se creyera tal y escribiera con el descompromiso del poeta, en la conformidad de que su obra se perdiera en las sombras y eso no afectara para nada a su personalidad”. No se debe escribir para engordar la biblioteca universal ya que en “la cultura occidental es una forma de entender muy mal el sentido profundo que aún pueda tener el <>” por eso, todo escritor debe tener un poeta dentro capaz de desarmar nuestros miedos y combatir con nuestro ego.

Guillem Bellido

REFLEXIÓN PERSONAL SOBRE EL ARTÍCULO “UN OFICIO SIN IMPORTANCIA”, DE FRANCISCO NIEVA

En el artículo “Un oficio sin importancia”, publicado en “La Razón” el veintiuno de Mayo del año dos mil, el notorio dramaturgo y miembro de la Real Academia Española, Francisco Nieva, plantea una de las cuestiones que creo, todo escritor y por extensión todo artista, se ha formulado en alguna ocasión: ¿por qué se escribe?, o acaso, ¿para qué se escribe?, teniendo en cuenta en todo momento el contexto actual del mundo social, cultural y artístico en que vivimos.

Y al parecer Nieva lo tiene muy claro. Se debe escribir por gusto y no por necesidad. A este asunto dedica la primera parte del artículo, en la que expone como el paso de los siglos y la aparición de innumerables – y en muchas ocasiones empachosos – medios de comunicación, han atentado de forma definitiva contra lo que el autor denomina “utilidad práctica del oficio de escritor”. Y para reafirmar su idea, lanza al aire una pregunta cuanto menos inquietante para cualquier amante de la escritura: “¿qué le puede importar a nadie una extemporánea muestra de subjetividad literaria, que no demuestra otro designio que complacer al propio escritor?”

Esta reflexión lleva al autor de “Nosferatu” o Manuscrito encontrado en Zaragoza” a una conclusión: el poeta es, de todos los que escriben, el que lo hace con mayor sentido para si mismo. Y lo es porque según Nieva, nadie en su sano juicio puede aspirar a vivir de la poesía. Por tanto, esa capacidad del poeta para crear despojado de ataduras comerciales, de tomar la pluma o el ordenador únicamente “por gusto”, sin ninguna aspiración posterior más allá de la de alimentar su propia alma, es la que le otorga la capacidad de escribir en plena libertad. También habla Nieva sobre el discutible criterio de nuestro tiempo a la hora de valorar lo que es o no una obra maestra. Y relaciona esto de manera sutil pero directa, con la falta de cultura literaria del grueso de una población, que según el autor, lee mucho pero quizá escoge muy mal lo que lee. De esta forma, brotan sin cesar esas discutibles “obras maestras”.

Personalmente encuentro revelador el artículo de Nieva, más en el sentido de lo que plantea y la forma en que lo hace, que en las conclusiones extraídas por el autor. Y esto es porque pienso que dicho artículo posee mayor valor como incitador a la reflexión personal sobre las cuestiones expuestas, que como respuesta contundente a las mismas. Pienso que la respuesta a las preguntas que se plantean al inicio no pueden responderse de una sola manera. Cada escritor, ya sea renombrado, aspirante o potencial, vive rodeado de unas condiciones vitales muy diferentes, y mientras algunos pueden permitirse el lujo escribir por mero gusto, otros no tienen esa suerte.

Difiero con el dramaturgo en su planteamiento de la escritura como algo que no aporta una utilidad práctica a nivel social. Aunque a nivel informativo haya perdido dicha función, o más bien haya sido reemplazada por otros medios, en el terreno cultural se me antoja que la literatura ha jugado, juega y jugará un papel fundamental siempre. Y es aquí donde coincido plenamente con el autor. La clave es que no se equivoque la literatura con el panfleto, o lo que es lo mismo, que el lector no caiga en la trampa de pensar estar aumentando su nivel cultural al leer “obras maestras de pacotilla”, cuya maestría ha sido generada en muchas ocasiones por la que sí poseen los encargados de los departamentos de marketing de dichas obras. Aquí lo complicado es diferenciar cuando estamos ante una de estas “obras maestras de pacotilla”, pero creo que esto es algo que no resolverá jamás a nivel global, pero sí puede resolverse a nivel individual.

Por último, no quiero acabar esta reflexión sin citar otro aspecto que subyace del texto de Nieva, muy relacionado con todo lo anterior, y que siempre me ha interesado muchísimo. La existencia de una censura comercial cada vez más acuciante, que como vino a decir el genial Víctor Erice “nos maniata a nivel artístico mucho más que la olvidable y pasada censura política”

Reflexión sobre “Un oficio sin importancia” de Francisco Nieva por África Romera Pérez

En el texto propuesto, el autor Francisco Nieva, nos habla, tal y como dice el título, de la insignificancia del oficio del escritor.
Nieva expone la idea de que un escritor debe realizar su oficio por gusto, pero no por necesidad. Aunque a veces, ese gusto se pueda convertir en una condena.
También nos habla de la necesidad que tiene el escritor de manifestar a través de su escritura, su enorme ego. Poca importancia puede tener una obra más o menos, y estará equivocado aquel que piense que gracias a sus textos, el mundo heredará una obra de arte.
Podríamos dividir la estructura del texto en tres partes: En la primera de ellas, Nieva nos habla de la insignificancia de ser escritor. En la segunda, habla del poeta como el que mejor parado sale en el mundo literario. Habla de que los poemas,desde el punto de vista de la belleza, deben tomarse en pequeñas dosis. De lo contrario, sería insoportable.
Finalmente, en la última parte, el autor menciona la gran cantidad de basura literaria que inundan nuestras bibliotecas.
El texto acaba haciendo apología de la humildad en la literatura universal.
Con este texto, Nieva hace una petición de honestidad a todo aquel que se dedique o quiera dedicarse al mundo literario.
Intenta enseñarnos cuál considera que es el camino acertado para no tener grandes pretensiones y acabar decepcionados.

Lo cierto es que, tras leer en varias ocasiones el texto de Francisco Nieva, he llegado a la conclusión de que estoy de acuerdo con él, en la mayoría de las ideas que expone.
Creo esencial no forzar la escritura, y el arte en general, a ser algo que por naturaleza no es. Creo que si un escritor consigue crear una obra maestra, no será porque desde la primera letra ha puesto todo su empeño en que así sea.
Al igual que Nieva, creo en el gusto por lo que uno hace, sin pretensiones de que llegue a algo más. No digo que sea malo tenerlas, sino que es importante ser objetivo y realista.
Soy de la opinión de que si fuerzas algo, no fluye y, por lo tanto, no sale bien.