REFLEXIÓN PERSONAL SOBRE EL ÁRTICULO “POR QUÉ SE ESCRIBE”, DE MARÍA ZAMBRANO

Nuevamente se plantea aquí la vieja cuestión. Como siempre digo ante esta pregunta, creo que no hay una respuesta universal, ni mucho menos. Cada uno escribe por algo que sólo él sabe, muchas veces ni eso. Y en mi caso, esto es fruto de una pulsión, de un gusto, de una atracción y de una necesidad.

 

            En mi opinión no hay que darle demasiadas vueltas a este tema. Es algo así como preguntarse por qué se ama a alguien o a algo. Probablemente se pueden dar algunos argumentos racionales, pero la esencia especial, lo verdaderamente profundo que existe cuando se ama algo, no se puede explicar ni racionalizar. Aquí, desde mi punto de vista, pasa lo mismo.

 

            María Zambrano, como anteriormente otros autores importantes de los que hemos leído artículos similares, expone su teoría. Pero, como he dicho al principio, es la suya y pienso que únicamente sirve para ella. No obstante, de sus reflexiones se pueden sacar algunos planteamientos interesantes, independientemente de que se esté o no de acuerdo con ellos.

 

              La escritura parte de la soledad. Según la autora, el escritor debe defender su soledad, ya que de ese aislamiento nace la acción de escribir. Desde mi punto de vista, la soledad permanente (que es la que se plantea aquí) no es necesaria para la escritura. Sin embargo, creo que existen momentos de soledad necesaria, de reflexión innegociablemente individual, imprescindibles para la misma.

 

            A pesar de mantener a la palabra como elemento común, escribir y hablar son prácticamente lo opuesto. Este es, en mi opinión, el punto más importante y enriquecedor del artículo. Cuando se habla, se dicen muchas cosas y de muchas formas. Generalmente son reacciones instantáneas que no pasan por ningún tipo de filtro artístico o expresivo. Cuando se escribe, estas reacciones sí son canalizadas y sobre todo, seleccionadas. Se intenta expresar únicamente la esencia, y además, se busca ir más allá de lo superficial, se pretende en definitiva, alcanzar el mayor grado de verdad interior. Ahora bien, pienso que es imprescindible que en ese proceso de canalización, no se diluya la pulsión inicial, sino que se transforme.

 

            Lo más complicado de dicho proceso es, según María Zambrano, el descubrimiento de esa verdad. Indagar en lo más profundo de uno mismo y en su relación con el mundo supone romper una durísima coraza que todos tenemos y enfrentarse a diversos aspectos de nuestra vida y de la de los demás, que la mayoría de las veces no queremos afrontar – sobre todo cuando hablamos -, a veces ni siquiera citar, y que la escritura nos permite acometer con mayor valentía.

 

            Después de descubrir esta verdad, lo siguiente es comunicarla. Y aquí es cuando la escritura, en palabras de la autora, se convierte en un acto de fe. Cuando los secretos más escondidos exigen ser revelados, y ni siquiera lo hacen de forma voluntaria.

 

           

            Comparto firmemente esta opinión de Zambrano. Escribir es un acto de fe, no sé muy bien propiciado por qué. Hace años, en alguna hermosa película de las que ya apenas se hacen, escuché una frase que marcó parte de mi existencia: “No puedo explicar lo que es la fe. La fe consiste en creer en cosas en las que la razón te dice que no creas”. A partir de ahí lo entiendo todo. Para mí, escribir es un acto de fe. Bendito acto de fe.

           

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¿POR QUÉ SE ESCRIBE? por María Zambrano. Reflexiones de África Romera.

Soledad, secreto, liberación, hablar, escribir, fe…, son algunas de las palabras que encontramos en el texto de la escritora y filósofa María Zambrano.
La escritora malagueña hace, a través de este texto, una reflexión sobre los motivos por los que un escritor escribe.

Zambrano hace una acertada diferenciación entre hablar y escribir.
Para ella, el hablar va cogido de la mano de la espontaneidad.
Cuando una persona habla, las palabras surgen de su boca de una manera franca, natural, sin pensarlas demasiado. Al contrario que al escribir ya que: “Hay en el escribir un retener las palabras…”.
Según Zambrano, las palabras vendrían a crear una suerte de ambivalencia, pudiendo ser las mejores amigas de un escritor y las peores de un hablante. Por ello el escritor, mediante la escritura, intenta reconciliarse con éstas, “anteriores tiranas de su potencia de comunicación”.
Para ella, el escritor no hace otra cosa que endurecer las palabras y darles un vida eterna que de otra manera, no tendrían.

“Escribir viene a ser lo contrario de hablar”.
Hablamos por necesidad, porque necesitamos comunicarnos momentáneamente y de una manera inmediata. Pero de esta forma, al hablar, nos hacemos esclavos de lo que hemos dicho, mientras que escribiendo, encontramos la liberación de lo que queremos decir.

“¿Qué es lo que quiere decir el escritor y para qué quiere decirlo? ¿Para qué y para quién?”.
El escritor quiere contar la verdad. Al menos, la suya. Cuenta sus secretos, aquellos de los que nunca se atrevería a hablar en voz alta. Todo lo que el escritor no puede decir es sobre lo que se tiene que escribir.
Con este acto de comunicación, el escritor sale de su soledad para desvelar su secreto.
El escritor vendría a ser una especie de irreprimible cotilla con ansias de contar. Necesita comunicar, hacer público ese secreto.

Para la escritora, el escribir es un acto de fe y de fidelidad.
De fe porque, aunque el escritor revele el secreto, son los demás los que deben saber desentrañarlo y comprenderlo.
De fidelidad porque es necesario que el escritor sea fiel a lo que desea y necesita contar, sin transcripciones o interferencias que puedan llevar al error.

El escritor no debe ponerse a sí mismo en los textos que escribe. No debe confundir el ponerse a sí mismo, con sacar de sí mismo aquello que escribe. De lo contrario, será incapaz de acallar su vanidad y sólo conseguirá mostrar un interior vacío.
Del mismo modo que cuando un escritor publica, lo hace para que alguien, una o más personas, al saber ese secreto, vivan de otro modo del que lo han hecho hasta entonces. En cierto modo, pretende influir de alguna manera, en la vida de sus lectores.

Por último, Zambrano nos muestra cómo el escritor y el público coexisten desde un principio, incluso antes de que la obra haya sido escrita. Justo cuando se hace patente el secreto.
En palabras de la escritora: “…sólo llegarán a tener público, en la realidad, aquellas obras que ya lo tuvieren desde un principio”.

Estoy de acuerdo con algunas de las opiniones y de los argumentos que da la escritora malagueña.
Personalmente, me parece mucho más complicado hablar que escribir, porque al hablar uno no es cien por cien dueño de sus palabras y es fácil que se escape alguna frase indebida o poco acertada.
Sin embargo, cuando escribes puedes tomarte el tiempo necesario para comunicar de la manera más correcta o aproximada, aquello que quieres decir.
Del mismo modo, también coincido en que la vanidad es uno de los peores enemigos de los escritores. El creer que nuestro propia persona es lo suficientemente interesante como para escribir sólo sobre ella, sólo demostrará el vacío en el que se habita.

¿Por qué se escribe?, no lo sé. Supongo que no habrá un sólo motivo, que cada cual tendrá el suyo. Aunque apostaría a que todos, sino la mayoría, sentimos un extraño placer al hacerlo. Placer que, con el paso del tiempo, comienza a volverse adictivo.